Jesulín, ayer y hoy mismo

Hace muchos años,  tantos, como siempre digo, que muchos de ustedes ni habían nacido siquiera dada su juventud, me sacaron billete de avión para llegar hasta Jerez, y de Jerez, un coche de alquiler, intentando hablar largamente con un joven torero, valiente, muy valiente, con cara de niño, al que parece ser que otro torero leyenda, le dijo un día viéndolo entrenar en su finca de Sierra Morena:

– Si sacas todo el partido que tienes, en tus piernas tan largas y en el toro, aparte de tu valor, me voy a tener que dedicar a otra cosa.

No quiero, porque no me da la gana, y perdonen, desvelar el nombre de aquel mito, que ya no está entre nosotros, digo el que fue capaz proféticamente, de hacer aquel juicio, que después fue realidad.

Yo estaba presente aquel día, a primera hora, en aquella plaza tan cerca de la Virgen de Andújar, patrona de la Sierra.

Así que siguiendo con la historia inicial, logré llegar hasta una casa blanca, aun no había sido pintada de rojo, que no figuraba en ninguna ruta turística, hoy sí, pero que si estaba en un lugar geográficamente muy bello. En la ruta de los pueblos blancos, camino de Alcalá de los Gazules, y muy cerca del pueblo de Ubrique, ya entonces famoso en el mundo entero por sus curtidos de piel, arte y artesanía, en el que los del pueblo son sin género de dudas, únicos, imposibles de imitar. Llamé a la puerta de aquella casa encima de la colina conforme se va a la derecha, aun no vallada del todo, un cortijo a medio hacer, eso sí, un bonito cortijo andaluz de verdad, de blanca cal y caballos sueltos.

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Me abrió la puerta, ya avisado de mi llegada, un muchacho atlético, muy alto, de cintura cimbreante, sí, que ya asomaba figura de torero.

– ¿Jesulín de Ubrique?

– Para servirle maestro.

– Maestro tu, matador, que ya se bien quien eres, no creas.

Total, dentro de la casa grande, con una escalera noble que subía al primer piso. Ya había muchas cabezas de toro, disecadas, con su leyenda respectiva al pie. Esos toros, que uno ha visto tantas veces en tantas casas de toreros, que te miran desde el fondo trágico de sus ojos de cristal.

– Tengo que escribir sus memorias, torero… me las han pedido.

– Ya sé, ya sé, no me tiene usted que decir quién es. Aunque leo poco, mi padre me ha dicho a quien tengo hoy el gusto de conocer. Estoy a su servicio. Usted manda, maestro.

Eso sí, allí mismo, empecé a escribir, magnetofón en mano, la historia primera de aquel muchacho que ya tenía alguna cicatriz en su piel, alguna muy seria, con mucha sangre derramada.

Una editorial madrileña muy importante me hizo el encargo. Trabajamos juntos un largo fin de semana. Cuando llegaba el mediodía, antes de la buena comida de puchero que hacía su madre, Jesulín de Ubrique me decía siempre lo mismo, harto de contar su historia.

– Maestro, ¿me puedo ir a “juronear”?

Me sonaba el verbo. Quería decir, simplemente, que se iba al monte, que era ya suyo, a buscar caza pequeña. Para eso se llevaba el hurón, buscador de conejos, en una jaula de mano. Esa suerte de caza la había visto yo en mi pueblo de origen, en Piñar, en los montes orientales de granada, desde chiquillo.

Pero nunca me gusto el hurón, de la cámara alta de mi abuela Concha. Olía muy mal, y buscaba a los pobres animales contrarios entrando en los agujeros donde se ocultaban en el campo abierto.No obstante, le decía todos los días a Jesulín, ya en la línea de los triunfadores recién llegados a la gloria, y para eso estaba allí el coleccionista detector de leyendas a dar cuenta de su existencia.

La casa se llamaba ya ‘Ambiciones’, y yo volví un par de veces. Sin embargo, no sé por qué las memorias, o lo que fueran, no llegaron a hacerse realidad. No se editaron, pero yo supe pronto y bien, quién era aquel joven, de mirada clara y sonrisa felina, que acababa de aparecer en el mundo del toro. Gustaba además mucho, muchísimo, a las mujeres, sobre todo vestido de luces, aparte de que siempre tenía llena de sangre, de toro, la cintura. Toreaba cerca, sonreía, cinematográficamente- siempre le gusto mucho el cine, aunque la última cosa que hizo con Santiago segura- no mereció el Oscar ciertamente.

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Pronto fue noticia, y en lo periodístico, “objeto de deseo” de los llamados paparazzi. Vendía mucho, y alimentaba muy bien su propia leyenda. Una aparición suya en la tele, junto a Mercedes Milá, tuvo un enorme éxito de audición, su boda con aquella niña de barrio, Belén Esteban, que hoy puede presumir que es la mujer sin género de dudas más popular, y se lo que me digo, de España entera, fue ya un suceso, y después, todo lo demás…

Subidas y bajadas, silencios y gritos, luchas caseras, y una enorme actualidad en la arena le convirtieron en eso, en una leyenda. Bajé muchas veces hasta ‘Ambiciones’, no sé cuántas veces. Siempre me abrió las puertas de su casa que se iba convirtiendo en un hermoso disparate, un casi castillo medieval, que luego fue pintado de rojo. Jesulín crecía en todo. Los hijos primeros, las actuaciones en la tele, fundamentales en su vida, sus palabras, sus aires, sus desaires…

Puedo decir que un día  me descubrió, que tenía un problema de agua en su finca. Y la necesitaba rápidamente. Le proporcioné el secreto de que mi compadre Manuel Benítez ‘El Cordobés’, el quinto califa, tenía un don especial que muy poca gente conocía. “Era capaz de encontrar agua simplemente, descubriéndola, con un par de varas de almendro en la mano”. Un milagro, pero auténtico. El torero Benítez fue hasta ambiciones, movió sus varas de sabio del secano, de zahorí, con acento en la í, y consiguió lo imposible. Saltó un chorro de agua cerca de la casa, que aun da vida a ‘Ambiciones’. El resultado es que se puso en su día un mosaico con el nombre de la fuente del zahorí.  Con el nombre del torero de Córdoba, mi compadre, por cierto.

Hasta hoy mismo, que escribo este post de urgencia. Había, tenía, muchas más cosas que contarles a ustedes mis lectoras y lectores. Incluso algunas con un punto de tristeza. Se me murió Zerolo, a todos los que le conocimos, yo en Tenerife hace algunos años, y con él se fue una sonrisa de libertad y sacrificio. Es una forma de recordarlo, hoy incluso en este retrato de un torero, valiente, entre los valientes que sigue lidiando el otro toro de la vida de cada día.

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Ahora me dicen que quiere seguir toreando, aunque ahora se libera escapando a lo cinegético por el mundo entero. Algo tengo yo que ver en esta nueva vocación, desde aquellos años primeros de toreo. Tanto es así que cambió su salón de los trofeos del toro por otro más grande con los grandes animales de los safaris de África, etc, etc.

Yo llegué a conocer a su tigre favorito, aquel que tenía en una jaula en su casa y al que daba de comer, todos los días, de su propia mano. No sé qué habrá sido de él. Lo que sí sé es que sin querer, le llevá a ver los más grandes salones de trofeos de los alrededores de Madrid. Es un gran cazador sin duda. Pero no pudo escapar del toro oscuro, de la carretera. Un día subiendo a su casa de los pueblos blancos, un accidente de carretera estuvo a punto de costarle la vida. Hoy cuando cambia el tiempo, su esqueleto se quiebra dolorosamente. Lleva puesto como un corsé de vikingo. Quince, veinte clavos han cosido su columna vertebral. Y a pesar de eso, torea. Si como dicen hoy los augures, va a Supervivientes porque tiene muchos gastos, o porque le da la gana, tendemos ocasión de ver su espalda de mecano, las cicatrices increíbles de su feroz accidente.

También se dice que quiere torear de nuevo, aunque no se ha ido nunca de su oficio verdadero. Solamente vestirse de obrero de la gloria significa un esfuerzo sin precedentes, y si solamente se cae en la arena, puede no volver a levantarse. A mí me gusta y él lo sabe, el Jesulín primero, el muchacho que  soñaba con cambiar la pana por la plata del futuro. Está lleno de cicatrices, además de los años, que no pasan en balde. Ayer volví a buscar su carpeta, que aún mantiene más de un secreto de cuando no había más que una familia, la suya, en su vida. Pero sé que es un buen hombre, un luchador, un campesino de los montes de Grazalema que no ha encontrado, creo, de verdad su camino. Le arropan, le protegen sus propias heridas. Es ya un superviviente, de sí mismo incluso. No es necesario que se meta en Honduras…

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