Isabel y Mario: La portada de ¡HOLA! de hoy

Hace unos días sonó, que a veces suena, mi teléfono de compañía. O sea, el de bolsillo:

– Soy Isabel Preysler.

Me llevé un susto. Una sorpresa agradable, inesperada. No es frecuente que nadie te llame para darte las gracias, para agradecerte algo. No ocurre. Jamás. O pocas veces. Sin embargo, aquella llamada a la caída de la tarde que es cuando San Juan de la Cruz escribía que “seremos examinados de amor”, primero cinco segundos de silencio y después, una gran alegría.

Hablamos. Es una criatura de mucho estilo personal, ya quedan muy pocas en el mundo en el que nos movemos, y sobre todo, Isabel no llama por que sí. Descuelga el teléfono, su voz es inconfundible y además te da las gracias. Decía que le había tratado muy bien en uno de mis posts de hace unos días. Charlamos lo necesario -lo suficiente-. La he conocido, mucho, a través de gentes muy cercanas a ella, incluso la acompañé a una de sus entrevistas para ¡HOLA!. Por ejemplo, aquella con Clint Eastwood que ya he comentado en alguno de mis posts hace días.

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Estaba al lado, pero no hacía falta. Ella preparaba las preguntas de sus personajes. Yo acudía de acompañante, por si acaso, pero no hacía falta. Se preparaba a fondo, leía todo o casi todo lo que había escrito sobre la persona que iba a entrevistar, yo diría que hasta se maquillaba en función y deferencia de quién iba a tener tan cerca. Sabia y bella, nadie puede pasar indiferente ante su presencia, y menos un coleccionista de leyendas que es lo que yo soy.

Decía que hablamos lo justo, pero a veces el teléfono… vamos a ver, no nos veíamos, pero como si nos viéramos. De charla, de su marido, de sus hijos, todos, tantos, de su crema incluso…

A veces, una sonrisa de esas que se ven al otro lado del aire. Se intuyen. Debo decir, ahora que la noté, no sé cómo decirles, digamos que de otra manera, tal vez ya no era la bonjour tristesse, aquella Françoise Sagan a la que conocí y entrevisté mientras me jugaba la vida en su descapotable, que conduce descalza camino del castillo normando en el que la entrevisté saliendo del baño. Está en la hemeroteca.

La Isabel que hablaba conmigo, o yo con ella, era otra niña filipina distinta a la que yo conocía. Más contenta quizá, como quien sigue teniendo en el hombro la mariposa de seda de las mujeres de su pueblo, que yo conozco, tan lejos pero tan cerca de España. Siempre se crece frente al espejo, pero esa tarde tal vez me dejé una pregunta entre los libros y los abalorios que llenan la mesa de trabajo de mi camarote donde siempre añoro un mar que no tengo a mano. Pero no me atreví a decir “distinta”.  Es fácil equivocarse por teléfono. Pero algo no quería decirme, y que no me habría dicho, tal vez, aunque se le notara. Siempre fue la bella dama del misterio guardado para mí… Pero no le hice la pregunta.

Ahora, sin responderla del todo, la responde en la portada de ¡HOLA! de hoy mismo, que una imagen, quizá por una sola vez, grita más que mil palabras. Una Isabel resplandeciente, que asombra por donde pasa, como un meteorito, de la mano de uno de los hombres más envidiados del mundo en todos los aspectos. Porque el talento es mayor que el talante incluso. Elegante, culto, universal, premio Nobel, tan español siempre, tan cerca de nuestro estilo. Como un galán otoñal, sí, que llena la escena, que ama y aguanta el protocolo, vale, que pasea por el mundo el título nobiliario más importante de la historia de un hombre. El más preciado, el más querido, el más deseado premio de la literatura del mundo, al que nuestro idioma está tan agradecido. Mario Vargas Llosa, quizá lo recuerde, al que yo entrevisté hace cuarenta años, vestido de safari en su casa tan bella, blanca, casi del sur español, sobre los acantilados de Lima, cerca del barrio donde vivía aquella dama que cantaba, aquello de “déjame que te cuente limeña”…

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Es curioso. Lima y Manila, con el gran océano separando. Gentes muy cercanas a mí me cuentan que Mario está como más abierto, más cercano, este Varguitas, eternamente joven, que está escribiendo, -dónde sea, en un prólogo, en un periódico- reportero intrépido siempre, enorme contador de historias, mejor que nunca. Últimamente con un rayo de luna de plata sobre su ordenador.

A Mario no le gusta la soledad, se lo dijo incluso a la mujer hermosa, popular, que le visitaba hace no sé cuántos años en Misuri y que le hacía una entrevista para ¡HOLA!. Aquellas fotos, la exclusiva… el primer encuentro. Isabel ya había leído mucho de Mario en la novela que, cada vez que descubría, se hacía el primer libro de las listas, su profundidad en los grandes misterios de las criaturas, siempre una historia de amor o desamor, que como siempre digo: el amor de otra manera…

Debo acabar el post. Ya. El premio Nobel vive en España, en esa casa elegante, luminosa, donde guarda, creo todavía, su espectacular colección de rinocerontes. ¿O son hipopótamos, maestro?

Pero el teléfono une, aún en la soledad de cada uno. No es fácil verse en la calle, encontrarse en las cuatro esquinas de cada día. ¡Sería inmediatamente noticia! Así que la otra noche en el palacio del Príncipe Carlos, que lee a Mario en su idioma, en Londres, sobre el jardín más hermoso del mundo, se encontraron dos vidas en soledad, cuerpo a cuerpo y sobre todo, alma con alma. Elegantes, con ese aire a lo Sir Laurence Olivier, de Vargas Llosa, y se lo que digo porque le entrevisté hace cincuenta años, y ella, casi traslúcida, vestida de libélula, instalada en el misterio, siempre de las orquídeas transparentes de los profundos valles de los Tasaday de Mindanao, que yo he conocido hace ya tantos años.

En la fiesta, cada año mejor, de Porcelanosa -a veces aprieto la piel de los limones que crecen entorno a sus talleres de cerámica del Mediterráneo-, el encuentro de los dos, entre otro grupo de personas de las que pertenecen al mundo mágico de la fama y las fotos de compromiso. Pero después:

– Te llamo, Isabel, un día de estos. Ya me contarás…

– Espero tu llamada Mario…

Bueno, como en las novelas, que no hay novela más grande que la vida misma. Así que quedaron en verse, en encontrarse, Isabel ya con el pantalón vaquero que lleva mejor incluso que mi compañera de blogs, Tamara, una de sus hijas. ¿Eras tú, por cierto, aquella niña con la que vendimié una noche de verano las viñas que tenía tu padre cerca de aquella casa antigua en Talavera, ese marqués, mi viejo amigo, que desprendía las uvas de sus raíces de noche con luna, para que su vino fuera más dulce, más embriagador, el día que surgiera del profundo secreto de la bodega?

La dama de oriente y su “escribidor”. ¿De qué se trata? Escribamos la palabra ya. ¿Será el amor? ¿Será la necesidad de compartir la soledad no deseada? La mejor soledad es la de dos, ya saben. Ya lo sabemos, Mario, Isabel, la soledad en el otoño es bellamente amarga, en el invierno de la vida, insoportable. Mejor que el recuerdo. Más grande que la memoria, igual voy muy lejos, la verdad del instante. Aunque sea el Orient Express de lo necesario.

A veces se me viene al hombro el zorzal de la metáfora. Vale, lo que quiero decir desde este blog, que ya sé que como todos los blogs de HOLA.com se lee en todo el mundo, es que muchas gracias, Isabel y Mario, por vuestro precioso prólogo en este libro feroz que estamos viviendo en España y en el planeta Tierra. Gracias por esta historia de la que sólo conocemos unas líneas iniciales. Lo deseábamos igual los reporteros del rosa diario que los contadores de historias como yo. Vosotros dos, el premio Nobel y la bella dama, tenéis el resto de la novela por escribir. ¡Nos gustaría tanto! A pesar de que no os vamos a dejar en paz. Así que altos muros, con lanzas entre las buganvillas del romance, y que aquel que escribe derecho con renglones torcidos, resuelva.

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