Frank Sinatra: lo mejor y lo peor al mismo tiempo

Carmen Sevilla, la pobre, de la que sabemos tan poco últimamente aunque nos gustaría saber más, por supuesto, y que vive el invierno de su hermosa vida viéndola pasar en una residencia, decía, cuando le hablaban de aquel actor que cantaba, bueno, también era un cantante que actuaba, lo que sigue:

– ¡Flan sin nata! Oh, sí, ¡me tiraba los tejos cuando hacíamos Orgullo y pasión en Ávila!

Siempre tan despistada, tan graciosa, aquella Carmen de entonces era una verdadera maravilla. Bonita, linda, cercana, hermosa, lista… es-pa-ño-lí-si-ma… y nuestra.

Ya saben que siempre, ella, queriendo o sin querer, cuando era niña, le gustaba incluso equivocarse, pero es que sin querer decía una verdad.

Aquel personaje, no me gusta hablar mal de nadie y menos de los muertos, aunque siempre que estemos muy tristes no queramos escuchar el himno de Extraños en la noche, bueno, pues lo de Nueva York;  ya saben, también, “niuyor niuyor”… y un paso de baile… fue un artista en todos los ámbitos del cine, de la comedia musical, de la televisión, hasta consiguió un Oscar, como saben, los que de esto saben, por aquella película con Burt Lancaster que a veces se me olvidan los títulos…

franksinatra

Frank Sinatra, que acaba de actualizar un libro sobre él, debo decir que estudioso, muy bien contado además, con estilo y veracidad, un estupendo escritor, Paco Reyero, después de mucho tiempo de investigación, acaba de llegar a las librerías de España. La fundación Lara, que siembra de buenos libros nuestra cultura desde hace tantos años lo ha hecho posible. Se lo recomiendo. Será una buena manera de acercarse no solo a una estrella, nunca mejor dicho, sino a su galaxia llena de agujeros negros, aparte de un instante histórico en el reloj de España y los españoles de aquel tiempo, hace medio siglo más o menos, a cuya era pertenezco y en la que ya estaba yo, además, ya a pie de obra, de reportero, y no de becario precisamente.

El título de la historia lo dice todo: Sinatra. “Nunca volveré a ese maldito país”.

Suficiente con el título, que es verdad porque lo dijo un día, aunque luego volvió tantas veces como escuchó el sonar del dólar. Si no recordara servidor en este instante algunas de las cosas que por entonces ocurrieron, y que no por ya contadas, porque para eso estaba uno en aquel país de entonces, que la misión de uno era contar, a veces cantar, y escapar de lo que era entonces aquello llamado censura, que aún conservo guardadas algunas de aquellas notas con el lápiz rojo de “lo que se debía publicar”.

En el caso de Sinatra no había problema porque era un artista y además americano, uno que cantaba solo en vinilos y que venía siguiendo a la actriz Ava Gardner tan hermosa como inasequible, quien llenaba sobre todo la noche de España. Empezó por Barcelona, cuando Mario Cabré, torero, elegante, de buen aspecto -el pobre se nos fue un día, mirando al mar, en una clínica de Castellón donde había perdido la memoria- y que además parecía tener, entonces se decía a veces un romance, quizá un flirteo y un noviazgo, cuando ya había materia para pregonarlo, con Ava que había venido desde Hollywood a la costa catalana, del atlántico al mediterráneo, para protagonizar una película, La condesa descalza, creo que se llamaba. Poco después yo escribí las primeras memorias de Cayetana de Alba, que se titularon La duquesa descalza, que ya sólo se pueden encontrar, si es que se buscan, en las librerías de viejo, que por cierto, si la encuentran, me lo hacen saber, por si puedo hacerme con ella, aunque estén dedicadas cariñosamente a mis amigos de entonces.

Sinatra vino después de esperar a que Ava le llamara. Ni por teléfono siquiera, que los tuits esos o como se llamen no existían, y los móviles menos, y se tardaba en venir desde California hasta Barcelona casi veinte horas haciendo escala en Cabo Verde. Yo lo hacía con frecuencia, aunque me quedaba siempre un día en la África del sur, cuando volaba en Iberia hasta La Habana, cuando el aeropuerto de llamaba Rancho Boyeros, pero esa es otra historia que igual recordamos pronto, que me dicen que Fidel…

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Sinatra era el hombre, entonces, de Ava. Me lo dirán a mí, que con mi compañero hacíamos entonces la noche, y cuántas veces, cuántas, si es que no dormía con Luis Miguel Dominguín, el padre de Miguel Bosé, escuchábamos a pie de balcón como Cyrano, en la plaza de los delfines de Madrid al final de la calle Velázquez, a Ava cuando volvía de los tablaos, bajo las estrellas…  A veces la llevaba en su taxi aquel taxista que luego cantó como nadie… el Fari.

En fin, sobran nombres. A las cuatro de la mañana, o si amanecía, Ava abría, aunque fuera invierno, las puertas de su balcón alquilado y dejaba que escucháramos lo que en su tocadiscos tenía. Cualquier cosa de Sinatra, para que nos enteráramos de una vez lo que en su corazón mandaba por dura que hubiera sido la madrugada y en la que seguro que bailó descalza sobre las mesas manchadas del viejo vino español, las guitarras sonando… En fin, Ava, en lo mejor de sus noches cuando era tratada como “la mujer más hermosa del mundo”. Que lo era, ciertamente. Sinatra enamorado y disgustado porque sabía que ella sentía una especial admiración y cercanía por los toreros, aquel Mario Cabré, después Luis Miguel Dominguín etc.

Les cuento. Ava Gardner y Frank Sinatra. Aquellas noches feroces, Ava desnuda bajo un abrigo de visón, Ava de las dos caras, la primera cuando salía de su casa recién preparada para la larga noche, preciosa Ava de los ojos de jaguar, y la otra la del regreso, ya al amanecer, después de conocer la dulce amargura de “aquellos cara de perro” que era capaz de beber, trabajados en vino, aguardiente, cerveza, y coñac… como les digo. En Manolo manzanilla, esa Ava del regreso, a veces con los zapatos en la mano, que nos echaba el humo a la cara a lo lejos fumando el último cigarro de la noche…

Y luego el disco de Sinatra, siempre, siempre, con el que Ava dormía, o intentaba dormir…

0295 22 abril 1950

Ava Gardner y Mario Cabré

Ava enamorada del más importante de los cantantes de su época en el mundo, actor discutible, personaje que lo primero que echaba en su equipaje antes de subirse al avión -que muy pronto tuvo el suyo propio- era la sombrerera redonda en la que conservaba los más de veinte peluquines que siempre llevaba consigo, por que los usaba, siempre…

Sinatra en España también haciendo la película Orgullo y pasión en esta ocasión con Sophia Loren (una niña casi) y Carmen Sevilla. Película histórica, o al menos quería serlo, en la que trabajaba de mención solamente y unos planos que pueden verse, un español guapo y joven que era Gobernador Civil de Ávila y que se llamó Adolfo Suárez con su chaleco de guerillero que llegó a ser, en su día, un extraordinario Presidente de España…

¡Ay los recuerdos! Bueno pues Sinatra insoportable, que no quería nada de los periodistas, sobre todo de los españoles. ¡Cuánto sabe de todo esto ese admirable periodista que sigue siendo Enrique Herreros,  hijo, y que de vez en cuando nos alegra cuando podemos leer sus memorias, del cine o de lo que sea! Un abrazo Quique, viejo amigo…

Y Sinatra siempre insoportable, tanto que hasta fue denunciado y multado, como mandaban los cánones, con cinco mil duros de entonces, ajusten cuentas, y prácticamente puesto en la frontera, porque además, tenía muy mal vino. Yo un día le di la manilla en un bar de Torremolinos (que hoy se llama Sinatra) donde hay una buenísima colección de fotografías de su paso por el sur. O creo que en el hotel Pez Espada de Torremolinos, que uno inauguró con Alfonso Sánchez, uno de los columnistas más importantes de su tiempo. La historia del cine con un cigarro en la boca y, si era invierno, con un gabán verde de cazador, un Loewe. Experto en negritas, y no del Tropicana, sino porque como hoy a veces hacemos, en este columnario, cada nombre necesitaba un tipo de “plomo” especial, de forma que así sabías, sin tener que leer del todo, si hablaban de ti aunque fuera bien.

0250 11 junio 1949

Sinatra, inolvidable, insisto. Sinatra insoportable, que tampoco quiero hacer excesiva la historia. Te creaba distancia incluso cuando después de haber dicho lo de que “no volvería nunca a ese maldito país”, vino más veces. A cantar y en un estadio de fútbol. Osea, un desastre…

Termino. Nos queda en el vinilo, en el viejo cine, en la leyenda incluso. Solo le salva, al menos para mí, aquello que un día dijo en voz alta, en su casa de Palm Spring, tan cerca de Las Vegas, aquello de:

– Mi sucesor es, sin género de dudas, Julio Iglesias. Tiene mi voz y mi sentimiento…

Eso le salva. Eran los tiempos en los que Julio me confesó un día a bordo de su barco, con su perro en brazos:

– Te confesaré que a veces me gustaría ser negro, para tener el feeling de los negros… o si no, la misma elegancia cantando de Frank Sinatra.

Y siguió tomando el sol, con Hey a su vera, y la sombra, dispuesto a “morenarse de una vez”, a ponerse por fin, negro.

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