Carta a doña Mercedes, presidenta de ¡HOLA!, por su cumpleaños

Doña Mercedes. La verdad es que no sé cuantos años cumples, pero tampoco me hace falta. Igual si son dieciocho que ochenta, me importa poco. Me importa, y por eso te escribo, esta carta de tú a tú, que el día de tu aniversario estuviste como siempre, pero ese día más, con los tuyos: tus nietos, Mamen, tus bis, como sé que también estuvo en su silla sentado, mucho más que el recuerdo, la presencia sonriente de tu hijo Eduardo, al que tanto quisimos y seguimos queriendo.

mercedes

Sé que ese día de la semana pasada, porque lo tuyo fue la semana pasada y yo te envié como un ramo de florecillas del campo arrancadas de las riberas de las veredas de Retortillo, un puñado de palabras en un acróstico para la Carta del día en que os reunisteis todos, los de la familia, en el Villamagna.

Vale, pero quería hacer para ti, y yo se lo he contado primero a mi director, que de aquella carta de almuerzo pasara a esta carta para ti, aunque tengamos que compartirla (qué le vamos a hacer), con los millones de lectores de nuestra revista ¡HOLA! repartidos por todo el mundo.

Doña Mercedes. Mira que yo he entrevistado mujeres, damas primeras, reinas, escritoras, colección de estrellas legendarias de cine, actrices míticas del teatro, etc. Muchas y las mejores, las más brillantes, han sido para ¡HOLA!, las cosas como son. Sin embargo, quiero decirte algo en este día ya de verano, doña Mercedes, ninguna para mí como tú.

Y tiene una explicación, no es una frase de protocolo para alguien que desde hace muchos años, tantos años, que yo hace más de cincuenta que trabajo en ¡HOLA! cerca de ti, aunque a veces esté lejos. ¿Sabes por qué? Pues por tu presencia, su silencio incluso, tan constante, desde aquellos primeros días de la mesa camilla en Barcelona hasta hoy, el despacho grande, vacío pero lleno de ti, de Chamberí, desde la casa madre hasta la casa nieta, tu presencia, doña Mercedes, ha sido constante, eficaz, necesaria, decisiva.

A veces, tu hijo Eduardo, al que he recordado tanto hoy cuando me he asomado a tu sitio en Internet, y yo, en la soledad urgente de una noche en la que teníamos que hacer algo, en lo que yo estaba presente, yo preguntaba a tu hijo:

– ¿Y cómo está tu madre, cómo está doña Mercedes?

– Como siempre, fuerte, y hoy sin parar un minuto, confeccionando su figurín.

Porque tú hiciste realidad uno de los más grandes sueños periodísticos de este tiempo nuestro en los cinco continentes. Porque sí, porque ¡HOLA! es, además de un saludo, una referencia, lo que yo llamo un sueño convertido en realidad. ¡HOLA! ayuda a sonreír, a vivir, a convivir más que a sobrevivir, o a sobrevivir incluso, a muchos seres humanos de los que habitan el planeta.

Aquella frase famosa, cierta, buena, de don Antonio, el rondeño señor, tu marido, el padre, y tú, la madre de esta realidad nuestra que es hoy ¡HOLA! y su mundo:

– ¡HOLA! queremos, Mercedes y yo, que sea como la espuma de la vida.

Y lo ha sido, y lo es. Cuando yo llegué a ¡HOLA! por vez primera como redactor jefe, aunque ya escribía en la casa tantos años atrás, había muerto en la plaza de toros el joven y valiente torero el  Yiyo de una cornada en el corazón. Que para este viejo reportero aquella madrugada en la que se estaba pensando en la portada, entre tú y tu hijo, en aquel despacho de debajo de la calle Miguel Ángel, fue la primera lección magistral de mi ya larga vida como contador de historias. Teníamos la foto de la cornada en la mitad del pecho del torero, pero entre los dos, los dos, cuerpo a cuerpo, como tantas veces, alma con alma, decidisteis.

– Daremos la foto de su última vuelta al ruedo, la foto del torero triunfante, con el antetítulo de poco después…

La vida sobre la muerte, el triunfo sobre el final, la esperanza todavía. Cuántos enormes favores en todos los idiomas de la tierra con el ejemplo. Cuántas fotos a veces no publicadas y guardadas por la sencilla razón, por la positiva doctrina de no hacer daño o dar una última oportunidad. ¡Cuántas ocasiones en las que se cambiaba, sin transformar la historia, una sonrisa por una lágrima!

Doña Mercedes, esta carta de hoy, sobre todo después de la de ayer, echando de menos el que se deben escribir más cartas como la de los viejos tiempos, de las de antes, de las que escribían con la sangre roja de cada muñeca aunque se escribiera con la tinta azul de las plumas estilográficas.

Cómo recuerdo, siempre, siempre, a aquella doña Mercedes de la cabecera de la mesa familiar de trabajo, casi siempre de luto, la cabeza blanca, inclinada sobre el cristal con la lupa del  fotógrafo, largos minutos sobre las diapositivas, eligiendo la mejor, siempre, cueste lo que cueste, dentro de la filosofía de que el lector siempre merece la mejor…

Tu nombre debería estar en las escuelas de periodismo, claro que sí, porque leías todo, y hablabas y callabas, y lo sabías todo, ¡y lo veías todo desde el otro lado de tus gafas! ¡Cuánto aprendimos de ti! Siempre te equivocabas poco, periodista periodista, periodista tres veces, cuatro veces periodista, desde tu palabra, o desde tu silencio.

En un posible museo del periodista debería estar tu cartabón, tu medidor de espacios, esa velocidad angelical en la confección, espaciando sueños, arquitecturizando historias, trazando, en dos líneas valientes, una portada o un desfile de modelos. Porque tú eres periodista de carnet, claro que sí, pero también de corazón, de oficio, de vocación, de raza, como don Antonio, “era de Ronda y se llamaba don Antonio”, dijimos aquel día en la hermosa ciudad en la que vino al mundo…

En fin, que a veces se me va la mano, doña Mercedes, pero a esta edad mía, casi de tu quinta como quien dice, aunque yo soy un poco mayor que tú, ya sabes, ya sabes lo que siempre dije. De la gracia del olivo de don Antonio, a la fuerza de la encina que tú tienes, la raza tenía que ser la mejor de la mejor.

Por lo que nos enseñaste a todos, y porque quisiste siempre, en lo que ha sido la filosofía y la historia de tu propia vida, ofrecer, dar el lado optimista de vuestra cosecha familiar y profesional, muchas gracias, doña Mercedes. Ahora en la compañía constante de tu perro grande Chita, que es hijo de los perros del Rey, ese que te mira con ojos de enamorado, rodeada de fotos de Eduardo, tu Eduardillo, recibiendo diariamente la presencia de los tuyos, flores siempre, tus damas leales de toda la vida, la escapada siempre que es posible, y si no también, hasta el campo castellano donde la hermosa iglesia románica se levanta sobre el aullido del último lobo, o la risa de tus bisnietos, y donde quieres ir de visita, siquiera una vez por semana, aunque nieve, aunque haga frío, y te sientas en la esquina de la piedra que guarda los mejores momentos de tu vida…

Por tanto, por todo, y por el bien que haces ya más de cincuenta años, al pie de la vida, presidiendo esta casa que sobre todo exige la esperanza y la solidaridad, felicidades, doña Mercedes, que por mucho menos, por la enorme importancia que siempre diste a tu  inmenso corazón castellano, para contar la España de las grandes historias, se han dado títulos de nobleza, escudos de grandeza, que tu además los tienes, porque eres de esa tierra palentina en la que un día las mujeres en la historia dieron ejemplo de valor.

Como tú, que lo haces en silencio, aunque parezca que no estás. Enlutada de por vida, a pie de obra, rezando o suspirando. Tal vez soñando todavía. Sabe, que te quiere este viejo juglar, al que un día disteis una de las más grandes oportunidades de su vida. La de ser quien soy por poco que sea. La de aguantar, aquí, contando las historias de los demás. Total,  recogiendo todavía la espuma de las cosas de la vida. Te queremos, jefa.

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