¡Aquella noche con Drácula en Nueva York!

Cirilo Rodríguez vino a verme o si el no venía, yo iba a encontrarle dónde estuviera, por que además de un periodista excepcional, fue un buen amigo de casi toda la vida, desde aquellos años lejanos de Segovia. Tenía una voz espléndida, era muy buena gente. Y también era, sin género de dudas, el mejor corresponsal en Nueva York de Radio Nacional de España.

– No me digas que estas en el Waldorf Astoria.

– ¡Cómo lo oyes!, vengo con Julio Iglesias que va a cantar en el Madison.

– Ah, bueno, ya decía yo. Mira por dónde, te quiero llevar a cenar a un sitio que te va a gustar.

Y me recogió en el Waldorf donde yo estaba invitado, si bien en la planta de los hispanos que era un poquito mas modesta, aunque Julio estaba en la serie suites reales donde, por ejemplo, vivía el legendario MacArthur cuando era presidente de la General Motors y continuaba fumando en su vieja pipa de maíz filipino.

Total, que me lío más que la sandalia de un romano, que vino Cirilo -viejo amigo ya desaparecido que dejó además un premio sólo para buenos periodistas que lleva su nombre-, y nos tomamos algo en el hall, que era un espectáculo, y desde allí nos fuimos a cenar donde el quería.

– Esta noche tomamos unas copas en una iglesia gótica.

– Pero no es la noche de Navidad, Cirilo.

– Tampoco es la de Walpurgis, pero no te preocupes que te voy a presentar una persona que te va a encantar.

Se reía de una forma rara mi amigo Cirilo, pero con él había que estar preparado para todo, por lo pronto, aquella iglesia indiscutiblemente gótica -fuera de culto, claro-, en la que se podía cenar, escuchar música y sobre todo, asistir al espectáculo de “encontrarse con la gente mas diversa”. Una especie de aquel estudio famosísimo del fotógrafo del pelo blanco Andy Warhol, donde una noche acudí también con Julio. Esa es otra historia, cuando nos hizo aquel retrato de polaroid con la que componía aquellos cuadros que hoy valen tanto como un Goya. No sé que habrá sido de él, además yo iba de séquito, con acento en la “e”, del artista español. Uno del grupo, de la cuadrilla, del matador.

Así que nos atendió un monje, vestido de monje, con sandalias y capucha, cordón y brazos piadosamente a la altura del ombligo.

Sonaba una música celestial, de órgano antiguo, muy de cine. Los arcos góticos, altos, muy altos, ofrecían una penumbra resultona de día de primera comunión en España. Conocían a Cirilo -¿cómo no?- como si  fuera de toda la vida, un buen cliente.

Lo que se bebía era bueno pero caro, claro. Lo que se comía daba igual: a base de ensaladas y carnes de caza, la carta. Luces en el tulipán, sobre la mesa, y un aire de incienso que nos envolvía. Un ambiente de película inglesa con…

En efecto, allí estaba, en compañía de una dama británica 100%, un hombre que no necesitaba tarjeta de presentación. No le hacía falta, era un caballero inglés de anillo chevalier, como el rey, en el dedo pequeño de su mano izquierda, chaleco abotonado por supuesto, que las noches de Nueva York son húmedas y traidoras; ropa inglesa, desde luego cheviot y botín de ante carísimo.

– Tengo el gusto de presentarte a…

– No hace falta, Cirilo, lo reconocería en la noche más oscura del mundo.

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Porque aquel caballero que se puso en pie para abrazar, sobre todo a Cirilo, más o menos de su altura, flaco, de ojos brillantes, olor a Heno de Pravia, de mirada aguda y voz baja, bajísima, era ni más ni menos que Christopher Lee antes de ser nombrado caballero de la Jarretera por la propia Reina de Inglaterra en agradecimiento a los servicios prestados a la Corona, presea que él recibió en pie, mucho después de esta cita en la noche, por que ya tenía los huesos rotos por viejos, como los míos hoy y no entonces…

En fin, que era el mismísimo Drácula. El famosísimo emperador de la noche, el hijo de Transilvania que tanto nos había asustado. Sin género de dudas, el mejor entre los mejores, desde que fue el caballero oscuro hasta que terminó de mago en las películas de El Señor de los Anillos, siendo como había sido el conde de los colmillos.

Y de vino, un blanco, “que el tinto siempre me daja una señal en los labios que esta noche de amigos, no deseo”.

La señal de la sangre, le recordé. Hace ya muchos años, hay cosas que recuerdo a chispazos, como a relámpagos en la noche de mis años, y por eso les cuento lo que aquella noche, de invierno naturalmente, le conté al señor Lee mientras Cirilo encendía creo que un cigarrillo largo, del tipo Gold flake

– Iba yo un día en un tren que me llevaba no sé dónde cuando, al llegar a mi altura, en el pasillo, se encontraron dos hombres. Uno que venía de cazador vestido -que los cazadores tienen su propio verde uniforme-, cuando al pararse a la altura del otro, uno de ellos se  fijó en el que llevaba colgado del cuello un colmillo de media veda,  y le preguntó al otro que venía de frente:

¿Jabalí?

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Y el otro le respondió solemne, iba de negro riguroso:

No, vampiro.

Y cada uno, ante mi asombro, siguió su camino.

Lee se rió de buena gana, con grandes carcajadas, menos mal que Cirilo venía de traductor. Pagó la cena. El fraile de la ermita y el gran actor -que lo era-, cuando supo que yo era de Granada, cosa que siempre echaba yo por delante por que era una inmensa tarjeta de visita, el caballero Christopher Lee levantó la voz, por que era un gran sochantre, y me inició en un español indeciso, por no decir incorrecto, la famosa canción de Agustín Lara que luego se ha convertido en el himno de mi ciudad de la que soy su cronista oficial hasta que no encuentren otro mejor, que no será fácil hallarlo.

– Granadaaaaaaaaa, “tega sonada peg” miiiiiii

Muy de agradecer, a poco lloro. En la calle hacía frío, estábamos muy cerca del restaurante ruso donde había un samovar de té siberiano y caviar gris, que dicen que era el mejor, aunque aquí, entre nosotros, prefiero la sardina asada, el espetón, e incluso el severo arenque ahumado que en mis tiempos se devoraba envuelto en papel de estraza.

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Caminamos hasta encontrar un taxi cerca del Central Park, y estuvimos a punto de subir a uno de los carruajes de caballos que llevaban siempre cocheros griegos, que se hicieron ricos vendiendo el escombro de sus caballos a aquellos que tenían una sola maceta asomada en una triste ventana de la Quinta Avenida.

Total, lo dicho, hubo una foto de un retratista armenio que estaba a sueldo de la iglesia “taberno-gótica”, y nos dimos grandes abrazos cuando yo me declaré “gótico Medina”, aquella noche a punto de nevar al lado del Saint Pierre, donde vivía el caballero de la mano en el pecho, que se llamaba en el cine Drácula y también Frankenstein, y todos los monstruos imaginables que, sin embargo, era un  señor tierno, amable, elegante, sonriente, sin colmillo abierto, al que la gente de la calle reconocía y hasta le pedía un autógrafo una vez pasado el primer susto.

No hubiera sido malo dejarlo vagar un rato por el Central Park, pero la noche era ferozmente ingrata. Así que nos abrazamos a la sombra del pánico en flor y cada uno continuó su camino. Hoy que leo que a los noventa y tres años, ha dejado de existir el viejo vampiro en su casa de Inglaterra, no tengo mas remedio que decir en su homenaje, que no me hubiera importado al menos, por una sola vez, que aquella noche gótica me hubiera chupado la sangre. Sólo para poder contárselo a ustedes, mis lectores blogueros.

  • Mi querido amigo Tico:
    Me encanta leerte y seguir aprendiendo de ti. Te felicito por este Blog, que nos acerca a tantos personajes que tú has conocido y vivido. Y me felicito por haber estado cerca de muchos de ellos, gracias a ti.
    En México me siguen preguntando por ti. En Costa Rica te quieren y recuerdan mucho.
    ¡Ah!, permíteme que me alegre con tus alegrías: ¡Felicidades porque tu nombre ya está en la historia de Canal Sur TV! TICO MEDINA se llama uno de los estudios de la cadena y tú lo inauguraste. ¡Bravo, maestro!

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