Aquel día con la Madre Teresa en Calcuta

Fue Isabel Sartorius, no encuentro la foto, la que una mañana me dijo en mi sitio de ¡HOLA!, hace ya algún tiempo, lo que sigue más o menos:

– Para mí ha sido clave conocer a la Madre Teresa de Calcuta. Me ha cambiado la vida por completo.

Así que me animó a sentirlo. Pero en mi propia piel, no de oídas. Aunque Isabel, a la que sigo viendo por mi barrio, Chamberí, que es el suyo desde casi siempre, a veces en compañía de su hija -que está por cierto preciosa- siempre dijo las verdades, incluso cuando su actualidad era más fuerte… que no es por tirar del hilo de la cometa, pero estuvo muy cerca de ser, en su día, Reina de España, y además no lo habría hecho mal, estoy seguro.

Bueno, pues en cuanto me fue posible hice realidad el consejo de Isabel Sartorius, así que aprovechando que había ido hasta la India, tan lejos pero tan cerca, a ese país de dioses y mendigos, me acerqué a ver cómo hacía posible el milagro. Ver en persona, a ser posible, tocar, cosa bien difícil, a esa monja albanesa que estaba cambiando el mundo, convirtiendo el dolor en amor gracias a los más pobres. Los parias, y los parias que nada tenían, ni la salud siquiera, los que ni quemados eran cerca al Ganjes, que yo había contado ya en varias ocasiones, por ejemplo, cuando para el diario Pueblo, conté el día que entrevisté a Indira Gandhi, la dama de la rosa en la frente, la mujer de hierro que por fin me recibió en su jardín, que tenía mas espigas que hortensias.

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Raúl del Pozo, al que leo cada día en su columna de El Mundo, cuenta siempre que me tuve que disfrazar de mendigo para poder acercarme a ella y conseguir aquella foto de primera del periódico en la que saludaba, la cabeza caída sobre el cuello, con las manos juntas, y le decía:

– Namaste, namaste…

Que era el saludo tradicional de su pueblo, cosa que yo había aprendido, las cosas como son, tratando, y bien, a los indios de canarias que hace tantos años te vendían todo lo imposible a un precio fácil de conseguir.

A lo que voy, no tuve que disfrazarme de mendigo, como asegura de vez en cuando el maestro Raúl al escribir de su viejo amigo, no. Es que siempre iba vestido de pobre, con mi chaleco de cremalleras y mis pantalones de combate, porque había hecho realidad aquello que decía Malcolm X, el padre de la africanidad, muerto en el asfalto de la universidad a la que iba en los Estados Unidos sólo por tener eso, la piel oscura pero la voz de fuego, porque era la voz de la libertad.

Perdónenme si de vez en cuando me sale de dentro un no sé qué, que me hace daño, pero es que no puedo remediarlo.

Total, que por fin un día pude hacer posible, ya estando en el planeta indio, porque es un planeta el que la Madre Teresa me recibiera en su sitio habitual – sin fotografías, que sino se las ofrecería a ustedes ahora mismo- aquella mañana, con un calor increíble, ardía el suelo, como estos días está pasando en la cercana Pakistán, pero tuve unos minutos, tan sólo unos pocos minutos para volver a ver a un metro más o menos de distancia, junto a tantos otros que llegaban de todo el mundo en peregrinación, para estar siquiera un instante cerca de aquella mujer, increíble pero cierta, que estaba cambiando la imagen de los más humildes, los que nada tenían, del mundo entero, en ese país asombroso que es la India, donde el portero de mi hotel, el Oberoy Palace, vestido de sik, con su barba enrollada bajo el alto turbante, vestido de Tres lanceros bengalíes -la película inolvidable-, paseaba orgulloso a la puerta del hotel, caminando implacable, impecable, sobre el cuerpo de un niño, muerto de hambre, en la misma acera. Hasta que vinieron a por él con un carrito, que ya llevaba más cuerpos dentro, en ese olor increíble entre el excremento y el  incienso…

La India de las paradojas, de las inmensas distancias, que ya lleva cambiando mucho tiempo, y lo que le queda, porque insisto, se trata como de otro planeta.

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La Madre Teresa estaba allí, tan cerca. Era, debo decirlo, una mujer encorvada, fea, me cuesta mucho escribirlo, pero así era, sólo que iluminada por dentro de un raro resplandor, desconocido, que yo, que ya coleccionaba meteoritos, no había descubierto hasta aquel día. Tenía unos pies grandes de labrador de aquellos que pintaba Picasso en su primera época. Una mujer especial cruzada entre el ángel de la espada y Santa Teresa de Jesús, fuerte, muy fuerte, de mirada directa, que empujaba la puerta de aquel gigantesco lazareto, especie de garaje de la agonía, donde morían -sí, se estaban muriendo-, cien seres humanos sobre esteras húmedas, arriba los ventiladores grandes del techo…

Le di la mano un segundo, como uno más. Antes había dejado unas rupias, tampoco muchas, aunque era en dólares, en la mano de una monjita que le acompañaba, la cabeza cubierta de aquel azul, que sólo había visto en aquel sitio a lo largo de toda una vida viendo azules, los mejores y los peores, del planeta Tierra. Pero ninguno como aquel, con algo del celeste de los mares del Sur, donde la Isla de Pascua, o el fuerte azul de los zócalos de mi pueblo, bajo el blanco estallante del blanco inolvidable de mi niñez ya tan lejana.

Y la Madre Teresa, que al escuchar “España” enciende sus ojos de mujer que ve a Dios todos los días, repite levantando la cabeza, agostada sobre el pecho como una raíz sobre el sur de las viñas en agosto…

-Oh, hespania, hespania

Me atrevo a preguntarle, una sola vez, a aquella mujer rodeada de una breve patrulla de las misioneras de la caridad.

– Madre… dicen que el dinero que recibe -había una monjita española- lo gasta en sus conventos ya repartidos por el mundo y no en medicinas para sus enfermos…

Eran tiempos aquellos, en los que uno tenía la virtud, o el pecado, de preguntar, quizá lo que raramente se preguntaba, lo irritante, pero lo hice y ella entonces descalza sobre sus sandalias enormes, con aquellos pies de Cristo de Benito Prieto, me puso una mano un instante sobre el chaleco antibolas, no antibalas, y me dijo en un inglés de combate que me hicieron llegar en castellano inmediatamente.

– Joven, le diré algo. Eso dicen, que yo no me gasto el dinero que me envían en medicinas para los míos, y puede ser cierto. En ocasiones, a veces me las regalan de solidaridad desde todo el mundo, pero a todos estos agonizantes, sí, agonizantes a los que nadie quiere, los leprosos, los viejos, los que acaban de salir de la cárcel, los desheredados… les doy lo último que habrán de comer, si es que pueden hacerlo, y les doy amor, siquiera por un instante, el último y único cariño que han recibido en sus dolorosas vidas… Sígame y cuente lo que ha visto.

Temblé por un instante. El escalofrío, la carne de gallina… sudaba frío en aquel momento. La acompañé cerca y vi el milagro en los ojos de aquellos tendidos en el suelo, agarrotados, suplicantes, heridos, llenos de llagas, sobre esteras en  sus últimos segundos, que dejaban de llorar, los ojos grandes y negrísimos de los heridos del destino, y los vi cómo se iluminaban y la miraban como quien ve al ángel, no del exterminio, sino de la vida.

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No volví a saber más de ella, debíamos seguir camino hasta bien lejos, al Taj Mahal, donde estaba el monumento al amor más grande de la historia -decían las agencias de turismo-. Nos esperaba para mostrárnoslo, aquel sultán que levantó aquel palacio, hermoso, único, en recuerdo a una historia de pasión fascinante…

Pero yo anoté en mi cuadernillo de urgencia aquello que decía: “Ningún amor como el suyo, ese verdadero monumento al amor, llamado Teresa”.

¿Y por qué hoy, jueves, día 25 de junio, escribo esta historia, habiendo como hay tantas otras  novelas que contar? Pues por una razón: porque ayer murió la hermana María Nirmala, a mi edad, los ochenta, en Calcuta. No sé si era una de aquellas que rodeaban a la Madre aquel día, quizá sí. Hoy dirigía ya setecientas casas de las Misioneras de la Caridad en 134 pueblos de todo el mundo.

A veces, la vida es un remake de lo que ocurre en el cine, no hay historia más grande que la vida misma. Quizás estoy escribiendo demasiado, pero no me pesa, verán, anteayer, el gran doctor Pedro Onaindia, de la Asociación de la Prensa, me hizo un reconocimiento, es un gran médico de los que, como Gregorio Marañón -al que también conocí personalmente en su cigarral de Toledo-, sólo con verte te han estudiado a fondo. Me dejó copiar, fotocopiar, el poema que siempre tiene sobre su mesa de trabajo y que dicen que escribió la Madre Teresa de Calcuta. Tan hermoso como cualquier poema, del poeta indio Rabindranath Tagore.

Detrás de cada  línea de llegada hay una partida.

Detrás de cada logro hay otro desafío. Mientras estés vivo, siéntete vivo.

Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.

No vivas de fotos amarillas…

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