‘A veces llegan cartas’

Es aquella canción de Raphael que aún suena de vez en cuando en la radio de la nostalgia, pero la verdad es que a mí me gusta por la forma y por el fondo. Me van las músicas que dicen cosas, por eso me va la copla tanto, tanto que a veces, con la frecuencia que puedo, la escucho. Por eso la del niño de Linares, que por cierto está haciendo una película muy especial, casi espacial, con el director Alex de la Iglesia, me emociona. La canción, digo.

– A veces llegan cartas con sabor a…

Sé que la recuerdan.

raphael2

Todo viene a la actualidad de nuestro post de hoy, porque escucho en la radio que “se vuelven a llevar las cartas escritas, las que te envían por correo ordinario”. Me gusta el tema. Mucho. Tanto que les debo confesar algo: me encanta recibirlas. Con su sello, si son a mano mejor, y desde luego con su lugar de origen a la vuelta. Igual es que soy un antiguo, pero les debo decir que no me importa. Sé que lo soy y por eso cuento lo que me causa alegría en el viejo cuerpo.

Por ejemplo, hace unos días recibí una carta escrita a mano por la reina doña Sofía, a la que nunca llamaré emérita porque acabo de verla en una foto y está más joven que nunca. Era la suya una carta real, con todas las de la ley, a mano como manda la tradición, en la que me daba las gracias por otra carta que yo le había escrito, en el periódico Ideal de Granada, donde llevo escribiendo todos los domingos, hace no sé cuánto tiempo. Le contaba una historia de las que a mí me gustan.

Bueno, pues recibí la carta, con su matasellos azul, que tengo cerca entre los escasos premios recibidos a lo largo de toda una vida, la mía. Voy a enmarcarla, por que así debe ser, entre los títulos que poseo, que son pocos pero bien agradecidos por mi parte. Me gustó mucho, me dio fuerzas para seguir adelante, así que aunque ya se las di: gracias, Majestad.

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Yo siempre, siempre -incluso para poder comer, sí- escribí muchas cartas, sobre todo para la radio. Casi cincuenta años escribiendo cartas día a día, primero para Encarna Sánchez, ¿recuerdan?, en su programa de radio de la mañana. Después escribí cartas que yo mismo leía para aquel genio de la noche, ciego, de Ondacero, en un espacio que se llamaba La mano que mece la luna, recordando aquella película de miedo de la niña y la feroz muchacha que la cuidaba, bajo las estrellas.

Escribí cartas en los programas de Carlos Herrera, que igual vuelvo con él cuando él vuelva a la Radio Popular en la mañana del otoño. La escribía diariamente para él, para las mañanas de Radio Nacional. También para Luis del Olmo, siempre fui un leal banderillero que cumplía con su obligación, directo y al corazón.

Cartas abiertas, escritas a golpes de sangre, como las del sur para Andalucía con Tom Martín Benítez, y después para Rafael Cremades, al que por cierto acaban de hacer embajador mundial de la Orden del Salmorejo, en el globo entero, capítulo al que pertenezco y del que además guardo una capa que me regalaron aquella noche cordobesa, una capa firmada ni más ni menos que por el gran modisto Elio Berhanyer, al que a veces veo en el tren, siempre yendo o viniendo del sur, con su sombrero de viejo platero de la judería…

Estoy lleno de historias que no son otra cosa que recuerdos. Por eso cuando en el tiempo que vivimos de la máquina, del aire, del Twitter, del blog…  suspiro por una carta verdadera como aquellas que, aunque ya en el sobre con un borde negro, te avisaban de una ausencia; las necesito. Alguna vez incluso he enviado cartas en botellas, en sitios inolvidables, como si fuera un naúfrago, que es lo que soy en el fondo. Un día lo hicimos en el puerto bellísimo de Cudillero, en Asturias, cuando yo tenía una casa en la que nunca dormí colgada del más fascinante anfiteatro del mundo. Eran cartas escritas a mano con la esperanza, sobre todo, de respuesta. Alguna llegó, siempre, siempre con un mensaje de esperanza.

En México, donde viví algún tiempo como corresponsal de Televisión Española, en América, me gustaba ir a la Plaza Grande a ver, a escuchar, a grabar incluso, a los escribidores de cartas que allí ejercían su oficio para aquellos que no podían escribir, como aquel manco de las dos manos que bajo su bigote de Pancho Villa, le pidió al escribidor -que cobraba unos pesos por cumplir el deseo de su corazón-:

– Es para mi vieja, pero no le diga nada de cómo estoy, que llevo mucho tiempo sin verla, pero no quiero que lo sepa.

No hay historias más grandes que la vida misma. Me detuve un momento más, a pie de máquina, bajo los soportales mexicanos, y escuché el sonido de la ametralladora –una Hispano Olivetti creo-, de aquel artesano de la mano y de la palabra.

– ¿Y no podría hacérmela a mano, aunque me cueste un poco más?

– Vale, hermano. Se la haré con mucho gusto. ¿Con letra redondilla o de juzgado?

– Cómo quiera siempre que mi madre se la crea, cuando salí de mi casa en Tepoztlán era un niño que no sabía escribir, así que no conoce mi letra.

Me hice a un lado, era una historia difícil de imaginar pero fácil de entender. Sería desde luego una carta de amor. Firmar, lo hizo, pero con la boca: una cruz tan solo. Suficiente.

A Gabriel García Márquez le encantaba acudir a las plazas de las grandes ciudades donde había un ejercito de escribidores, de cartas de amor, de pena, de tristeza, de…

gabrielgm

Las cartas son -siguen siendo-, la crónica de la vida misma. Por eso me gusta saber que muchos seres humanos las vuelven a escribir aunque lleven la máquina que las escribe en el bolsillo o en el bolso. Así que… lo que pasa es que siempre son más las que no se han escrito. Por eso, ésta de hoy, me vale para pedir perdón por aquellas que debía haber enviado y no lo hice, que ésta sirva para pedir perdón por mis ausencias. Y ésta de hoy, la firmo con mi vieja sangre de mercenario de la palabra, de soldado de otra guerra, de escribidor en la Plaza Mayor de la memoria de mi vida.

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