Y Pablo Picasso me dijo: ‘¡No estoy personalmente!’

Como el mejor pintor es malagueño -dime lo que vales y te diré quién eres-, más vivo que nunca, aunque haya muerto hace años, es don Pablo Ruiz Picasso.

Dado el que uno de sus cuadros ha alcanzado la cifra récord de 160 millones de euros en una reciente subasta en Nueva York (‘Les femmes d’Alger’), quiero contarles algo inolvidable para mí, rara vez narrado por este contador de historias, pero que debo hacer ya que en esta última etapa de mis confesiones también hay algunas cosas que no he querido transmitir, pero que demuestran que no todo el monte es orégano, como dice el refrán, o sea, que también hay derrotas, fracasos a veces silenciosos, callados, secretos inconfesables pero que demuestran que este oficio, casi siempre, está lleno de derrotas.

Como esta que hoy les cuento, aprovechando como siempre, la actualidad. El cuadro de las mujeres de don Pablo vuelve a traer al primer plano de la historia del mundo en el que vivimos, el retrato de este sureño prodigioso, de Málaga, que además ejercía de español, y que un día me volvió a traer el sabor amargo de la derrota. La mía. Les ‘cuen’, como se dice ahora.

Recomendado y bien, por personas como Antonio Olano, el espléndido periodista gallego compañero mío que le conoció como nadie y le entrevistó como nadie. O por el mismísimo Luis Miguel Dominguín, el torero legendario, aquel al que más amó Ava Gardner y al que don Pablo regaló un capote, con el que se arropó en los fríos días de las afueras de Madrid el propio MIGUEL BOSE.

picasso1

Un día, deseando entrevistar al sureño único, que vivía en su castillo de Francia, en la Provenza, -una mansión del siglo XV que había comprado para tener su propia privacidad, que le ofrecían las mil quinientas hectáreas que le hacían inexpugnable a los periodistas depredadores- aparecí por aquella heredad impresionante, a la que primero había que llegar, segundo, romper el cordón de acero de su dama, Jacauline, tercero, entender que el maestro odiaba a los reporteros, etc, etc…

Lo cierto es que por fin, con toda esa enorme cantidad de garantías, aparte de que se le avisó al maestro que le llevaba algunos obsequios personales que “llenarían de alegría al visitador”. Así que me hice de una buena ristra de chorizos de Ronda, lugar único entre los únicos para esta clase de presentes, un par de botellas de anís de Rute del mejor, incluso blanco de fuego dentro de una botella de cristal con forma de torero, Machaquito, y la garantía de ser de Granada, tierra de poetas excepcionales, amigo como era, y como soy, de toreros míticos, todo hacía posible el que un día, por fin, el maestro pintor me recibiera, siquiera para recoger mis cartas credenciales.

Habían sonado los teléfonos, privadísimos, recortes de periódico, con entrevistas mías a históricos personajes, y unos billetes de avión, y viáticos para coches de alquiler de viejos exiliados españoles que conocían en Francia, los sitios donde pintaba “y amaba” a sus ya 77 años, el malagueño.

Dicho y hecho. A por la entrevista que entonces no se llamaba exclusiva. A unos kilómetros, muy pocos, de Alex San Provence, dentro de un paisaje que “le recordaba mucho a la España más severa”, según las propias declaraciones del pintor. El castillo del nombre difícil, casi imposible de pronunciar, de Valverregs, aparecía arriba, había primero que atravesar una reja, si no eléctrica, por lo menos de difícil acceso, que se abría desde arriba, una voz ronca que te preguntaba quién eras -creí entender- en un español bronco, muy bronco, “que a que c… venías”, y por fin, el ruido de apertura, de la primera reja, y un sendero hasta llegar a la segunda, ya a pie de las altas torres con grandes ventanales, donde el monstruo pintaba a grandes brochazos, mientras sonaba la guitarra, por ejemplo, de Sabicas, otro flamenco universal como aquel al que buscábamos.

Hasta llegar a la reja corta, blindada, junto a la alta tapia de piedra. Por el breve caminito, vereda, de poco uso, llegaba hasta nosotros un viejo banderillero, en pantalón corto, de náufrago de secano, calvo resplandeciente con unos ojos luminosos, ojos con ojera profunda, sureña, mediterránea -“español y con ojeras está queriendo de verás”-, descalzo y, eso sí, con cara de mal humor, yo diría si no escribiera hoy para quien cuento, de “mala leche”.

– Es Picasso…. comunique en voz baja a mi compañero el fotógrafo, como el que descubre la isla desierta después de la hecatombe del barco hundido. Prepárate… añadí.

El camarada de la máquina la tenía lista, como siempre, como si fuera un ombligo exagerado. Ni flash siquiera, lo importante era el documento de que “por lo menos lo habíamos visto”.

– Somos del diario Pueblo , venimos desde Madrid a verle, maestro, ya sabe, de parte…

Presentación de credenciales. Gran momento. Aquel hombre, del resplandor, que lo tenía, no nos había abierto la puerta, la verja de hierro negro trabajado, como la de una casa de campo andaluz. Casi una entrada de cortijo antiguo. Pero seguía cerrada.

– Venimos recomendados de…

El viejo genio de la botella tenía una voz profunda, de canónigo en ejercicio…

-Lo sé, lo sé… creo que traían ustedes algo para mí… eso me han dicho. Les atiendo por que vienen de parte de quien vienen, tengo mucho que hacer.

Y movía las manos. Acudimos inmediatamente a la talega que nos acompañaba con los “presentes“. Elevó una mano, ancha, que olía, les juro, al aguarrás de los pintores. En el fondo del acto había una mujer morena, observando lo que pasaba, a lo lejos, desde una ventana ojival como una dama de Shakespeare.

– A ver, a ver…

Lo ordenaba con una cierta exigencia, casi insoportable, para quien había llamado a tantas puertas, tantas veces. Y las que me quedaban. Como pude, buscando el valor que me quedaba, le fui enumerando a la par que lo iba ofreciendo a través de los claros de hierro, la mercancía, el tesoro.

– La botella de aguardiente Machaquito, de Rute, maestro…

En silencio, recogía los presentes. No escuché siquiera, si en ese momento, cosa a la que soy muy habitual, cantaban los pájaros del mediodía, porque era mediodía.

– Chorizo de Ronda… maestro, de la sierra de malaga, su tierra, ya sabe…

– Lo sé, lo sé…

– Y el abrazo también de sus buenos amigos, no vea usted maestro lo que nos ha costado pasar ese contrabando por la frontera…

– Vale, vale. Bueno, ya me han visto… nos vemos.

Como les cuento. Se dio la vuelta, comprobamos que caminaba como el protagonista del viejo y el mar de Hemingway que yo conocería en La Vigía de La Habana, y se fue, agitando la botella como un trofeo, para que la viera la dama de la ventana, como una vidriera de iglesia, y sin volver la cabeza, ni dar las gracias, agitó la ristra de productos del cerdo ibérico, como el que muestra un trofeo conseguido, y se perdió bajo los árboles.

Aquella tarde bebimos en una taberna azul del pueblo más cercano, un beaugolet insoportable, intentado ahogar nuestras penas, aunque como en su día me dijo aquella nieta de don Ernesto que después se suicidó en California: “Siempre tratando de ahogar las penas, aunque las penas saben nadar….”.

Y volvimos tristes y desolados, con el consuelo de haber comprado un souvenir en aquella tienda que se llamaba Pablo, y que era un plato blanco, con una cabeza de toro, en la que había una firma de don Pablo, y una leyenda escrita por él mismo: “Los toros son ángeles con cuernos”.

La verdad es que el fracaso fue total. Ni siquiera quisimos hacer aquel retrato, feliniano, del viejo pintor, desnudo, fuerte, de ombligo arriba, caminando a su taller, soñando con España…

Allí, por cierto, y porque ese fue su deseo, está enterrado el Maestro. Eso sí, fue amortajado, envuelto en una capa española, de las de Seseña. Y con el sombrero cordobés, el plano, negro, encajado en la cabeza. Más español, más castizo imposible.

 1760-20-mayo-1978
Paloma Picasso, 1978, ¡HOLA!

Un día años después, lo comenté en Jerez de la Frontera con su hija Paloma, que estaba presentando un perfume con su nombre, de las dos pes, Paloma y Picasso, quizá faltó la tercera, de Pablo. Paloma, que era, que es muy bella, incluso estuvo a punto de comprar aquella casa de la plaza de San Nicolás, en Granada, donde ahora tienen un precioso restaurante los Morente, sonrió, con su rostro españolísimo.

– Sí, está claro, así era, Pablo, mi padre… le habrás perdonado, claro…

– Claro que sí, ¿cómo no? Se fue abriendo la botella de aguardiente, ¡me hubiera gustado mucho ver lo que pinto esa tarde!

– Sí, igual pintó la cara de una mujer española…

– Por cierto, Paloma, estás ofreciendo un aroma que lleva el nombre de tu padre… ¿a qué olía don Pablo?

Me dio el titular. Me respondió:

     – Mi padre, Pablo, olía a Picasso.

Que al ser de Málaga, es el hermoso olor de la biznaga, su flor emblemática.

Igual le ayudó aquel día a hacer uno de los bocetos de ‘Les femmes d’Alger’, el cuadro de las mujeres…

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer