Rafa Nadal vuelve a morder el oro

Hasta ahora, cuando ganaba, siempre mordía la plata del trofeo. La fotografía del campeón daba la vuelta al mundo, así, enseñando los dientes del mejor en lo suyo. Hoy acaricia el oro de la cultura, yo diría que su raqueta es como una guitarra, no hay más que verla, y me perdonen por la metáfora, a la que él hace sonar como Paco de Lucía, vivo.

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Cada partido es un concierto. Hace música, gana siempre, tiene la inspiración del artista. Y la fuerza del ganador. Por eso hoy Rafael Nadal a la una de la tarde ha sido investido Doctor Honoris Causa en la Universidad Europea, en el Campus de Villaviciosa de Odón. Voy a recoger exactamente por qué se le ha reconocido en entidad tan importante.

“En reconocimiento a sus meritos deportivos y a los valores de esfuerzo, superación, respeto, cordialidad y ejemplaridad que representa su figura”.

Es verdad. Por eso, y porque siempre, todo lo hizo desde la humildad y la sonrisa. Alguna vez le vimos llorar, sí, pero eran las suyas lágrimas de emoción, de alegría y de agradecimiento. Y luego, después de ganar, le tiraba un bocado a la generalmente plata, quizá cristal, de la batalla ganada. Conseguida. Desde que era niño, ya pisó la hierba cortada o el cemento duro de los campos de tenis.

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Jamás dio fuera una mala contestación a un periodista, ni escapó de la verdad, a veces ingrata, ni de su triunfo ni de su fracaso- ahora que es, además, otra vez Excelentísimo Señor, merecidamente, la verdadera perla de Manacor. Espero que no le enfade el nuevo título, porque además las perlas de su pueblo, de su ciudad, perlas cultivadas pero únicas, quizá más hermosa en su belleza encarcelada que las pescadas en aguas remotas, sigue pidiendo, cuando le regalan adjetivos, y resplandores:

-Por favor, llámame Rafa, es suficiente.

Tiene nombre de arcángel, y cuando sonríe, me recuerda a mi compadre Manuel Benítez el Cordobés, el quinto califa del toreo, que siempre dije que enseñaba los dientes, con ferocidad y feracidad al mismo tiempo, como quien lleva un cuchillo entre los dientes. Y es verdad.

Rafa es solidario más que solitario, y la raqueta en su mano es una espada en este juego de truenos, que es el tiempo en el que vivimos -está a la vera de los treinta años y dice que “no solo hay que saber perder, sino que hay que aprender de la derrota”-.

Mi hijo más pequeño, que tiene ya cuarenta años, me dijo un día:

– A mí por lo que me gusta Nadal no es sólo porque es único ganando, sino también porque es el mejor perdiendo.

En los últimos tiempos, abraza al que le ha vencido y le agradece la lección. Eso es lo mejor de este coloso, que representa a la marca España, como lo español -en este tiempo de desafíos y complicaciones- ha peleado hasta en la tierra azul, con las muñecas rotas y ha confesado “Llevo muchos años en el tenis, y sé que tengo los días contados, en este deporte duro, difícil, donde los años cuentan mucho”.

Tiene una novia bonita, y una familia que le sigue a todas partes. Su brazo es de titanio. El miércoles próximo, pasado mañana, volverá a batirse en Madrid contra uno de los grandes. En la Caja Mágica danzará después de lanzar su golpe fiero, y su grito de guerra inconfundible. “Confío siempre en mi público, que siempre me anima, me ayuda, pero sé que soy yo el que tengo que transmitir esa fuerza a los míos”.

Me gusta mucho, me da fuerza en vena, verlo tendido en el suelo, como crucificado, los brazos abiertos. Empapado en sudor, como el gladiador que ha vuelto a ganar, por encima de todo, por encima de tanto.

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Dice que sabe que es el quinto ahora en el ranking, mundial del tenis. Vale. Pero hay un refrán español que asegura “que no hay quinto malo”, es cierto. Pero el catedrático, que hace unos días también recibió la medalla, lógica, de oro, del trabajo, sabe que es el mejor en lo suyo y en cuanto a los demás, es un ejemplo.

Es verdad que “los dioses están cansados”. Pero solo a veces. Y además, solo mientras cargan las pilas.

-¡Sí será distinto este muchacho que hasta con ese gorro que le han puesto y con el que todo el mundo esta tan feo, él está hasta guapo!

Claro. Es como si se hubiera puesto al planeta mundo por sombrero. Como siempre.

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