Omar Sharif, entre recuerdos y olvidos

Sentado, en un sillón de mimbre, frente al mar Rojo en un hotel de cuatro estrellas, este hombre, mayor, o quizá mejor decir este viejo, que en oriente son mejor tratados que en occidente, contempla durante casi todo el día el ir y el venir de las olas, de un mar histórico y mágico.

Se llama Omar, de apellido Sharif, y ha nacido hace más de 80 años en un sitio único, impar de la civilización antigua. Al pie del faro de Alejandría. Ha sido, es, actor, y muy bueno, ha hecho cien películas, y ahora su hijo, Tarek, asegura que su padre, mito de Hollywod, ha perdido la memoria. No recuerda, y si lo hace es suavemente, tristemente, al encuentro con una fotografía sepia o un trozo de aquellas películas, inolvidable, en las que fue protagonista. Aun es bello, su cabello blanco, plata, ondulado, le mantiene esa aureola del crepúsculo de los dioses. Hubo un tiempo en que fue el rey en el trono del cine, hoy, el alzheimer, que no sabe de cine ni de dioses, le mantiene ajeno al mundo en el que vive, y por supuesto aquel en el que sorprendió al mundo, que le adoraba.

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Y entre ellos, yo. ¿Cómo no, si hable con él en el restaurante aquel que había cerca de la plaza de Almería, donde rodaba con Peter Otole la película ‘Lawrence de Arabia’?

Te recuerdo, Omar, vestido de jeque árabe, de negro y plata con sus ojos de azogue, comiendo pescado frito, de la Barraquilla mientras mi amigo, el gitano Richoli, tocaba la guitarra.

Te recuerdo Omar, al fondo Sierra Nevada, después de Almería, envuelto en el abrigo de Siberia, el viento de hielo en el rostro, con el gorro cosaco de verdadero Astrakán, mientras nevaba, y hacia usted la película aquella de Boris Pasternak; que en el libro  se llamó Doctor Zhivago, y en la película, también.

Jugaba a las cartas como un maestro del naipe, te recordaba siempre, porque un día además le dije, con conocimiento de causa, porque me la puse para que me la viera puesta en Córdoba, en casa de Rafael Carrillo, una de las camisas de lino egipcio trabajadas junto al Nilo, a mano, que su hijo representaba por el Mundo:

– Toca, toca, Omar, gran jeque…

Y sonreía con su blanca dentadura, el tahúr magnifico, nunca hacía trampas en las cartas, mientras acariciaba la camisa de lino, de las de Omar, en una  muy buena y muy cara tienda de Madrid, sólo para este instante.

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– Sí, sí, gracias, es mía… se nota sin necesidad de tocarla, antes del tacto, con solo verla, es una de las mejores camisas del Mundo.

Hablábamos, por ejemplo, del Nilo, que yo había navegado hacía poco tiempo, del Cairo loco y único, de… por aquellos días, el actor, trabajaba en una serie de televisión de bajo coste para los ingleses, en la que hacía de sultán, como casi siempre, al pie del castillo de Almodóvar del río junto a Córdoba, hoy propiedad de la familia de la que fue esposa de mi compadre Curro Romero, al que tengo, insisto, tanta gana de abrazarle.

– ¿Qué se siente besando en la boca a una mujer como Ava Gardner?

Se reía bajando la hermosa cabeza, bebiendo cerveza Alhambra, que le gustaba tanto… y luego titulaba como un pensador antiguo: “Ver ti go”…

Habíamos quedado en vernos, con el tiempo siempre hay que dejar una puerta abierta al futuro, quizá en su casa, la última que había conseguido tener, en Lanzarote, la isla de la que tanto escribí, aquella a la que llamaban la Casa de Omar, y que había creado, César Manrique, uno de los más brillantes talentos que uno haya conocido a lo largo de su vida. A veces he querido volver a verla, sin él, porque todo el mundo sabe en las islas y fuera de las islas, que aquel palacio único, entre el sueño y la historia, que Omar la tuvo un tiempo pero que la perdió pronto, porque se la jugó a una carta en una memorable partida de bridge, juego del que era un maestro, que se lo jugaba todo, y lo perdía, como él mismo me confesó una vez.

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– Sólo sé de cartas, de juego, soy un importante señor del bridge, pero sobre todo, adoro, por este orden, a los caballos y a las mujeres. El dinero no me importa, pero creo en la suerte y en el destino.

Así ha sido. Menos mal, que el hombre con rostro de jeque del petróleo  jamás tuvo una casa segura donde vivir. Es más, amaba los hoteles mejores del Mundo, donde hubiera tapete verde y mar azul. Gustaba de la comida, y era, bueno era no, es, un sabio del apasionante mundo de las especies. Siempre gustaba de una barra de caoba en un bar, de lujo, eso sí, y el talonario de cheques en el bolsillo interior de la chaqueta mejor cortada.

Amó mucho a una mujer que vivió en España, siempre y a la que venía a ver, con frecuencia, siempre que le era posible. Creo que vivía por Chamberí, y siempre fue una bella dama que esperaba al señor de la arena del desierto y del casino, que lo que ganaba, y mucho en el día, lo ganaba, más lo perdía en la noche, en la habitación de las grandes decisiones. Grande entre los grandes, me gusta recordarlo, con una copa de champán, el mejor siempre, en la mano, musulmán de religión como era, aunque fue primero cristiano de nacimiento. Habría hecho, estoy seguro, un gran rey Boabdil, esa historia, fabulosa, que está preparando hace mucho tiempo Antonio Banderas, y en la que deseaba hacer, creo, de gran capitán.

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A veces, dice su hijo, que parece recordar, pero que está más tiempo en la otra orilla, la del olvido. Que duerme en su habitación alta con la ventana abierta, y que la luna egipcia, del mar Rojo, le ve todavía soñar con los ojos abiertos. Quizá sea hoy en nuestro blog confesionario, el lugar para contarles de ese tiempo y de este personaje, que un día, hace muchísimos años, David Lean -que era el director de Laurence- me permitió hacer de moro muerto en la película. Se trataba de un papel que tenía muchos “novios”, total, echarse encima de la arena caliente de Almería esperando que llegara el tren que había que asaltar cuanto antes. Todavía mi boca degusta aquel  largo tiempo, boca abajo, mientras llegaba el tren cargado de armas para el combate. Y Omar, montado en el camello que habían traído de Fuerteventura.

– ¡Qué hermosas las mujeres de Andalucía! -Suspiraba mostrando una muela de oro que le habían puesto de guardarropía.

Era un caballero, a caballo y a pie. Y con las cartas, aquel que dijo también:

– Sé mejor que nadie, que un día, cuando pasen los años, solo habrá cinco reyes. El de copas, el de oros, el de espadas y el de bastos, y desde luego, el Rey o la Reina de Inglaterra.

Por cierto, que no quiero olvidarlo, me gustó mucho Edurne, cantando nuestra copla en Eurovisión de Viena. No ganamos, es verdad, pero ella hizo su papel como debía hacerlo, volando incluso.  Perdimos, pero ganamos. El año que viene será la nuestra. Y si no, al tiempo.

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