Mis desayunos con la princesa Ira de Fürstenberg

Aquel otoño de 1985 que, como a veces digo, muchos de ustedes no habían nacido dada su juventud, fue para mí inolvidable.

A ver si no. Todos los días de aquel septiembre, llamaban a la puerta de mi habitación de ese precioso, y preciso, hotel en el Cantábrico francés, del que era dueño un legendario ciclista. Al pie de aquel hotel, que antes fue el palacio que regaló el emperador Napoleón, nieto, a su amada Eugenia de Montijo, que era paisana mía, de Granada, y en cuyo patio he jugado yo de niño, en el barrio de La Magdalena…

Bueno, pues en aquel hotel experto en aguas, aguas minerales, las dos aguas, porque estaba, además, junto al duro y puro mar de los cántabros, sonaba mi puerta: toc, toc, toc. Suavemente, levemente, yo diría que elegantemente, y servidor ya estaba listo para el día, desde mucho antes. Claro. Era lógico, que no todos los días, durante una semana, llamaba a tu puerta, nueve en punto de la mañana (puntualidad germánica, nunca mejor dicho), tomen nota, una bellísima mujer, en la hermosa edad del otoño, casi verano todavía, que respondía al nombre de Su Alteza Serenísima la Princesa Carolina Virginia Theresa Pancrazia Galdina de Fürstenberg.

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De la que precisamente estos días han hablado, y lo que queda, los medios españoles, todos, o casi todos.

Y cuentan que Ira era la dueña de un cenicero que la otra princesa de enorme actualidad también, Corina, regaló en su día al rey aún de España, Don Juan Carlos.

Dicho lo cual, les aseguro, que aquella mujer de las mañanas en el hotel francés, donde gentes muy especiales se curaban de entre otras cosas del mal de amores, se les notaba en el rostro aunque se vivieran envueltos en el silencio, pero las ojeras del amor insisten. Bueno, pues aquella mujer venía, envuelta en un albornoz blanco, con las iniciales del lugar, y traía en las manos, una botella, grande, de agua mineral, que formaba parte de su momento.

Hablaba aquella hermosa mujer, no voy a revelar sus años que son de su propiedad, además creo que estará en la Wikipedia aunque a veces se equivoca, en un español fuerte, como quien ha vivido y amado, creo, en España. Su marido fue, don Alfonso de Hohenlohe, aquel príncipe único, formidable ser humano, que la llevó al altar cuando ella tenía solo quince años. “Me case con una niña, imagínate”, me contaba también en su día don Alfonso en el Cortijo de las Monjas de la serranía de ronda, donde se asegura que estuvo unos días la princesa Ira, quien había venido a estar presente en el funeral de uno de sus hijos muerto de forma trágica en Tailandia.

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Historia, sobre historia. Enredadas historias en el mismo canastillo de cerezas. Pero es así, y aquella mujer con el aire de la Bellucci, que se había casado dos veces y separado también, una con Alfonso, uno de los creadores de Marbella, uno de los inventores de la Costa del Sol, etc. Y otra, con aquel brasileño, bellísimo, riquísimo, Pignatari, del que también, se desprendió Ira, sin ira siempre, en su día.

Vale, pues Ira, día a día, puntualmente, con su botella de agua en el regazo, abría su corazón y –mirando al mar soñé, como la canción, más allá de las dunas- me iba abriendo su corazón a primera hora que es cuando el corazón no tiene uñas. El tiempo de la confesión y dos copas, grandes, de champán para el agua. Y ahí me contó todo, o casi todo, aquella princesa ya legendaria, aunque al final acabamos el confesionario en Venecia, el mejor lugar para iniciar o acabar cualquier historia, en el hotel formidable, sobre el canal, que había formado parte de su legado, en el que estábamos y al que ella accedía por una puerta secreta que había en alguno de los largos pasillos de uno de los más espectaculares hoteles que uno ha conocido en su larga carrera de huésped por el mundo, siempre, eso sí, en acto de servicio.

Había días, sin terminar del todo, en los que a veces, aunque la Princesa con su aire de vagabunda de lujo y yo estábamos o creíamos estar desconectados del mundo con aquel “que nadie nos moleste” de mi alcoba, sonaba levemente el teléfono de la mesilla de noche:

– Es Monseñor, decía ella misteriosamente, y se levantaba como una muchacha enamorada que esperaba la llamada del día.

Y servidor se ponía mirando al mar, como aquel viejo marinero brasileño que esperaba el final de sus historias, con el catalejo a mano, como si fuera un bastón de sus años y sus recuerdos.

Un día de aquellos me confesó, abriendo mucho aquellos ojos marrones que a veces eran verdes, a ratos azules como los de Liz Taylor, aquella noche en Florida donde hacía la loba, y yo tuve el honor de entrevistarla:

–  Monseñor no es ningún obispo, no creas Tico. Es el Príncipe de Mónaco, que está muy triste y muy solo después de lo de Grace.

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No he mirado las fechas, que ellas saben que las odio, pero sí les puedo decir que se habló en su día, antes de que se casara con la hija de aquel ladrillero riquísimo de Filadelfia a la que un día besó en la boca un actor llamado Cary Grant de grato recuerdo y nostalgia por aquellos tiempos. Mientras elegía esposa, se habló mucho de que el Príncipe Rainiero estaba muy cerca del corazón de la Princesa Ira, una heredera además de un imperio alemán, en toda la palabra, sangre azul, a chorro, en sus venas…

No hubo boda, pero si había lazos de sentimientos. Todos los días sonaba aquel teléfono al que ella miraba, como si supiera quien estaba al otro lado (entonces había muy poco de los móviles de hoy) y como si esperara y temiera la llamada. Monseñor era la consigna, si bien he podido comprobar que era uno de los títulos con el que se podía llamar en privado a aquel enamorado. Perdido en el dolor de la desolación, acudía a contar, no sé si pedir la mano de aquella mujer que desayunaba conmigo cada día y que traía con ella una botella de agua mineral francesa. ¡Que no era de champán, como alguien comentaba! Eso hubiese dado lugar a otro tipo de memorias.

La vida de una mujer, excepcional, única, la vida de una dama de la sociedad europea que sin embargo me decía, a veces, paseando por la playa o cenando en aquel pequeño restaurante francés queso y Beaujolais del año, mientras sonaban los tristes violines del anochecer dado que en Francia se cena muy pronto, ya saben, me daba los titulares de aquellas memorias de aquella mujer que siempre, decía: “De verdad, lo que soy es una gitana vagabunda…”.

Y que al final de un “buenas noches, Alteza” dijese: “No me digas Alteza, dime Ira, con eso vale. ¿Y sabes lo que te digo?, que lo importante es vivir”- cierto. Así se llamó la historia de su vida, que hoy será mucho más hermosa que la de antes.

– ¿Ha vivido usted, tanto, pero no lo ha contado todo?

Como todo el mundo señora. Como todo el mundo.

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