Lola Flores cumple años

O sea, haría años el sábado que viene, el día 16. Pero se nos fue, con su enorme fuerza, su extraordinaria personalidad, su genio suelto…

‘Abanico de colores

no hay en el mundo una flor

que el viento mueva mejor

que se mueve Lola Flores.’

Decía Pemán, don José María, el jerezano universal, presidente de la Academia de la Lengua Española.

A Lola le gustaba mucho repetirlo, que yo lo sé bien, porque ahora que todo el mundo la conoció, en su fecha, al que más veces le dijo el verso y no es por presumir, aunque podría ponérmelo en las tarjetas de visita, sería yo que durante más de seis años, seis, busqué con ella misma sus recuerdos, cuando los dos coincidíamos en Madrid, que no era fácil, en su casa de la calle María de Molina de Madrid.

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Mientras, en la habitación más cercana, su marido, el grandísimo artista Antonio González, dentro de su elegante bata de seda, tocaba la guitarra en un fondo musical único, que además hacía único también el documento que aún conservo y que en su día podría estar en ese museo que no se termina del todo, en la ciudad de Jerez, donde ella vino al mundo, sobre una taberna familiar histórica, donde ese día del 23 sonaba, por cierto -o porque así estaba escrito-, el himno nacional.

¡Ay, Lola! A la hora de la siesta, que es cuando ella abría los ojos después de la madrugada, generalmente, nos veíamos. A las cuatro en punto de la tarde, que era cuando Lola aparecía, envuelta todavía con la hermosa ojera puesta, violeta tirando a oscura, en lo que se llamaba el salto de cama, y se me aparecía, con su raro resplandor y con una taza de café negro. A veces sonreía, “negro como mi conciencia”, descalza a ratos, con su hermoso pie moreno, ancho y bello, como de pescadora de Paco Ariza, el buen pintor de baena:

– Ea, ¿cómo estas tu hoy, niño?

– Preparado para la confesión, Lola.

– Vale. ¿Y dónde nos quedamos ayer?

– Fue…

Y se lo recordaba. Ella movía su café, no sé si amargo, carraspeaba como si fuera a cantar, flamenco claro, y después abría el tarro de la memoria, con su voz ronca, formidable, soberana.

– ¿Sabes, Tico, que a veces pienso, que soy extraterrestre?

– Lo eres Lola, lo eres.

Y seguíamos en lo nuestro. Lola, única, irrepetible, y se lo dice a ustedes quien durante mucho tiempo coleccionó leyendas. Un día en Miami, se le ocurrió decir en un directo de televisión, para todo el mundo, bailando con Roció Jurado, las dos juntas mano a mano.

– Estoy escribiendo el libro de mi vida con Tico Medina, pero estamos tardando demasiado. Pero si él se cree que yo me voy a morir antes que él, está equivocado, tenemos que terminarlo.

Lo hacíamos cara a cara, a esa hora templada, donde un día se abrió la bata blanca, mientras me abría el corazón al mismo tiempo.

– ¿Sabes por qué anoche, cuando cantaba, aquello de “quién era, cuando digo…” no me daba en el pecho con la fuerza de siempre?

– Dímelo.

– Pues, porque acaba como quien dice de operarme para que me quitaran de encima el bicho, el cangrejo que llevo dentro…

Al mal nunca le llamamos por su nombre, ni ella ni yo, o sea, cáncer. Nunca lo dijimos ni bajando la voz siquiera. Era un tiempo en que se decía con todas las letras, la palabra inconfesable, así que ella le llamaba, por ejemplo, el cangrejo, el lado oscuro, el hijo de su madre, el enemigo…

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Y la última vez que la vi, ya habíamos publicado en ¡HOLA! sus memorias, y su libro, y el mío, ‘Lola en carne viva’, había sido presentado públicamente. Le dije a Lola , que se miraba en el espejo de la casa donde nos dijo adiós un día, (hará el sábado que viene veinte años):

– Te veo con la cara redondita Lola, bien guapa que estás.

Y mirándose en el espejo aquel, me respondió con una sonrisa, no me atrevería a decir que de tristeza ni de resignación siquiera, sino consciente de la verdad que escondía.

– Esta carita de luna que tengo, no es por mi culpa, es la culpa de la cortisona.

La conocí bien, muy bien, en sus gritos y sus silencios. Desde cuando Lolita hija venía a leernos su última letra para copla -porque además escribe muy bien-, o Rosario -no me gusta llamarla Rosariyo- traía a nuestra conversación, con las persianas bajadas a media luz, entre el sol y la sombra de lo que era además su propia vida, aquel brillo en los ojos, que la hacía distinta, y Lola me ponía la mano sobre la rodilla, y…

– ¿Sabes que el otro día Julio Iglesias, en su casa de Miami, se asustó de la luz que esta niña lleva en los ojos?

Y a veces quebraba nuestra conversación, solo se oía el girar del viejo magnetofón, compañero de tantos secretos, a aquel muchacho, del rostro casi verde, la mirada lejana, guapísimo gitano, que venía a pedirle a su madre que tanto hizo por él, tanto que cuando su madre se fue, él se fue inmediatamente después tras de ella:

– Madre, que me tiene que dar algún dinero, porque quiero comprarme un colchón para el sitio nuevo.

Y ella abría la cartera de ayer, sacaba un paquete de tabaco, que tenía siempre en la retaguardia, y ponía en las manos de aquel inmenso artista, que fue Antonio hijo, más aun después de haberse ido, mientras le decía en un suspiro muy largo, muy triste, muy de madre

– Antonio hijo, que estas comiendo muy poco, ya sabes que aquí tienes siempre un plato para cuando quieras. Siempre te estamos esperando, hijo.

Y luego, cuando salía de cuadro, Lola me volvía a poner la mano en el hombro ahora para contarme.

– Es un artista de cuerpo entero. No hay nadie como él porque tiene el arte del padre…

– Y de la madre.

– Iba a decírtelo después, pero lleva la música de Antonio en la masa de la sangre…

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Y se nos fue. Ya no queda ni un solo libro de aquel que escribimos mano a mano los dos. Si acaso en las librerías de viejo, de la Cuesta Moyano de Madrid.

Pero lo que sí queda en mi memoria, en mi recuerdo, entre los mejores momentos de toda mi vida, toda, es cuando aparecía cerrando la puerta de su alcoba…

– Vamos a ver cómo estoy hoy…

– Tienes que estar como siempre, Lola, hija.

– Vamos.

Se abría la bata, aunque no fuera de cola, encendía un cigarro, el primero del largo día que le esperaba, y ponía el corazón, sin piel, sobre la mesa de camilla.

¡Me van a contar a mí de Lola…!

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