Julio Iglesias investido en Estados Unidos catedrático mundial

Lo que ya era a lo largo de toda una vida cantando y haciendo música, ahora ha sido avalado, reconocido, por una de las universidades más prestigiosas y difíciles del planeta. La Universidad de Berkeley, en Estados Unidos, ha reconocido universalmente la importancia, la trascendencia mundial de este gran artista español que durante más de cincuenta años ha cantado para los demás, ha compuesto para que el mundo sea más alegre, más solidario, más culto, en fin, más humano, que buena falta nos hace.

Y por eso, esta foto estos días está dando la vuelta a la Tierra. En ella vemos a un Julio Iglesias sonriente, más que sonriente, que a veces la sonrisa es una trampa, alegre, feliz, demostrando con un aire deportivo, jovial, a caso hecho, que se siente emocionado, lleno, más Julio Iglesias que nunca.

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Tuve la suerte en su día, hace ya mucho tiempo, de escribir su primer libro de memorias que se llamó Julio Iglesias entre el cielo y el infierno. Fue a lo largo de muchos días por el mundo entero, desde su casa de Miami, la que aún es suya y que está convirtiendo en un cortijo español, andaluz, hasta su avión, en México o Japón, por dar solo tres puntos geográficos, en esos lugares a veces decía a primera hora de la mañana después de hacer sus ejercicios diarios:

Tico, vamos, es el momento, ahora o nunca…

A veces también hablábamos en el mar, en el Caribe, o como aquel día en el puerto de Tokio, donde de pronto en el anfiteatro inmenso sonó un grito con claro acento gallego:

-¡Julio, hermano! ¡Cántanos el himno a Galicia!

Y lo hizo. Un Julio elegante que se vestía con sus trajes siempre negros aunque primero fueron blancos, delgado como una palmera y siempre con chaleco. Los zapatos especiales para los huesos frágiles aún rotos desde aquel día cuando cambio su vida del todo, tan joven que iba para ser portero del Real Madrid y aquel accidente de automóvil le cambió el destino haciendo que en la larga travesía de la recuperación estuviese tan cerca siempre su padre al que quiso tanto -ahora mismo me viene a la memoria aquella confesión suya, en un avión sobre España: “A mí me parió mi padre”.

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Recuerdos siempre, pero siempre vividos por mí, como cuando acepto el título:

– Si, vale, Julio Iglesias entre el cielo y el infierno, pero no en el limbo, en el limbo no estuve nunca… Ni cuando estuve a punto de  quebrarme para siempre la columna vertebral en aquella curva del camino de Madrid…

Pero Julio, quizá él lo sabía, era música. Es música, y música para todos, desde el corazón, pero también desde la cabeza, porque es inteligente y como yo le decía, a veces, es culto de la sangre.

– Lo digo, porque tú donde estás siempre es en el purgatorio, en el de la creación, el combate…

Porque es un gladiador de las sensaciones. Trabajando en el estudio horas y horas, escuchando la música siempre, por donde vaya, aprendiéndose lo que en ocasiones él mismo ha escrito u ordenando en su casa, la que sea, que le he conocido muchas, en La Pampa argentina, México, aquella de la mar, la bellísima de Málaga donde tanto le gusta estar, donde tiene sus gallinas, sus olivos…

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¡Tanto que contar de Julio…! Aquel día que salía de su barco, anclado junto al puente de madera por donde pasaban los barcos de Florida, enseñando a los miles de turistas la casa donde cargaba sus pilas, nunca mejor dicho, después de una gira por el mundo. Aquel día con su perro en brazos, aquel dálmata hermoso, elegante, suyo, cuando se estaba muriendo… Julio con las lágrimas en los ojos:

– ¿Y ahora qué haré cuando se vaya de mi lado mi perro?

Julio a solas, casi siempre con una sombra de mujer cerca. Hasta que llegó Miranda (ella sabe que siempre lo he escrito) y se convirtió, para él, en el sol de su vida, en lo mejor que le ha pasado nunca, con sus hijos y sus nietos.

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De este Julio triunfador, la última vez que estuvimos juntos fue en su casa de República Dominicana, preciosa, cuando dormí en la cabaña, la palapa, donde vivieron los Clinton unas hermosas vacaciones. Aquel Julio que hoy vuelve a ser reconocido por lo que ya era, vendiendo más de quinientos millones de discos, a pie de obra, a pie de inspiración siempre, aquí con su sombrero de profesor intelectual, que él quiere que sea más que chambergo, ese birrete, entre barretina española y boina tolosana…

Homenaje a Julio, este español universal que sigue haciendo que el mundo sea más solidario, se enamore más. Este madrileño del que un día poniéndose uno de sus veintisiete peluquines, Frank Sinatra en su preciosa casa de Palm Beach, junto a la piscina, bajo los cocoteros, me habría de descubrir algo que yo sabía, pero que en la voz del más grande, tenía el valor especial de otra cátedra de música a lo ancho del mundo total:

– “Yuliooo” es, sin duda, el heredero de mi sentimiento

Y si lo dijo quien lo dijo, y doy fe de que lo dijo, es otra toga para este joven de setenta años que aún sigue recibiendo, de vez en cuando, los boquerones en vinagre que le envían desde España…

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