Eugenia, Duquesa de Montoro

Montoro es una ciudad, porque es ciudad según título real de hace muchos años, aunque cordobesa, en la que siempre me hubiera gustado tener una casa, pero una casa  de las antiguas, de piedra rosa, junto al Guadalquivir, el río padre de Andalucía, y al pie de Sierra Morena coronando la campiña.

Una de las más hermosas del mundo, por más señas. Es una ciudad de escudos y de olivos, milenaria en su historia, de la que es Duquesa nuestra protagonista de hoy, María Eugenia Brianda Cecilia Timotea Martínez de Irujo y Fitz James Stwart, a la que conozco desde que tenía dos años, cuando hice las primeras memorias (las que más le gustaban a ella por lo menos) de su madre la Duquesa Cayetana de Alba, a la que por lo menos yo recuerdo tanto.

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Allí estaba ella, la niña, de la mano de su madre. Era la más pequeña de la casa, ya en Liria, ahora en Marbella, en la casa que aún le pertenece, en la misma linde de la arena de la mar, en Marbella, siempre, en los brazos o descalza, caminando por la arena de la playa junto a aquella mujer fascinante, hermosa,  que poco antes de marcharse de este mundo, en el que resplandecía, me dijo un día medio enfadada, aún coqueta.

– Tico, amigo mío, que sé que el otro día en la tele dijiste que yo no es que fuera una mujer guapa en mi juventud, sino resultona, espectacular… ¡parece mentira que tú, precisamente tú, que me conociste tan bien, dijeras eso…!

Le pedí perdón, porque era verdad que lo había dicho, pero desde el respeto, la admiración y el conocimiento. La Duquesa de Alba, madre, fue una dama única, excepcional, agotaría los adjetivos, y sobre todo, una mujer andaluza, que tenía un extraordinario “poderío”.

Desde siempre, desde hace tantos años, desde aquellos días inolvidables, me até con lealtad, con cariño, a la niña bonita aquella del palacio de las lanzas doradas de Madrid. Tanto es así que entre mis fotografías insuperables, tengo una, en la que Cayetana madre monta en uno de sus caballos preferidos, vestida de amazona, que le da la mano a una niña, que hay en los brazos del reportero. Ese todavía joven de aun el cabello negro era yo, y tengo a Eugenia, la más pequeña de los hijos de la Duquesa, en mis entonces fuertes brazos todavía capaces de  aguantar el peso, leve, de la historia.

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Vale. Bueno, pues de esa niña, hoy Duquesa de Montoro, les quiero contar algo a propósito de su constante actualidad.

La Duquesa esta triste, que tendrá la Duquesa….

Hace unos días viajábamos juntos, pero separados, en el mismo vagón del ave de Madrid a Sevilla. Lo hacíamos con frecuencia, aunque yo siempre me esquinaba, me apartaba de foco. Siempre más o menos en el ave de las once, que llega a Sevilla sobre la una y media de la tarde. Muchos días le esperaba allí el Volvo azul de su madre, aquel con el que Cayetana iba al cine de la calle Luchana, donde a veces coincidíamos. Yo la veía siempre con cercanía. Me gustaba su sonrisa, preciosa, su actitud precisa, su aire como de niña que hace lo que le da la gana, cosa que siempre hizo. Igual un día la llamo a ver si se decide a escribir su corta pero intensa vida. Porque Eugenia -que tiene nombre de emperatriz, el de su antepasada granadina, mi paisana, Eugenia de Montijo, ya saben- no hace mucho, en la televisión, en el sur, me atreví a decir sin frivolidad y con cariño, hasta con familiaridad, que “el ombligo más bonito del sur, en el tiempo del verano y el del bikini, es sin género de dudas el de Eugenia, la hija menor de la Duquesa de Aba”. Todavía no he logrado comprender por qué dije lo que dije, pero todo respondía a que es cierto el dicho que asegura que “dime qué ombligo tienes y te diré quién eres”.

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Un día en el AVE, sé que Eugenia me lo agradeció con una sonrisa y a distancia. Bueno, pues, si la ven ya con su hija, la niña suya y del torero que fue su esposo, Francisco Rivera, comprenderán “que el tiempo pasa que es un primor”, como dice la canción.

Porque a veces un ombligo, que no es una frivolidad porque es el botón de la vida, es más que un escudo nobiliario, y eso que el del ducado de Montoro, que es el suyo o uno de los suyos, consta, como se dice en plan heráldico, de  los cuarteles siguientes:

Dos, en los cuales, partidos, hay dos lobos negros que llevan en las fieras fauces la carne temblorosa de dos pequeños corderos con un  punto de sangre. Diez leones rampantes, diez torres levantadas, cadenas azules, coronas…

Aunque en la que es su ficha de presentación, en las redes, se asegura lisa y llanamente: Ejecutivo de Relaciones Públicas.

Bien, y a lo que voy, que el otro día en el reencuentro, en soledad, creo, me acerqué a ella para saludarla, que hablaba en ese momento por el móvil, que ya me gustaría tener su número privado.

– ‘Pero, ¿cómo me has reconocido?

– No era difícil, Duquesa…

– A mí no me llames Duquesa, que me has tenido en brazos de niña…

– Ea… ¿Sabes por dónde estamos ahora mismo?

– No sé. He venido medio dormida desde que me subí, no creas… dime dónde.

– Estamos a la altura de Montoro, Eugenia…

Miró hacia la ventana con sus ojos, tan vivos que tanto vieron, y que últimamente, lo sé, han llorado tanto con lo de su madre. Y paladeo suavemente…

– Mon-to-ro…

Y me callé, sí señor, cobardemente, lo que siempre me hubiera gustado decirle a lo largo de tantos años, cuando ella se fue haciendo de niña a mujer, a madre… aquello que tenía que haberle confesado.

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– Escribo ya poco, niña. Pero me gustaría hacer un gran reportaje, elige incluso el fotógrafo que quieras, me encantaría que fuera en la ciudad de piedra roja de tu título, junto al Guadalquivir, que la tome por la cintura, entre los bosques de olivos, que incluso algunos todavía pueden ser de la familia, a la puerta del que es el palacio de los Alba, ahora del ayuntamiento, a la puerta del cristo, en las altas calles de piedra y luna… dentro del paisaje, Duquesa. Te vistes como quieras, de muchacha que pasa, de hippie de entonces, de Grande de España, que lo eres por tu título, de ofrecedora de las joyas que aun diseñas, con tu hija, o sin tu hija, vestida de gitana, o de princesa, como tú quieras, verás… en noviembre cumples -tampoco voy a ajustar cuentas que siempre fui en eso un desastre- pero si naciste en el sesenta y ocho…

Cuando llegue tu cumpleaños, en noviembre… “La Duquesa Eugenia vuelve a Montoro”.

Porque a Montoro, al sur, a nuestra Andalucía, ¡le gustaría tanto¡ y porque además, en tu propia humildad, de fugitiva siempre, o casi siempre es tu destino, es la huella de tu propia vida.

Mi dirección está en las redes, mi sitio es ¡HOLA!, como tantas veces, y además, iríamos a cenar, a un mesón que hay en un cortijo rural, que se llama La Colorá, con acento en la a, donde yo un día planté cien encinas, que aunque tardan mucho en crecer igual ya dan sombra a las hormigas…

Espero tus noticias, Eugenia, y perdona por el tuteo, ‘eso sí, cuenta siempre con este viejo andaluz que un día te tuvo en brazos. Por cierto ¿cómo se llamaba aquel caballo lucero que tanto gustaba a tu madre? Será una manera de recordar a  la mujer aquella, tu madre, de la que tienes mucho más que un título… ¡tantas y tantas cosas…!

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