Esa inmensa paz de Sor Isabel Guerra

Es una monja pintora. Me corrijo. Es la monja pintora, única, Sor luz, si me permiten. Es, sin género de dudas, una de las mejores pintoras del planeta. Ya se lo han dicho muchas veces, por que lleva haciéndolo, pintando, desde hace muchos años, si empezó a los doce, en el 47… nunca me gusta hacer números sobre cosas tan, más o menos, sin importancia.

Ahora, Sor Isabel Guerra, la monja pintora, nació en Madrid pero que vive en un convento desde hace ya casi medio siglo, en el de santa Lucía de Zaragoza por más señas, a cuya puerta llamé un día solo para conocerla, para sentirla pintando, en su estudio, en su ambiente, para saber cómo era, como es, esta monja cisterciense, de clausura, que en la inmensa paz, en la soledad absoluta de su estudio, un saloncillo al que atraviesa una luz que aunque viene de la calle, parece que llega de más alto, esa mujer en blanco y negro, de color de sus hábitos, sonriente, flaca, que ha pintado tanto y cuya obra está repartida por el mundo entero, porque lo que pinta se vende inmediatamente, no hay tiempo que perder, Sor Isabel, sonríe y acepta tímidamente, humildemente, el cumplido.

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Porque es verdad que lo mejor para un artista plástico es colocar su obra cuanto antes, y ella no da abasto, como dicen en el sur, para tener contento a sus devotos. Les diré que esta monja, personal, de manos frías, que es una más en el convento donde nadie entra sin un permiso especial, casi espacial, acaba de llegar a Madrid desde Zaragoza, con lo último de su obra. Ese mundo tan humano, pero tan divino a la vez, porque tiene un ángel, invisible posado en su hombro, mientras una rara luz, como es la suya, la luz y la cruz, que son sus distintivos, da vida a toda su obra.

Una niña con una fruta en la mano, ese jarro de barro, de sobre una espetera castellana, o el simple, y asombroso cuadro que ilumina su presentación de nuevo, su vuelta, en Madrid, el próximo día 30 de mayo, a las 12:30 de la mañana, en una exposición organizada por Ibercaja en el centro cultural Casa de Vacas, en el parque del Buen Retiro de Madrid. Viene de Zaragoza, su sitio de vida, su serenidad total, a colgar su obra en la capitalidad, y llega, rápida, como siempre, con sus gafas de tanto ver, y reúne a los periodistas y a los críticos de arte en el salón mismo donde cuelga su obra que habrá de inaugurar la –todavía- alcaldesa de Madrid Ana Botella.

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La portada de su invitación es simplemente un ramo de flores que ni siquiera llega a ser un ramo, tendido, con el olor todavía del campo de donde viene, la flor blanca, sus pétalos, sus pistilos, la sangre verde que por el tallo recién cortado, no arrancado, de la tierra misma tendidas sobre una mesa no de vieja madera, no, sino de antigua forma, casi mesa tocinera, de cocina, con las marcas de la uña y la navaja, de su dueño, y el título que a todas sus obras coloca: “Abrirse a la eterna mañana de  la luz”.

Toda su obra respira, suspira, está viva, trasciende y, sobre todo, serena. Asombra. Nació Isabel, en el 47 en Madrid. Pintó desde que era colegiala. Desde siempre, un día, bien que lo recuerdo, aunque para las fechas soy un desastre como saben ustedes, escribí de ella en el diario ‘Pueblo’. Unos cardos suyos me habían paralizado. Quise saber de ella, y supe. Era monja de clausura  en un convento de Aragón. Hice por verla. La vi. El asombro hiperrealista, como el mejor, un bodegón suyo, una cabeza de niño, aquella silla de chabola era una joya. Siempre la luz a través de una ventana de a diario.

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Bienvenida, Sor. La paz en tiempo de guerra. Carísima, Sor. Que lo sé de buena tinta. Un apunte suyo puede llegar, y perdone que hablemos de dinero, a más de 50.000 euros. La inspiración y la devoción en el mismo sitio. Y todo, lo que de su exposición salga, para su convento. En su faltriquera cuando sale para pintar en silencio una calle de un pueblo del Altoaragón, por ejemplo, lo justo para el tren de ida y vuelta y eso sí, una monja, de compañía, como esa que sostiene en sus brazos en ese increíble cuadro suyo a Santa Teresa, ahora que está de moda, en el aniversario de su muerte. ‘Y el almendro floreció’, se llama… ¿no?

Bienvenida, Sor Isabel, que la estábamos esperando, permítame Sor que le cuente algo que me ocurrió al salir de su última exposición en Madrid. Salíamos a la calle, un amigo y yo, con el último catálogo suyo bajo el brazo. Éramos entonces los dos, intrépidos reporteros que por un titular daban la vida.

– Oye yo lo tengo ya… ¿sabes cuál?

– Dime, que me lo temo.

– ‘La monja que pinta como Dios’

– Hombre, que estamos en un periódico católico, igual tiene que haber consejo de redacción…

Silencio en el barrio de Salamanca. Así que apeo las grandes palabras.

– ‘La monja que pinta como los ángeles’… ¿te parece?

Sin embargo… ¿y ‘La monja que pinta divinamente’?

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