El mensaje del Padre Ángel desde Nepal

De todo hay en la viña del señor, según la frase acuñada en el mundo de los cristianos. Y de todo debe haber en este confesionario en el que se ha convertido este blog mío que, en poco tiempo, se ha convertido en mi primera preocupación, porque hay mucha gente atenta, y aunque yo pertenezco al mundo del papel, o sea, soy viejo periodista de periódico, veo con toda claridad no exenta de preocupación, que esto de escribir en el aire es algo fascinante.

Es por eso por lo que entre tanta historia, digamos que más o menos superficial, hay que dejarle sitio a lo que no podemos tocar con las manos, o sí, porque la solidaridad debía habitar en nosotros como el corazón o las entrañas.

Por eso, aquí está, por encima de cualquier otra cosa, que tengo la obligación de dar noticia de que el Padre Ángel, presidente de Mensajeros de la Paz, asturiano total, quiere que sepamos que lo de Nepal no se ha terminado, no solo ya porque se continúe moviendo el suelo sino porque viene el monzón, que yo he conocido en mis propias carnes, y es algo devastador, pero cíclico, un terremoto de agua desde el cielo, que no tiene remedio. Viene, llega todos los años.

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El Padre Ángel es un viejo, nunca mejor dicho, amigo mío. Los dos mostramos una cabellera blanca, de la que nos sentimos orgullosos, pero es que además hemos vivido emocionantes horas juntos. Y de peligro. Por ejemplo, aquellos largos días en la guerra de Irak, viviendo bajo las bombas y los helicópteros. Zum, zum, zum, en la noche estrellada cuando diciendo que íbamos a felicitar a los soldados españoles en Bagdad, también a lo que íbamos era a jugarnos la media vida que nos quedaba, creo, saltando sobre los escombros de las mezquitas de cúpula azul, destruidas, visitando las iglesias coptas, tras los sacos de arena, sin llevar coraza, el Padre delante de un servidor de ustedes y algún otro valiente de la ONG del Padre asturiano, que es de Mieres:

– O sea, que tú también fuiste minero como tu padre, ¿no?

– No, hombre no. Yo me hice cura, ya lo ves…

– Sé lo que te digo, tú te juegas la vida todos los días, como los mineros, porque bajas al fondo de la mina, del corazón de los seres humanos…

Sonrió, como siempre hace, es el abuelo con más nietos en el mundo, aunque nunca se casó, y lleva, o llevaba, el teléfono de iridio con el número privado del Papa polaco. Espero, si quiere que el mundo de la fé siga andando, que el Papa Paco le haya dado también el suyo, si quiere que esto siga funcionando.

En fin, que le veo saltando por encima de las ruinas humeantes, con su dolor físico, que yo lo sé, y que no comparte con nadie.

– Padre Ángel…

– Dime tú, ten cuidado con ese agujero que además es cueva de bomba…

– Digo yo que como estamos en Navidad, y hoy es Nochebuena precisamente, ¿no será esa estrella fugaz que cae del cielo ahora mismo, el lucero que ilumina el camino de los reyes magos según la tradición…?

Se volvió, muy serio, con su cruz siempre en la solapa de la chaqueta usada, muy trabajada.

– Tico, no me tomes el pelo, que no está el horno para bollos. Ese es un misil, no sabemos de quien, que busca su objetivo.

Siempre, siempre, el Padre Ángel, fundador de Mensajeros de la Paz, premio Príncipe de Asturias de la solidaridad humana, lleva con él, a cuestas a veces, a ratos como único antibalas, en la guerra, en los terremotos, en los tsunamis, por donde haya algo que ayudar, algo que empujar, que atender, ahí está el Padre Ángel, que me acaba de mandar el mensaje.

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Que lo del Nepal continúa, ahora más que nunca. Porque la tierra no deja de temblar y sobre todo porque los supervivientes que siguen arañando el barro. Por si alguien aun respira debajo, ahora es cuando más necesitan. Les hemos traído, en el mismo avión que vinimos hace unos días, cinco mil kilos de cosas que necesitan, y necesitan de todo, desde leche asturiana en polvo hasta otro tipo de comida, medicinas de urgencia, tiendas de campaña…

¡Cómo me gustaría, Padre Ángel, ayudarte! Caminando a tu vera, aprendiendo de verdad lo que cuesta un peine como dice el refrán. Como aquella larga noche que atravesamos, en aquel viejo coche camuflado, desde Bagdad hasta Amán en Jordania, en aquella carretera de la muerte, yo vestido, disfrazado, con mi cara de moro o de judío, según se me mire, porque soy hijo de muchas sangres; tanto moro como judío, cristiano incluso, con una kefia de verdad, regalo de aquel general de la inteligencia de Sadam Husein, escondidos en su casa donde nos dieron dátiles que sabían a sangre. Y dormíamos con un ojo abierto como los piratas…

Historias que contar. Yo me quedé en seco, hoy en casa y tú, casi de mi quinta, por ahí jugándote la vida, loco de Cristo, viejo amigo, por menos se ha dado más de un Nobel de la Paz. Siempre a pie de vida, viejo cura loco, que siempre, siempre, estás dando por encima de todo, y en silencio, ejemplo de cómo se debe ser.

Pero no estoy aquí para sermonear, sino para decir, que a veces, pocas, hay hermosas, humildes, inmensas historias que contar.

– ¿Recuerdas Padre Ángel, cuando detuvimos el coche a la vera de una carretera donde había un tanque americano roto, destruido por la guerra, y a su lado un vendedor de todo, iraquí, al que me acerque a preguntarle “tiene usted granadas que vender”?

Me miró de forma increíble, e hizo dos gestos, tan solo dos. Uno como lanzando al aire, la granada.

– ¿De estas?

– No.

Le respondí, en esa tierra hay bosques de granados bellísimos.

– De estas.

Y me llevé la mano a la boca, como el que traga.

– De esas no me quedan. De las otras, de las que matan, tengo muchas…

Pero esa es otra historia, Padre Ángel, llámame cuando vuelvas, que te tengo que preguntar por tu mejor amiga, Lina Morgan.

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