Dos cochinillos asados con Orson Welles

Era un genio. Desde que vino al mundo, y se lo dice a ustedes quien tuvo la suerte, la inmensa suerte de conocerlo, que sólo conoces a alguien si es que has comido con él. Dice un viejo refrán castellano: “Dime cómo comes, y lo que comes, y te diré quién eres”.

Pero además, Orson, que hoy haría cien años de estar vivo, que lo está más que nunca, con su barba feroz, su aire de “comeniños” pero además de su talante, su talento, resulta que resucita de pronto, desde la bajo tierra donde se encuentra, que además, pocos saben que está guardado para siempre, donde él quiso estar, y dejó escrito. A mí, incluso, me lo dijo personalmente, que es lo único válido que tiene este post de hoy.

Que yo he conocido, he comido, con esta genial criatura, de la que hoy hablan los grandes diarios a grandes páginas. Me atrevería a decir que además de entrevistarle, casi me emborrache con él, aunque no pude observar que hubiera perdido la cabeza, porque era como era, y eso lo hacía más grande todavía.

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Que no se me olvide: está enterrado -que fea palabra- donde quiso estar. En el cortijo que Antonio Ordoñez y sus hijos, sus nietos, tienen cerca de Ronda. Pocos lo saben, y algunos, sobre todo los que escriben la historia de cine, van a verlo, pero ahí está, según quiso, y según su última voluntad. Aunque a mí, a servidor, se lo comunicó ese día doble, en el que, primero, estuve junto a él, viéndole rodar aquella Campanas a medianoche, en hermoso blanco y negro en las cinematecas que arruinó a más de uno de los héroes de la producción de aquel tiempo, como Emiliano Piedra, marido de mi siempre recordada Emma Penella, nuestra Magnani, sin duda.

A lo que voy, su barbaza impresionaba, era gloriosa, como la de un profeta. Ya traía encima, además de su capa, su amplio traje negro, que él mismo se diseñaba, el haber sido, entre otras, el creador de aquella joya, única, del cine mundial de todos los tiempos, que era Ciudadano Kane. Cuando le conocí personalmente, ya tenía resplandor. Y una voz sonora, de recitador de Shakespeare, por ejemplo.

Aquel día me dio un gran abrazo de oso, que me han dado muchos, incluso de los que llevan cuchillo en la manga, el puñal de palabra que a veces hace más sangre que una daga yemení y bajo el amplio sombrero, era Orson, vestido de Welles, y me ordenó más que me propuso:

– Estamos cerca, como usted debe saber, joven, que me han hablado muy bien de usted, no se fie de quien lo hace, de Segovia, que está ahí mismo. Nos vemos esta noche en Casa Cándido, que espero haya visitado alguna vez. Hay buen vino, un estupendo personaje, como es Cándido, el patrón, y la joya de su cochinillo asado. Diga que reserven el sitio único de la buhardilla. Nos vemos.

Antes de darse la vuelta como en uno de sus largos especiales, aquel en la película de la Dietrich, ordenó:

-No os olvidéis de llevar de mi whisky, nos hará falta.

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No hizo la falta. La verdad. Pero sí nos bebimos un par de botellas de vino, de aquel que luego sería el famosísimo y riquísimo Ribera de Duero. Por cierto, y por favor, no me envíen ninguna botella suelta porque por prescripción facultativa, no bebo.

Pero aquella noche es toda su memoria, sobre aquella mesa, y la ceremonia también genial de aquel Cándido; del que en su día estuve a punto de escribir sus memorias. Un Cándido enorme, espectacular, con sus collares de gran jefe cuando aun no se había inventado la cocina visión que hoy gusta a tantos. Cándido, calvo, espectacular, inmenso, el cuello blanco cerrado… partiendo los cochinillos, con aquellos platos, que luego rompía, a la griega, echándolos a volar…

Y aquel fuego parecía pecado, y aquel genio, cantando flamenco, y la memoria, y los recuerdos, luego me hablaría de él en Nueva York, la princesa Yasmina Khan, de aquel que fue marido de su madre, Rita Hayworth, que por cierto, agonizaba a cinco metros de donde hablábamos sobre el Central Park.

A veces me asustan los recuerdos. Un cochinillo primero, y como quien está acostumbrado la pregunta y la sonrisa de Cándido, de genio a genio.

– ¿Le preparo el segundo, señor Welles?

– Siempre hay dos en mi dieta, sabe que sí. Por cierto, ¿cómo me ha dicho que se llama, joven? Vale, oiga, ¿quién va a pagar la cuenta? ¿Usted o su empresa?

– Mi empresa don Orson, claro, yo no podría, tendría que quedarme en prenda…

Se partió de risa. Armó un alboroto… Claro, que hablamos de mujeres, de las que amaba en silencio pero que se convertía en un estrépito de la España monumental, a la que admiraba, del toreo de su compadre Ordoñez, y se puso en pie el gigante, y dio unos pases… de su Macbeth, de su “sed de mal”, de su enorme y hermosa mentira en la radio, aquel día que inventó que los marcianos nos invadían, que estaba cerca del fin del mundo…

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Sería un libro más de su amplia historia, de su deseo de tener un castillo propio en España.

Termino. Adiós al Ciudadano Kane, siempre me quedo con la piedra en el riñón de no tener ni tiempo, tiempo sí, pero poco, sí sitio para estrujarme. Ahora mismo dicen que han aparecido en un almacén de París, no sé cuántos miles de metros de una película suya hasta ahora desconocida. La van a poner en pie, ya mismo, aprovechando su centenario. A ver quién es capaz de poner orden en ese tesoro de valor cinematográfico incalculable, sobre todo porque aquella hermosa noche me descubrió mientras bajábamos las escaleras cómo podíamos, de aquel Mesón de Cándido al pie del acueducto.

-Aunque lo importante de una película no es ni el guión ni la interpretación ni la dirección siquiera, lo importante es el montaje, el ritmo…

-Hay un viejo cantaor de flamenco, señor Welles, que confiesa que lo importante de la vida es no perder el compás…

Y me respondió desde su inmensa altura, después del segundo cochinillo, aquel que hizo un Faltstaff, aquel hermoso disparate.

– De acuerdo, el compás, eso que yo no he podido conseguir nunca, y en mi vida, menos.

  • Excelente artículo Tico!. Orson Welles es uno de los genios del cine y siempre lo será, ahí están sus grandes películas, como Ciudadano Kane o El tercer hombre o inventor de las fakenews. Y como bien dices un genio y figura, gran vividor, toros, mujeres, whisky y puros. Yo de mayor quiero ser como él. Un saludo maestro.

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