Doña Elena, la infanta que pudo ser Reina

Hace años, fue la primera entrevista en profundidad que se le hizo, y fue portada de ¡HOLA!, lógicamente. Tuve la suerte de hacerla yo, y me perdonen por señalar siempre que me tocó a mí hacerla, pero es que ese son mi único tesoro: mis personajes.

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La Infanta doña Elena respondió a las preguntas de nuestro cuestionario cuando terminaba sus estudios como profesora en el colegio de Los Rosales de Madrid, donde habitualmente concurrían los hijos de familias muy destacadas del momento en el que vivíamos. Era doña Elena una princesa, entonces, de España, fuerte, decidida, sencilla, que gustaba mucho, de una personalidad notable. Y como era, y lo sigue siendo, la mayor de los hijos de los reyes don Juan Carlos y doña Sofía. Era la primera hija, y según lo escrito en la tradición monárquica, la que en su día pudo ser y no fue, por la implacable ley de la Sucesión, Reina de España.

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Sin embargo, el nacimiento de su hermano Felipe la colocó en un segundo puesto, por la vieja ley de la sangre azul que hace que una persona situada en el árbol de los títulos y los escudos, los apellidos, las sangres reales, en un primer lugar, en la raíz, por imperativo de la ley dinástica, se coloque en un discreto segundo lugar del acceso al Trono.

Ese trono, dorado, que yo he podido ver de cerca y contado en su momento hace sesenta años, que hoy se usa solamente para grandes solemnidades, sin que nadie, que se sepa al menos públicamente, nadie de la Familia Real se haya sentado en él. Incluso en una ocasión, que el fotógrafo Schommer retrató al rey don Juan Carlos en un documento gráfico excepcional, lo consiguió sentado en otro sillón, espectacular, pero distinto. El Rey no quiso usarlo.

Largo prólogo para tratar de explicar lo que es la importancia del árbol genealógico de los Borbones de la Familia Real Española. La infanta doña Elena, de no haber existido el hecho histórico, desde mucho tiempo atrás, podía, en su día, haber sido Reina de España.

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Pues, cuando entrevisté aquel día a doña Elena, el titular de aquella larga conversación con ella, fue: “No me llames profesora. Prefiero que me llames maestra, que es un nombre más bonito. Lo prefiero”.

Y así fue como doña Elena fue, aparte del día de su nacimiento, portada de nuestra casa, en su primera conversación. Doña Elena, desde entonces, -¡lo he contado tantas veces!- de esa forma, entraba dentro también de lo que es su archivo de afectos personales, y así quiero decirlo. Después la entrevisté varias veces, pero aquella me sirvió para saber, por ejemplo, “lo que llevaba en su bolso”, que era como una pregunta si no difícil, fuera del contexto de la Familia Real.

En el banco del jardín, a la hora de los estudiantes del colegio de Los Rosales, doña Elena abrió su bolso y lo volcó sin protocolo. Entre otras cosas, personales, llevaba La muchacha de las bragas de oro, la última novela del gran escritor catalán Juan Marsé, que había despertado gran expectación en su reciente estreno en las librerías de toda España.

De esta forma, la hija mayor del Rey demostraba a las claras que ya estaba al tanto y de una forma decidida, actual, que estaba en la actualidad y la juventud de las cosas de España. Posteriormente, Marsé, enorme escritor mediterráneo, mereció el premio Cervantes de las letras, y aunque a mí, personalmente, en una serie de personajes que retrataba en la revista El Jueves, que aún hoy continúa, el mío fue particularmente duro, casi insoportable, pero lo acepté, pensando que eran los gajes del oficio, y además, yo hacía entonces un programa de televisión diario.

La historia de la hija mayor del rey Juan Carlos es muy conocida, por supuesto, en la vida del país. En sus amores, en sus desamores también, en el nacimiento de sus hijos, en sus sonrisas y sus lágrimas, como todo hijo de vecino, más ella que siempre está, como a su aire, deseosa de no tomar parte en la actualidad feroz de cada día de los años que vivimos. Algunas veces hablé con ella, en los hipódromos donde montaba, y sigue haciéndolo como una experta amazona.

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O como aquel día, también inolvidable, en el que la vi bailar flamenco en Hollywood, en la residencia de nuestro cónsul cuando, de una forma espontánea pero brillante y concurrida, mostró sus “sevillanas” junto a doña Cristina, en aquella fiesta del cine que reunió en su homenaje a, por ejemplo, que recuerde ahora mismo a bote pronto, como se dice, a Sophia Loren, a Anjelica Huston y algunos nombres más del rutilante, espejeante, mundo del cine. Nuestro embajador, y bueno, al que llaman de la pajarita, de Almería, fue el que consiguió reunir aquel grupo, francamente inolvidable.

He estado algunas veces cerca de ella, cuando vivía en Ortega y Gasset y bajaba a comer al italiano de enfrente de su casa, o paseando por el barrio del Niño Jesús, donde ahora vive con su familia. Su familia, que ella desea que sea una familia más, pero que no logra conseguirlo, y perdonen por la frase pero a estas alturas de la vida, y a pesar de que soy académico de tres o cuatro academias, sospecho que más por piedad que por merecimiento, sencillamente escribo como hablo, y que Dios me perdone, la manera.

Todo para decir que exhumo esta historia porque acabo de leer en algún sitio que su hijo mayor Froilán, que ya tiene su propio mundo como es lógico ya que es un muchacho sencillo, divertido, de su tiempo, tiene novia. Es lo natural que la tenga. Primero porque tiene la posibilidad de tenerla, ya que está en la edad en que el corazón manda en uno, a pesar de que no es un estudiante como quisieran sus padres que fuera, cosa que ocurre ahora en muchas casas dado el mes en el que vivimos, y que desde que irrumpió en el retrato de la Familia Real Española, se distingue claramente. No quiere, quizá no puede, ser uno más, y ya ha visitado distintos colegios muy duros. Tanto es así que incluso se habla, a veces, de que lo van a enviar fuera, a una de esas escuelas británicas que vemos en las películas. Incluso, se ha comentado que hay un ala de la casa que recomienda que se le inscriba en la rígida norma militar, a lo que él ha respondido, parece ser:

– Cuando llegue su hora. En su momento.

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Por eso, cuando además se comenta que ha vuelto la sonrisa a su rostro porque hay un nuevo amor en el paisaje más íntimo de doña Elena, viene a mi blog, que ya es de ustedes, como un personaje cercano, sencillo, querido. Su sombrero panamá, a veces, su pañuelo grande de seda, nunca tan espectacular como el que luce habitualmente su ex marido. Con los ‘leggins’ altos o el zapato plano, Doña Elena, la de los caballos, como dice el pueblo habitualmente, con su sitio, siempre al lado de su padre, últimamente, que dicen que la llama mucho porque el Rey emérito acude a su hija Elena, como el naúfrago al salvavidas en su soledad. También que acompaña a su padre cuando es tiempo de caza, porque es muy buena con el rifle, en el campo de la perdiz, o a veces, acudiendo a representar a la Casa en compañía de doña Sofía, a la que yo estoy viendo últimamente muy pero que muy mejorada.

O sea, que hoy doña Elena, que pudo ser reina, no recuerdo ahora mismo el número que tiene en la lista real, y que ha conseguido con su actitud, con su forma de ser y de estar, convertirse uno de los más cercanos y queridos personajes de la Familia Real. Aunque ya les aviso, le va a quitar el sitio su hijo Froilán, que dicen que el otro día fue a un joyero amigo a ver si podían aclararle si el reloj que le llevaba era bueno o falso. Dicen que quería venderlo, si era falso, o si era de verdad, por lo que fuera. Tenía que ir aquella noche a un lugar de la juventud, donde le esperaba una rubia y linda muchacha para echarse un baile.

– Y no tengo un duro…

Porque además, como su madre, es directo y castizo incluso. Va a dar mucha guerra, nunca diré lata porque sin quererlo, quizá, se ha convertido en carne de noticia. Y ya ha empezado la implacable persecución. Porque vende, y porque merece que se le compare en cada casa “como un chico normal, como el nuestro”.

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