Carta al perro callejero, que ayer fue su día

Mi querido y admirado siempre, perro callejero, que este jueves fue tu día según el designio de la Unesco, y para todo el mundo.

Perdona, de entrada, que no te escribiera ayer, pero es que hasta hoy no me he enterado de tu onomástica oficial, aparte de que es lo que yo digo; todos son los días del perro callejero.

Yo no tengo perro, tal vez porque tampoco tengo, como dice el refrán, “ni perrito que me ladre”, pero siempre he querido tenerte, y tú lo sabes, porque aunque hace unos días en esta misma esquina del aire dijera que el mejor amigo del ser humano no es el perro, sino el libro, quizá debí concretar más y escribir:

El libro es con el perro, el mejor amigo del hombre porque en el fondo, y no en la forma claro, mucho tiene el perro de libro, y un tanto posee el libro del perro, pero no estoy yo para disquisiciones filosóficas hoy, porque hay días que no está uno para nada, años a veces, vidas incluso.

file0001792363676

Pero sí quiero, mi querido perro callejero, contarte que desde siempre, escribí de ti con profundo respeto, aunque no te tenga en casa, no me atrevo a decirte que “todavía”, porque uno no sabe lo que habrá de ser de uno el día de mañana. Pero sí te diré que cada vez que te veo meando, con perdón, en la esquina de paso, con tus ojos tristes, que los perros tenéis generalmente la mirada melancólica, porque a la altura que os movéis, por grandes que seáis, son las cosas de otra manera, se ven de distinta forma, el mundo es más pesimista.

Pero quiero que sepas que he tenido, una vez un perro dálmata, que nos tocó en una rifa, elegante, en blanco y negro, con su nariz húmeda, y sus ojos de muchacha. Estuvo poco tiempo con nosotros, y se fue de nuestro lado, porque observamos que rayaba con sus uñas la madera del suelo de la casa que acabábamos de adquirir, a veinticinco años vista. De cualquier manera fuiste a vivir a una casa amiga, que aun nos da las gracias por aquello. Por lo demás, he escrito mucho sobre ti, en muchas ocasiones por tu valor, en otras por tu trabajo, y en no sé cuántas más por tu lealtad.

Una vez en un cortijillo pude llegar a tener un cachorro, al que puse de nombre Acab, como el capitán de la pata de palo del libro Mobby Dick, también llamado El Quijote del mar que es un gran sobrenombre. No sé qué habrá sido de él, y un día escribí un verso de los pocos que escribo, para ese perro de aguas, nunca mejor dicho, que navega con los pescadores de altura, avisando desde la proa, nunca desde la popa, lo que sus ojillos de pez ven. Un pescado que salta, o una piedra que llega. Es un salvador nato, de la vida de su dueño. Tiene por eso tiene su propia estatua en Puerto Chico, en Santander, cerca de donde vive mi amigo Zacarías, que ayuda a los niños pobres de Cartagena de Indias, y que además, es el que más sabe de queso de Cantabria.

blanca

rrss

También he contado, más bien he cantado, historias de perros callejeros, como tú, perros de esquina que os abandonan, casi siempre, cuando les da la gana, y acabáis como acabáis, a veces en un salchichón casero o en el fondo de una letrina de cuartel.

Pobres perros, mis amigos, a los que siempre di más importancia que a los otros. Los que ganan premios, van rizados como el rey sol, llevan collares de perlas falsas, pero collares, perros de tocador, perros de alcoba, perros con nombre y apellidos, pero ninguno como aquel, del que estuve a punto de llevar al cine, la historia de su vida.

Era un perro de ciego que ayudaba a vivir, a caminar, a sobrevivir, a su dueño, un ciego de kiosko, siempre atento a la puerta de la suerte, levantado, jadeando, con la lengua fuera, observando la vida que le rodeaba, mientras su amigo, por no decir su dueño, que era lo primero más que lo segundo, se ocupaba de dar la suerte a los demás, él, que era la criatura con menos suerte del mundo, era ciego total de nacimiento.

Pues aquel perro un día, llegó a cumplir veinte años, era un viejito total, y se quedó paralítico, y más ciego aún que su dueño, los años terminan hasta con los mejores. Y aquí me tienen ustedes, que aquel perro, derrumbado, era llevado a veces en un carrito, a su vez conducido por un amigo experto, en lo que era el paseo de su antiguo camarada.

IMG_9092-Edit

Me viene a la memoria en este instante, aquel en el que cuando escribía cerca de Julio Iglesias la historia de su vida, en Miami, apareció aquel día con su perro dálmata, en brazos y llorando, aquel perro majestuoso, formidable, famoso, mundial, al que Julio dedicó una canción maravillosa. Y veo al cantante triste, una de las pocas veces que le vi llorando, con él en brazos suspirando.

– ¡No sé lo que va a ser de mí cuando se muera mi perro! ¡lo voy a sentir como si fuera de mi lado, mi padre!

Podría escribir un libro sobre ti, perro abandonado. Cuántas historias sabes, guardas, y has protagonizado a lo largo de tu vida, que ahora no puedes compartir con los perros que vives en ese asilo abandonado, en esa casa de la vejez en que lo único que puedes hacer, si es que puedes, es lamerte de las heridas del combate diario de la calle.

No quería que se fuera el día sin por lo menos decirte que te recuerdo, siquiera para darte las gracias por las historias que me regalaste para contar, a lo largo de mi vida adiós perro ejemplar y desconocido, ya sabes que estoy de acuerdo contigo, en esa frase afortunada pero cierta, que tú conoces en tu propia carne, en tu propio hueso.

– Que el perro es el mejor amigo del hombre, es cierto. Está demostrado.

Pero que el hombre es el mejor amigo del perro está por demostrar, casi siempre.

Te quiere, te necesita, este viejo amigo tuyo -y que además tiene nombre de perro-, vagabundo como tú, que lo es Tico Medina.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer