Anoche en El Rocío, el salto de la fe

Por encima de cualquier otra historia grande, que la hay, por pequeño que sea el protagonista, les debo decir, como quien sabe lo que dice porque es español, del sur, y porque además no sólo lo ha vivido sino que lo ha contado, y para todo el Mundo, que anoche, o mejor dicho esta misma madrugada en que nos leen, se ha vuelto a producir el milagro del salto de la fe, en El Rocío onubense.

Hace unos días, Carmen Martínez-Bordíu, compañera de blog retrató, una espléndida historia sobre el Camino del Rocío que acaba de hacer. Buenas fotos y un relato bravo, breve y emotivo, en el que una vez más, lo ha hecho siempre bien y algunas veces, antes, incluso en el ¡HOLA! nuestro de cada día, Carmen, mujer de raza de verdad, contaba a su manera lo que ella vivió en su  propia carne, y disfrutó en ese camino único, en ese sendero de la alegría, en esa vereda de la esperanza, que es el acompañar en la carreta o en el caballo o a pie, apoyada en un palo de encina, como buena peregrina, el  tiempo que te separa desde el día en que pones las alpargatas, de la alegría y ese cansancio hermoso que te da cuando has hecho lo que estas deseando hacer todo el año por más tiempo que te cuesta y aunque no te sea fácil el hacerlo.

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Foto de archivo de Carmen, hace años, en El Rocío

Yo lo he vivido, lo he contado, lo he cantado, siempre como periodista para la prensa, para la radio, para la televisión incluso.

Cuando lo hice para la ventana mágica fue junto a los japoneses que  habían llegado enviados especiales para narrarlo, desde el sitio y en directo, para su lejano país, tan atento siempre a lo que es un relato

apasionante. Apasionante, sí, pero también debe hacerse apasionadamente. Porque no existe nada como aquello. El día que enviamos “el salto” a través del aire de medio mundo hasta Tokio con un formidable equipo de cámaras, Tokio lo recogió de forma emotiva, a pie de pantalla, porque además de ser algo excepcional y único, Japón es un país que ama mucho la España, sorprendente.

Les podría dar como dato que muchas parejas de japoneses, no me gusta llamarlos nipones, vienen a casarse por lo español, por la iglesia católica, como ellos dicen, hasta ese cortijo blanco del rutilante hotel de la Bobadilla en el campo de olivos de Granada. Aunque “el salto”, o “el asalto”, que también se puede decir así, es algo único en el mundo, distinto, diferente.

Durante días, romeros llegados de todo el Mundo, todo, hermandades de Australia, de México muchas, de Estados Unidos, por dar tres puntos geográficos solamente, invaden los caminos de ese sur mágico, bello, aún natural en muchos lugares, donde los últimos linces ibéricos ven pasar las caravanas, sorprendidos, como ocurrió a sus padres y a los padres de sus padres, una raza última que está en peligro de extinción y que vive ya en las últimas geografías de la Europa que aún  no ha sido mancillada del todo por el hombre.

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En la caravana de cada lugar, de toda España desde luego, van los romeros, los hermanos. Buscan una salve, al pie de la pequeña imagen de la Virgen, a la que llaman La Blanca Paloma, yo conocí hace muchos años, y las entrevisté a las dos hermanas, que eran sus vestidoras, y que vivían junto a esa ermita que es, sin género de dudas, una de las más preciosas de la historia de la fe, de lo que ellos llaman el compromiso con la Señora, aquella, que un día, hace muchos años, siglos incluso, encontraron unos pastores, se dice pastorcillos, en el hueco de una encina en la dehesa al sur del sur de Europa, en las tierras ubérrimas, de Huelva.

Durante las horas, a veces los días, que se van viviendo a tope, hasta que lleguen y se asientan, mientras comen, rezan, bailan, cantan, se aman, viven y beben, y hasta hay quien se hace bautizar de nuevo, es mi caso, en las aguas del río Quema, en una ceremonia de consagración que se parece mucho a la de los antiguos cristianos, como cuando Juan bautizo a Cristo. Muchas hermandades tienen casa propia y también muchas gentes más o menos conocidas.

Los astronautas en el tiempo del Rocío, como un ascua, en la sombra habitual. Es la gran fiesta del sur. Arde el pueblo andaluz. Caballos, caballeros, volantes, bueyes, coplas, cantes, rocieras, amor, cuna, cuneta, sombreros como planetas, el cordobés, bailes, promesas, guitarras, por supuesto, músicas…

Promesas, lágrimas, muchas, y sobre todo, la fiesta esperada durante todo el año, a veces durante toda una vida, hasta que llega ese día en los últimos de mayo, donde se ha de consumir, y consumar, la gran cita con la  Señora.

Esa es la historia contada en poco tiempo. Y luego en la Ermita, la Salve, rodilla en tierra, y ese aire a tomillo y a incienso al mismo tiempo, esa plegaria…

Así hasta que llega la noche que va del domingo, ayer, al lunes, como es hoy. Porque a esa hora hay que sacar por tradición, como robar, como quien se lleva un tesoro oculto, del que todo el mundo a lo largo del año en los arenales mientras relinchan las yeguas libres, puede disfrutar, sin poder tocar, hasta que llegue el día. La madrugada esperada, deseada. Pero aun con eso, no todo el mundo tiene el privilegio de acercarse a la Divina Pastora. “Hay mucho lobo suelto”.

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Y la muchachada, fuerte, labradora, del pueblo cercano, impide, como puede a veces con un chuchillo invisible, el de su fe de fuego, que nadie, solo y tan solo ellos, lo pueden hacer, los que son los desconocidos héroes de Almonte, que con arreglo a la tradición, y cada día más pronto, desde la noche de los años, levantan a su Virgen, más suya que de nadie, entre el clamor de un millón de personas, más o menos, como este año, la extraen del camerino y con una mezcla de ferocidad y liturgia, sobre el mar de cabezas apretadas, llevan en el aire a la Señora, con su nene en brazos, hasta que vuelve a su Casa en el mediodía del lunes siguiente.

Hoy cuando esto escribo, aún no ha regresado, y sigue deteniendo su apasionante navegar sobre los devotos, por todas y cada una de las hermandades que tienen casa en su casa.

Tengo que volver antes de irme del todo. Lo que le pedí me lo concedió, tal vez para agradecerme el servicio prestado por dar el salto del “asalto”, de la pasión de la Virgen, ese momento único para uno que ha ido y contado, y vuelto para contarlo, tantos momentos excepcionales, fascinantes.

Pero ninguno como él. Esta noche, el gran milagro de la Virgen Pequeña del Rocío se ha producido a las tres de la madrugada, concretando, a las tres y tres minutos, exactamente. Y su sonido, y su latido, y sus cinco sentidos, enteros, me han despertado como en un redoble de tamboril blanco y verde, a esa hora, en ese minuto, tan lejos de allí, cuando había empezado a dormirme, después del largo insomnio de las votaciones  el día 24.

A ver si el año que viene tengo la suerte, de poder contárselo a pie del milagro, en esa ceremonia que une a todos a esa urna blanca, cimbreante, a la que todos acuden para votar lo mismo, la tradición, la esperanza.

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