Un árbol llamado Rocío

A veces nos sentábamos, pocas, la verdad sea dicha, a la sombra de aquella morera junto al parquecillo de rosas rojas y mosaicos azules que había en Yerbabuena. Nos rodeaba, por los cuatro costados, la finca, guapa, en la que los Ortega veían galopar los caballos sin montura, trotar los toros de la ganadería y al fondo la ermita de las muchas vírgenes, porque había no sé cuántas, donde un día cantó Rocío Jurado la hermosa Salve Marinera, estando tan lejos la mar pero ya tan cerca el naufragio.

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No sé yo si entonces Rocío conocía su destino inexorable. Morirse sí, pero no tan antes de la cuenta. Sí, ya estaba habitada por el cáncer, porque a veces se veía como una sombra oscura en el fondo de sus ojos de mar.

Lo que sí recuerdo es que hablábamos, a veces hasta cantábamos, mientras también crecían los niños y los geranios. Pero la vida escribe derecho con renglones torcidos, y José volvía de las tardes duras con más dinero y más cornadas, que una es seguida de la otra. Rocío iba cantando por ahí, por donde fuera, y demostraba como siempre que jamás, nunca hubo una como ella.

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Yo iba escribiendo mis cosas, y casi siempre las publicábamos en ¡HOLA! y los nombres de los hijos, los hermanos y los nietos, y hasta los primos segundos iban también naciendo, haciéndose mayores en el bosque, a veces infranqueable, poblado incluso de lobos feroces, y aquel árbol fuerte y duro, dónde se alimentaban los gusanos de seda, mezcla de olivo feraz, de encina castellana, de álamo del páramo, de ciprés, de palmera, todas las sangres juntas en el mismo tronco, iba haciéndose gigante dando a la vez sombra y fruto.

El árbol, se llamaba, se llama, que aún permanece, Rocío, y de apellido les juro que Jurado. Y aún después, de aquellos días de futuro, de proyectos incluso, de semilla que nos caía sobre los hombros de la historia, que hasta Ortega daba un pase de espejo al aire, y en la casa florecían las fotos y los diplomas, el pasado difícil, la silla de anea, donde aprendió a cantar (si es que eso se aprende) la Jurado, que este servidor fue el primero que habló de ella en aquella sección inolvidable, que se llamó Siete días, siete nombres de mujer, donde hablé de una casi niña, que había descubierto cantando en una gala de El Quijote, hoy tambien de máxima actualidad, que venía del sur y que prometía “lo que no está escrito en los papeles”.

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Después se nos fue, a todos, Rocío Jurado, y anoche vi cantando Como una ola a su hija Rocío. A mí no me gusta llamarla Rociíto, porque ya es una señora con todas las de la ley, y no pude eludir el emocionarme mucho. Nadie podrá cantar como la más grande, y mucho menos su hija, pero Rocío Carrasco se parece en muchas cosas a su hija, y es una fruta más de ese árbol inmenso que es su madre y que sigue dando frutos diversos, que no hay más que leer a veces los periódicos de la mañana, las revistas de cada siete días o las televisiones de todas las tardes.

La cárcel, la gloria, el dolor y el amor, todo junto, bueno y malo, a pie de obra, a pie de árbol, zumo y sumo de una de las mujeres que mejor dijeron la copla, y hasta la ópera, en España. Siempre pienso lo mismo, ¡ay si Rocío, levantara la cabeza! Todo un universo se mueve y crece al pie de su árbol, del que todos, tantos, comemos y vivimos. Es como un pueblo que ha crecido al pie de un alto campanario blanco irrepetible.

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En este post, sin muchos nombres, sí que hay muchas vidas dentro. Por eso, esta mañana, a punto de bajar al sur, en el que siempre estoy aunque en él no viva, el recuerdo de este árbol bosque, que no hay hacha que lo tale, al menos mientras los que la conocimos, la tengamos en nuestra memoria.

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