Te recuerdo, Nepal…

…Como el primer día. No hay otra historia que contar que la de aquel día, no llegó a dos, en que estuve en Katmandú de donde me queda, como poco, eseazul, más azul del mundo. Y el blanco más blanco, con el azul del cielo. El blanco, inmaculado, centelleante primero, en la mañana color oro, desde aquella terraza de Nagarkok.

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Tal vez hoy, en la mañana del 27 de abril del 2015, día en el que escribo esta página, podría escribir de más cosas, muchas más, que hoy no me salen. Me puede la dramática actualidad de la Tierra que se mueve en uno de los cielos del planeta. Busco, y milagro, ¡encuentro! una agenda que se me va poniendo amarilla con el tiempo. Era lo que había, los cuadernos de hule que se podían llevar en el bolsillo del chaleco de viaje.

Quisiera intentar recomponer lo de aquel largo día, desde tan temprano, en el que volé desde la India, desde el aeropuerto de Nueva Delhi, donde había acudido a contar otras historias. Acababa de entrevistar a Indira Gandhi, la dama del lunar rojo en la frente y a la que había saludado en su huerto de rosas y espigas -Namaste, namaste…- juntando las manos.

Había aprendido el saludo de la lejana parte del planeta. Raúl del Pozo siempre que escribe en su columna hoy de la última de El Mundo, cuenta que “me vestí de mendigo para conseguir una entrevista con Indira Gandhi, antes de que la asesinara uno de los hombres de su escolta. Quizá el que vigila en la fotografía. Era la primera ministra de la India”.

Con el mismo uniforme, viajé de turista hasta Katmandú. ¡Tiraba tanto de mí la palabra mágica de Nepal! Alguna vez, después, pude hacerlo. Con Samaranch, entonces presidente del Comité Olímpico, con honores de jefe de estado. De todas formas, Nepal, Nepal… Tan lejos, tan difícil, tan hermoso, tan mágico…

Así que en la India, hace tanto tiempo, dije sí al viaje ida y vuelta cuando el mundo era más pequeño. Y me fui hasta Katmandú, así que hoy vuelvo a acariciar este tambor de oraciones que conservo entre mis lápices -los que hay que afilar en cuanto tenga tiempo-, entre las plumas que ya no sirven, las tijeras que no cortan…

El tambor, redondo, la sonajera, que da vueltas y aún exhala, creo, al menos hoy, ¡llevaba tanto tiempo quieta! con sus cintas todavía, con su rueda dorada, como rezar el mantra que aquel día tan fuerte, tan emocionante hoy, me viene a la memoria…

La cifra última, de ahora mismo, es de más de 3.200 muertos después del terremoto. Lo podemos ver en televisión, gracias a los móviles, que están ayudando tanto a los inalámbricos vía satélite, de los españoles que fueron derechos al pie del Everest, al que puedes tocar con la mano en las frías noches de luna redonda, inmensa luna, solo comparable a la que algún día tuvo tan cerca en las llanuras de Kenia, buscando al rinoceronte blanco, solo para contarlo, que es cazarlo de otra manera…

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Acabo de ver salir a un hombre cubierto de ceniza, de la ceniza del terremoto, con ayuda de hombres heridos, vivos, sangrantes… tan distinto de aquel que me viene a la memoria en el barrio de los turistas de Katmandú, que pedía, sin pedir, sentado en el suelo, hasta donde llegué en un taxi bicicleta que ya había conocido en la India, poco antes, y en Filipinas, a la que algún día llegaremos para contar alguna otra cosa de actualidad.

Katmandú, las blancas torres donde vino al mundo Buda, que era nepalí. Españoles, muchos, en la ciudad donde se te vuelve como un calcetín el espíritu. Buscando la paz que muchos encuentran de otra forma. Las ONG’s, mandando en lo que es la ida de cada día, cientos de españoles que te reconocen por la calle. Monjes budistas de las sotanas de azafrán y las cabezas peladas en silencio sobre sus sandalias -rezando juntos-, niños de ojos ya con un paisaje de estupor sueltos por la calle, como perros vagabundos…

Ah, ah, Katmandú… Mi cuaderno, escrito a lápiz de tinta.

Los 365 escalones, tantos como días, para subir a la colina sagrada. El sabor de aquel plato de lentejas, las especias… la bandera partida en dos, triangular, el sol y la media luna en una parte, en la otra, el sol solo, las dos fuerzas religiosas, juntas…

Eso sí, al ver a un par de monjas, quizá españolas, tomadas de la mano, quizá por eso escribí:

“Una morena y una rupia”. Pero no dice rubia -lo que me gustan las palabras- sino rupia, la moneda de curso legal, algunas fotos, pocas fotos, entonces no eran las mismas máquinas de hoy, escaleras de tierra, los hospitales con las telas levantadas de las ventanas. Todavía la joya, del Palacio Real, con los reyes dentro, de nombres imposibles entonces -consultar las guías, decía mi cuadernillo- permítanme que lo siga leyendo entre la sangre de hoy, la tragedia de un pueblo que por su pasado, por su lejanía, aún sigue en el mapa.

En la radio, hoy, acaba de habla un lejano deportista español que espera que vayan a sacarlo del lugar donde se encuentra al pie del monte más alto de la tierra. Los aludes, mortales. Todavía, dice en los papeles del náufrago que son los míos, aún hay en los puestecillos de turismo.

Cómo encontrar al gigante del Tibet en varios idiomas, me traigo el español, claro, por si el gran gorila, más grande aún que el de la película, está vivo y hay una oportunidad para contarlo. Compro un disco de música nepalí. El yogurt es de leche de yack del Tibet. Siempre quise ir al Tibet, pero me quedé con la gana.Había leído todo lo publicado por el Lobseng Rampa, el tercer ojo, increíble, que luego resultó que jamás fue monje del Tibet, sino fontanero inglés, también en su tiempo quizá subió hasta tan alto.

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El nuevo Lama, ¿recuerdan? Había nacido en Las Alpujarras, al pie de la otra nieve del Mulhacén, del Veleta de Granada… luego desapareció el niño del mapa y acaba de aparecer, montando en una moto Harley, con una barba que le llega hasta el pecho por las playas de California.

La vida, la vida, la muerte, la muerte, todo está junto. Un día murió la vieja monarquía nepalí, tantas veces retratada a manos de uno de sus miembros. Se subió a una mesa, y puso en marcha su ametralladora de mano. Solo se quedó en pie de los suyos, en Palacio, pero se suicidó inmediatamente, allí mismo.

Un dato en el blog de entonces: Los parques, llenos de niños. A 1.377 metros sobre el nivel del mar, pero lo aguanto. Después viví en México como corresponsal, al pie del Popocatépetl, no sé si estará bien escrito, pero con las prisas…

Tejados chinos, las torres blancas, muy blancas, las calles ruidosas, turistas con salakof, turbantes, la calle Tharet, la plaza distinta, tan viva como la de Marrakech donde te recibía cuando ibas a verlo a Marruecos, Goytisolo, al que acaban de dar el Cervantes en Alcalá de Henares.

Hoy te recuerdo más que nunca, Nepal mágico, y ahora trágico, Katmandú, de las pagodas, y te juro que habría ido hoy mismo, ayer mejor, de no tener los años y los huesos que tengo. ¿Qué habrá sido de aquellos niños que jugaban al criquet en los parques que tenían el nombre de la que fue la segunda reina nepalí?

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Buscaré el libro donde se cuenta cómo, por pocas rupias, se puede trepar por el hoy enorme cementerio de hielo para encontrar al Yeti. Claro que yo lo encontré, fue aquel joven, de larga melena, como la del ídolo jamaicano que un día me recibió en su casa envuelto en una nube de humo… aquel muchacho de Chamberí, que atendía por Pedro, y que me dijo que venía con billete de ida y vuelta hasta Nepal, pero que se quedó a vivir, para siempre, en aquel rincón de cara al gran gigante, tocando una flauta de cobre…

Me dijo:

– Venía para volver pero me he quedado aquí, para vivir. Necesito solo lo justo, y soy feliz en mi existencia. Vengo de la insatisfacción, con Rabindranat en el bolsillo. No tengo a nadie que me eche de menos… vivo de la leche del yack, y de lo que me transmite esta ciudad.

Le daba vida, sí. Que Dios haya querido que no le haya dado la muerte.

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