Nigeria, la noche de las princesas yorubas

Soy muy malo, mucho, para las fechas. Lo que sí sé es lo que, apretando la memoria -aunque a veces salta sola como si un resorte la moviera-, de pronto aparece con todas sus luces y todas sus sombras.

El periódico, la radio que siempe escucho por la mañana, la televisión de la que a veces escapo para los informativos, todos informan de que por fin viene una buena noticia desde Nigeria. Los soldados constitucionales del país, uno de los más grandes y más poblados de África entera, acaban de liberar a muchas niñas y mujeres, aunque desgraciadamente ninguna pertenece al grupo de aquellas doscientas niñas que en su día fueron secuestradas por ese nuevo capitán de los feroces soldados del bosque, Boko.

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Recordarán ustedes aquella historia dramática de aquellas doscientas mujeres, niñas en su mayoría, que fueron secuestradas y escondidas en algún lugar de la selva nigeriana. Las fotografías, las imágenes de aquellas muchachas de rostro oscuro, de ojos aterrorizados, sentadas en el suelo, rodeadas de terribles militares cargados con fusiles kalashnikov y largas cremalleras de balas, dieron la vuelta al mundo. Durante mucho tiempo, el silencio fue la única respuesta al enorme suceso.

El planeta entero asistió estremecido a la llamada angustiosa. Nada se ha sabido de ellas después, si acaso alguna, muy pocas, que había escapado de sus verdugos. Y este sitio donde vivimos, si no olvidó del todo, al menos lo dejó a un lado, miró para otro sitio ante el terrible silencio.

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Es, sin duda, una buena, hermosa noticia, aunque no la mejor. Y sin querer, o en este caso queriendo, el recuerdo comienza a caminar. Incluso aunque no quiera el viejo reportero.

Lagos. Antigua capital de Nigeria. Sir Abubakar Tafawa Balewa, presidente del gran país africano, acababa de ser asesinado. Había sido elegido democráticamente en las urnas. Veo ahora mismo su imagen alta, de amplia túnica clara, los ojos muy negros, el pequeño gorro redondo, las manos abiertas. Era, además de demócrata, universitario. Lo habíamos ido a ver un grupo de periodistas a su blanco palacio de una sola planta en la capital, además del petróleo africano. Fue amable y prometedor. Volvimos aquella noche al Hotel Lagos, tan inglés, contentos. Cenamos en al jardín mientras en el centro del parque bailaban unas preciosas mujeres la danza del vientre.

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Son musulmanas de religión y los tatuajes que llevan alrededor de su ombligo son cicatrices de su condición especial.

Cítaras, tambores, el aire caliente de la noche africana, donde casi se pueden descolgar las estrellas del cielo como si fueran bombillas, lejanos disparos a lo lejos cada vez mas cerca…

Subí pronto a mi habitación. Máscaras africanas, colmillos de elefante verdaderos en la decoración. Abrí la ventana de mi balcón sobre las falsas cabañas de las albercas cuando de pronto, sin llamar, de una patada a la puerta, aparecieron en la alcoba tres soldados nigerianos, muy elegantes eso sí, como corresponde a los últimos militares coloniales, a lo británico. Cordones, pañuelos de seda, hablando en su idioma, tal vez swahili. Pero no necesitaban traductor, con el gesto de la pistola -el fusil-, y  aquella mirada terrible, lo decían todo: “Fuera, fuera, a la calle”.

Me atreví a insinuar la palabra sagrada, aquella tarde habíamos estado con su presidente, Sir Abubakar Tafawa Balewa. El oficial, muy joven, lo dijo todo sin decirlo. Fue muy elocuente, terrorífico: se llevó el dedo índice de la mano derecha al cuello y señaló claramente el destino de aquel hombre elegante que nos había saludado por la tarde en su casa.

Se rasgó el cuello, como quien corta su propia cabeza. En efecto, el presidente legítimo había sido ejecutado. Más aún, más tarde supimos que el pedazo más grande que se había encontrado del presidente en ejercicio era una de sus orejas.

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Nos subieron a unos coches militares, los Land Rover británicos de color verde. Éramos, creo, unos diez periodistas, enviados especiales y viejos corresponsales de grandes bigotes, como en las Crónicas de África de la Ibsen, reunidos en torno a una noticia, de todo el mundo llegados. El aniversario del país, de un gran país, en paz. En la noche africana, entre el sonido formidable de la selva, pájaros, tambores, relámpagos lejanos… nos llevaron en silencio, rodeados de fusiles, hasta el aeropuerto desde la capital hasta la línea del mar, donde un avión nos traslado, como siempre huyendo, hasta Bruselas.

¿Qué habrá sido de aquellas preciosas princesas hijas de reyes pastores, que nos bailaron en la noche de la gran escapada? Las nigerianas son por lo general guapas, elegantes, decididas.

Un día, o mejor una noche, en un lugar que no recuerdo del todo, ¡ay, esta memoria que a veces se me escapa!, vi en una piscina de cinco estrellas a una mujer de piel oscura con aire de modelo, cual Naomi Campbell, cintura brevísima, cadera perpetua, casi azul de piel, tendida en una hamaca de hotel de cinco estrellas. Seis con ella. Llevaba en el vientre, alrededor del botón del ombligo donde lucía un brillante, quizá verdadero, una serie de dibujos muy sencillos pero inolvidables, cicatrices azules sobre una piel, nunca mejor dicho, de ébano. Le pregunté como pude:

– ¿Yoruba? –

Y me respondió, abriendo mucho sus ojos inmensos, asombrados.

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Fue una pena que no le pareciera en nada al Robert Redfor de Memorias de África.

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