Marilyn Monroe sigue viva

Las leyendas son inmortales, aunque lleven, como es nuestra página de hoy, más de 50 años muertas. Porque cada día a cada hora se encargan de inyectarles vida en vena, incluso en la mentira.

Es el caso de Marilyn Monroe, a la que conocí mucho, aunque nunca le di la mano, que era la suya tibia y pequeña, a veces con las uñas mordidas.

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Era una niña grande, una perdedora vestida de ganadora. Y sobre todo, más que el cine, su cadena perpetua, era, una asombrosa poeta, nunca diré a una poeta poetisa, que la hace más pequeña. A su psiquiatra, al que hizo rico, Marilyn le dejó poemas sueltos mágicos, formidables, de soledad, la que escribía del ocaso al nacer el sol tras la larga noche, sola.

Siempre en soledad aunque estuviera acompañada. Siempre, siempre pregunté por ella, cuando Hollywood -al menos una vez al año, me enviaba ¡HOLA!- aún era el último Hollywood, cuando ya las estrellas de la nueva televisión comenzaban a comprar las viejas casas de las que fueron las musas del Sunset Boulevard.

Y yo siempre preguntando por Marilyn, loco por Marilyn, siempre queriendo saber más de Marilyn. Anothony Quinn, del que en su día, para ¡HOLA! viajando por todo el mundo, escribí sus mediomemorias, y que conoció bien, en cuerpo, y también en alma, a aquella niña que se llamó Norman. Me habló mucho de ella cuando en Londres, en Chihuahua, en Nueva York o en Italia, nos llegaba la madrugada.

-Era una pobre niña sola, en la mitad de un bosque lleno de lobos…

Es una definición de Quinn, que muchos días con el cambio de hora me despertaba cantándome, con un mariachi lejano, las mañanitas desde el fin del mundo.

Pero pregunté más por ella a los que la conocieron, hasta aquella noche, larga noche inolvidable, en la que Joe DiMaggio y este reportero se encontraron en aquel pequeño aeropuerto de Isla Contadora, aquel pedazo de tierra cerca de Panamá donde yo había ido a saber la verdadera historia de la Perla Hermosa, hermosa, la divina, aquella que un día de amor compró para Ellizabeth Taylor, Richard, el que fue de sus siete maridos -con los siete la conocí y la conté- aquel Burton de la noche de la Iaguna.

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Bebimos, Joe DiMaggio, un mito, grande, una de las personalidades más grandes en el mundo del deporte, del baseball, mientras fuera tronaba la tormenta tropical. Se empezó a reír con su boca grande -más que la mía incluso, que ya es decir-, con sus dientes de caballo, ron a todo pasto, incluso yo, que no bebo casi nada.

Joe, en camisa con toda la noche caliente por delante, esperando la avioneta pequeña que habría de llevarnos desde la Isla bonita, hasta Panamá, a la ciudad, inolvidable. Allí, Joe, que estuvo casado mucho tiempo y enamorado hasta las trancas con Marilyn Monroe, me fue poco a poco contando todo o casi todo del largo purgatorio de amor, con la que era la más deseada de las mujeres del mundo entero.

No me atreví a poner en marcha el hermano magnético que siempre me acompaña. Mi grabador de combate, el sonido nuestro de cada día. Quería saber más, nos traían hielo para el ron dorado de Panamá, y a veces Joe, en camisa, desgarbado, elegante a la vez, consciente de su enorme personalidad, se ponía en pie, y se asomaba a la ventana sin cristales. “Dios ha abierto los grifos”, decía yo, y la niña del aeropuerto, privado, de color canela, guapa, mas que bonita, nos traducía, que aunque muchas cosas quedaron en el camino de enlace, estoy seguro, me hizo un retrato íntimo, desgarrador y enamorado de su esposa durante mucho tiempo.

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Un amor se hizo aún más grande en la distancia, cuando el jugador de baseball, ídolo de las barras y las estrellas, le siguió enviando hasta el nicho donde reposan las cenizas de Marilyn, todos los días, no se cuantos años, una rosa fresca del día hasta el mármol de la lápida a la altura de los dos metros. Un día, tiempo después, cuando acudí como siempre, en ese viaje, al mito, al nicho donde aún reposa Marilyn, encontré una carta recién abandonada, a mano, donde, en español, algún hispano enamorado había escrito de su puño y letra:

“De haberte conocido antes, Norma Jean, ni tú estarías donde hoy estás, ni yo aquí donde te escribo esta carta, casi de rodillas. Siempre iluminaste mi vida tan oscura. I love you, Monroe…”

Y la firma ilegible. Ese día tuvo Marilyn dos rosas de las que se compran en el cementerio de Los Ángeles. “¿Son para la Monroe?”, te pregunta el florista que se ha hecho millonario solo con la vida y la muerte de la niña desdichada que amó más que fue amada.

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Hoy cuentan que un viejo, extraño y hasta ahora desconocido, del que también está su foto en una habitación de urgencias del hospital Sentoro en Loxford en Estados Unidos, rodeado de cables y botellas de oxigeno – con setenta y ocho años-, que agoniza, acaba de hacer una confesión desoladora:

– Entré en su casa, yo era de la CIA, en la madrugada del 5 de agosto del 1962, y le puse, mientras dormía, una inyección en vena de hidrato de coral… Ahora puedo decirlo, yo maté a Marilyn, este es mi gran secreto que ahora deseo desvelar antes de morir. Solo cumplí una orden de la CIA, como había hecho durante muchos años, muchas veces, con otras personas

Pobre Marilyn, otra muerte más de la que tuvo, de tantas como se contaron. A lo largo de más de cincuenta años de ausencia se han hecho de ella, películas, libros, biografías, documentales… Se han inventado de ella, historias increíbles, inventadas, maravillosas.

Y yo guardo de aquella noche de verano en el archipiélago de las perlas, en el fondo del bolso de cuero de mi alma, tan rota, aquella larga confesión entre dos borrachos, en una noche de relámpagos y de recuerdos. Nos abrazamos en el aeropuerto de la ciudad de Panamá, y hoy vuelvo a recordar a la niña rubia, de bote, la que más lloró, que murió desnuda en aquella casa de California, que es hoy como una pequeña ermita de la memoria del cine.

Que este post de hoy, , rosa roja, que este viejo enamorado todavía abandona al pie del mármol de una noticia que hoy está dando la vuelta al mundo.

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