Isabel, la catódica

Catódica, porque anoche mismo lo demostró claramente. Hubo momentos en el progama de Pablo Motos, en la tres, que sobrepasó los seis millones de espectadores. Y El Hormiguero lo sabía. Por eso Isabel, con elegancia, con prudencia, con estilo, como siempre, hizo publicidad directa de su producto, sin que le temblara un músculo de la cara.

Siempre, desde hace muchos años ya, saben ustedes, vosotros, mis lectores, que yo siempre hablo desde la única asignatura que conozco. Mi memoria. Por eso sé que Isabel es única, con eso es suficiente la definición. Tal vez sepa más que nadie -en lo periodístico- de ella, mi hijo Tico Chao, subdirector de ¡HOLA!, que es quizá quien más veces la ha entrevistado en la casa. Un día, Isabel llamó a un teléfono, que era el mío.

-Hola Tico, soy Isabel. Te llamo para responder a tu llamada…

-Soy Tico Medina padre, Isabel.

-Ah, Tico. Perdona, pero con quien quería hablar es con tu hijo. De todas formas, no sabes lo que me alegra hablar contigo, a veces te veo en la televisión…

Total, que me di cuenta que era emérito, como mucho. Mi hijo conoce a Isabel, porque dime cómo respondes y te diré quién eres. Claro, es la época.

A pesar de que siempre fui isabelino, tanto es así que sospecho que la última vez que Isabel estuvo en la tele de España, fue en un programa mío de entrevistas. Acudió con Chábeli que entonces tenía, como poco, veinte años menos.

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Ayer fue de nuevo la reina, de por allá por donde pase. Ofreciendo bombones de chocolate, convirtiendo un baño en un salón del trono, como hace, hizo con Porcelanosa, o sencillamente apareciendo. Estando. Por eso vendió su MY CREAM; como quien hace un favor, y no dio la fórmula porque no se la pidieron.

Eso sí, contó el secreto de su despertar, que pocos conocen. Incluso se atrevió, sonriendo, con sus finos dientes tan blancos, a dar la receta de su desayuno. Una exclusiva mundial, claro. Siete verduras, sin ser vegana, que no lo es, que para eso los viernes es capaz de cenar con las amigas de toda la vida -el círculo mágico- lo que le echen, hasta cochinillo asado sin necesidad de subir a Segovia. Estoy seguro que esta mañana se han acabado las espinacas, y el pepino, y la escarola, etc.

Llegó de negro, no solo porque se lleva, y adelgaza, que no le hacía falta porque se mantiene como un bambú de Mindanao –una de las islas de su nacimiento, donde el mismo día que el hombre llegó a la luna, estuve descubriendo a los hombres de la piedra, que aún no conocían el hierro-.

Es misteriosa y sabia. Oriental, bellísima, incluso cuando entorna los ojos, con su aire de “podría ser la geisha de un emperador, en un libro, es capaz de hacer que te vayas de su lado creyendo que eres el hombre, o la mujer, más importante del mundo, sólo porque ella ha estado escuchándote quince minutos”, como me confesaron un día de confesiones, en América. Es de perfil Cleopatra del 2.000, Nefertiti, moderna, con su traje de pantalón campana, su tacón de diez centímetros, su cintura de abeja reina.

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Todos estuvieron a su servicio. Era la hormiga reina en el hormiguero catódico. Y hasta Pablo, que ha conversado con personajes fabulosos -como un magnífico presentador que es, con duende dentro, mediterráneo del vino y del aceite de oliva- se puso a su servicio. Incluso Trancas y Barrancas, que no se casan con nadie, se enamoraron de aquella mujer que a veces se ajustaba el cinturón, que no llevaba otra joya encima que su sonrisa, aparte de unas pulseras, casi de rastrillo, y esa media melena, en la que descubrí un largo pelo blanco, mi palabra de amor, que sé que ella quiso que se viera.

Aguantaba hasta un primer plano, pero no se lo hicieron. Ni una arruga, ni en lo que ofrecía, ni en lo que hablaba -no ha perdido un cierto acento del barrio de Madrid-. Pero es una porcelana con el corazón de titanio.

La he conocido con tres hombres bien diferentes. Sus tres esposos. Pero sobre todo a través de las palabras, siempre respetuosas, cercanas, de Julio Iglesias, del que escribí sus memorias -entre el cielo y el infierno- en su casa de Miami de entonces, una casa sin un libro ni un cuadro, cuando dormía en el cuarto de Chabely, una vez que se fue del sitio paterno, cuando Julio escribió una de sus más bellas canciones, aquella para su hija, De niña a mujer. Y ya estaba en casa Virginia, la Flaca. Aunque para flaca, de verdad, como un látigo de azabache, como un hilo de noche, ayer, Isabel, a la que se llamaba, con respeto, la China.

No nos dio la receta de esas lentejas que ella practica tan ricamente, y que es lo primero que Julio le exige a las cocineras que tiene en cualquiera de sus casas. Formidables. Como la receta de la tortilla de patatas, o aquellos boquerones en vinagre que con la debida licencia, atravesaban desde Madrid todas las aduanas. Se hablan, con frecuencia y con cariño, y puedo decirles, que lo he contado muy pocas veces hasta esta terapia ordenada por mi médico de la cabeza, de este blog diario, que está ordenando mis desvaríos.

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Les diré que una noche en la nueva casa de los Cela, aquella en Guadalajara con el premio Nobel, y su esposa, Marina; saludé, con gran admiración, a Miguel Boyer, al pie de un árbol en la sombra.

-Don Miguel, que sepa usted que le respeto mucho, pero sobre todo que siento por usted una especial simpatía. Ha sido usted, es, protagonista de una de las historias de amor más importantes que he conocido a lo largo de toda una vida dedicada a consta precisamente de eso, historias de amor, y también de desamor, que es una forma del amor.

-¿Y eso?

Sorprendido, impecable, vestido de smoking, en aquella noche de gala, preguntó al que preguntaba. Y yo le respondí.

-Ha apartado usted, con su amor por Isabel, a uno de los inmediatos presidentes de gobierno, de la democracia… ¿Lo sabe?

Me volvió a dar la mano y desapareció en la noche inolvidable… Un día que la acompañé a una entrevista para ¡HOLA!, que ella tenía que hacer dentro de una serie de grandes personajes, porque además de esa manera yo tenía la fortuna de conocer personalmente y darle la mano al gran cowboy Clint Eastwood al terminar, le pregunté al gigante de paisano.

-¿Qué me dice de ella?

Y él me respondió en francés, como cuando cantaba aquello la Chevalier en el prodigioso teatro Olimpia de París, chasqueando le lengua, con su risa de vaquero que siempre escapa a caballo al final de la película

-Isabel… Ç’est magnifique

Lo que ahora cuento, para general conocimiento como se dice al final de los tratados judiciales.

Anoche, Isabel Preysler fue, por una hora -a veces triste, aguantando cámara, enamorando, asombrando a todos, los jóvenes presentes, hablando de sus hijos-, la viuda de España.

Aviso a mareantes. Su corazón está solo, que es distinto de vacío. No es un jeroglífico. Quiero decir que la crema esta que nació en una entrevista fugaz con un doctor de Singapur y por consejo además de una de sus hijas, se agotó esta mañana en toda España. También la pueden usar los caballeros. Yo la usé anoche mismo, simbólicamente digo. Porque esta mañana me he sentido más joven -tengo ochenta- viendo anoche, a Isabel.

No ya por el perfume de la memoria, sino porque me enseñó que por edad que cumpla uno, una, siempre queda mucha tela que cortar. Basta con la actitud. Parecía una garza de pluma negra, que es en la selva misma, un ave, que está prohibido abatir. Te puedes jugar la vida.

  • Que bella forma de escribir de una mujer que sin ser española es más Española que la misma España. Soy costarricense y siempre he seguido la vida de Isabel Preysler más allá del chisme y comentario de sus amores y desamores, la he considerado siempre una dama con clase y distinción, que siempre tiene la palabra justa en el momento adecuado…eso es sentido común y contextualizar el momento. Leí mucho sobre su relación con Miguel Boyer…porque enamorar, cautivar y sostener un intelectual de esa talla, no era cosa fácil.

    Saludos.

    Marta Elena Muñoz Bonilla
    Costa Rica

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