Espartaco: Oro en el traje, plata en el pelo

No quiero yo en nuestro post de hoy lunes, después de la Semana de Pasión, hacer una crítica de toros. Nada mas lejos de mi voluntad. Y además eso es algo muy serio, y yo, aunque sea compadre de dos toreros de la categoría de Curro Romero y Manuel Benítez “El Cordobés”, no me atrevería a hacerla. He escrito mucho de toros, pero más de toreros como esos seres humanos del escalofrío que, entre el arte y el valor, son capaces, partiendo generalmente del hambre o la necesidad, y la vocación por supuesto, de llegar a convertirse en ídolos de masas en estos pueblos nuestros de sangre cálida en los que nacimos.

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Conozco a Juan Antonio Ruiz Espartaco, que nació hace muchos años en el pueblo blanco, bello y campesino de Espartinas a la vera misma de Córdoba. He estado cerca de él mucho tiempo, muchas veces. Cuando quiso empezar a torear y ya tenía el raro resplandor de los elegidos, le acompañé en varias ocasiones: en su tiempo del campo, en la inmensa soledad compartida de la caza, en su primer cortijo (ganado con su propia sangre, porque siempre ha sido un torero muy valiente), cuando las cuatro paredes de su primera casa en Sierra Morena, junto a su esposa entonces.

Después los hijos, el techo nuevo, la sonrisa siempre, o aquel día, que él sabe que los dos compartimos el secreto, del toro inmenso que comía en su mano en la alta finca de los González en los montes de Aracena, cuando le dije al joven torero, entonces Juan Antonio, que si me permitía que le hiciéramos una foto, -fue para ¡HOLA! como casi siempre, es un personaje de ¡HOLA! de muchos años, a veces en su soledad personal, en su boda, la comunión de sus hijos, etc- en la que se diera el caso de que su padre, un hombre del sur, duro y fuerte, que también quiso ser  torero, me dijo:

– Maestro, ¿por qué hoy no cambiamos los papeles, y usted es el que empuja el carro con la cabeza de toro de la embestida?

Y así se hizo, y después todo lo demás. El torero que crece en la gloria, las heridas que son las condecoracions del gladiador, los sueños realizados y siempre, siempre, en las vitrinas lo mejor de la cosecha. Y el campo, que es el sueño conseguido…

Hasta que un día, hace ya catorce años, el torero se va de la fiesta. Aunque nunca se van porque son toreros de por vida, incluso hasta mas allá del final, cuando entran en la historia.

Espartaco encaneció, como todo el mundo, y el día que se fue del ruedo lloró, lo recuerdo. Colgó su último traje de luces en las sombras del armario de la vida. Y comenzó a torear lo que yo llamo siempre  “el más difícil toro, el peor de todos, el que más cornadas da: el de la nostalgia”.

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Hasta ayer, domingo cinco de abril, en el que se vistió de nuevo, con un traje hecho para la ceremonia de la sangre de tabaco y oro, como en las tardes más hermosas, inolvidables, y con Manzanares y Borja, que llegaba a la arena dorada y al que él le iba a dar la alternativa. Casi le había enseñado a torear, porque el sueño ya estaba en la masa de su propia sangre. Llenó, de nuevo la plaza de la Maestranza, que es una joya en la historia de Andalucía, la taurina y la otra, y caminó con los ojos entornados, elegante, en ese paseíllo que de verdad quería que fuera el último.

Porque Espartaco iba a torear ayer el toro de su regreso por una sola tarde, para dar una alternativa como a un hijo suyo, de la vocación taurina. No importa lo qué ocurriera, qué ocurrió, y que todos los medios dieron ampliamente referencia de la larga tarde soleada, ardiente y bellísima. Precisa, y preciosa. El torero del nombre legendario, triunfó, se ha escrito que fue la tarde “de la carne de gallina”. Los largos minutos del escalofrío.

Hizo torero a un niño que llegaba, Borja, y al mismo tiempo, se cortó “la coleta”, en el gran símbolo del adiós. Le ayudaron al solemne momento, con las tijeras de plata, su padre, Espartaco, el viejo -dicho lo de viejo con la fuerza con que se dice del emperador-, y un hijo del torero de Espartinas, tres generaciones, en el mismo instante de la abdicación.

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Yo conozco la dimensión emotiva de lo que es la Plaza de la Maestranza de Sevilla desde abajo -aquellas fotos inolvidable de la Duquesa Cayetana, Rocío Jurado, etc… me hicieron allí más importante-. En los tendidos, el delirio y la memoria, ayer día grande de la Feria de Abril, después de una semana de sol y de cera impresionante.

El torero a hombros. Y las crónicas del futuro dirán que Curro Romero, al que brindó un toro y quien está en bronce en la placeta que hay a un lado de la Maestranza, volvió la cabeza al paso sobre los hombros de los costaleros de la fiesta; y que Pepe Luis Vázquez, también en otra estatua cercana junto al Guadalquivir, echó fuera su sonrisa de triunfo.

Y por si fuera poco, la madre del rey Juan Carlos, la abuela del rey Felipe VI, que está también en su recuerdo tan aficionada a los toros, le saludó con la mano que sujeta la brida de su corcel. Y el torero, eterno ya, con el nombre de un gladiador legendario, consiguió otra vez más, lo que siempre quiso y por lo que tanta sangre derramó.

El hijo del pueblo de la pana y el valor subió allí donde sólo llegan los grandes, como el que resucita (no en vano era el domingo final de la Resurección), después de la larga agonía de lo que no se acaba nunca. La pasión que ni los años extinguen, aunque ayer volviera a jugarse la vida. Querido Juan, mi viejo amigo con el que he toreado el toro del recuerdo tantas tardes, tantas noches, tantos días.

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