Carmen Sevilla y no la de Mérimée…

A ser posible, con acento en la “e”. Porque don Prosper Mérimée, que escribió muy cerca de la emperatriz Eugenia de Montijo, española como saben, – servidor siendo niño jugó en el patio de su casa, en el barrio granadino de la Magdalena – escribió aquel documento que se llamó Carmen, y que aun sigue vivo, lleno de los tópicos típicos del sur, muchos de los cuales, las cosas como son, aún permanecen.

A la Carmen, a la que nos referimos hoy, después de la ausencia de ayer, que no pude remediarla, es a la otra Carmen, aquella de la que decía la copla de hace unos años.

Yo soy la Carmen de España

Y no la de Mérimée,

Y no la de Mérimée.

La que esto cantaba, y llevaba toda la razón del mundo para cantarlo, era Carmen García Galisteo; conocida como Carmen Sevilla, fascinante criatura que hizo más de no sé cuántas películas, que cantaba sin llegar a ser la Callas, preciosamente, y que después de ser una de las mujeres más populares de su tiempo, instalada en el silencio del alzhéimer hace años -ya saben ustedes que les hablo de esa enfermedad que tiene dos enfermos al mismo tiempo, la persona que la sufre y la que está al lado de quien la sufre- y que de pronto ha vuelto a ser actualidad, triste actualidad en este caso.

carmen-sevilla43

Porque Carmen Sevilla llevaba ya unos años lejos de la realidad que le rodeaba. Vivía Carmen enferma del olvido, en un piso, primero, del Paseo de Rosales de Madrid, un lugar caro y bueno, desde hacía tiempo. Pero ya, insisto, vivía sin recordar.

La rodeaban, la cuidaban. La mimaban, su fiel asistenta de siempre más un par de enfermeras especialistas en el mal que habitaba nuestra popularísima Carmen. Se sabía que el mal avanzaba implacable, y que cada día, cada hora, sabía menos quien era, o por lo menos quién había sido durante muchos años. Fíjense si hace tiempo, que yo la entrevisté hace más de sesenta años, en Granada, cuando rodaba aquella película en el primer tecnicolor difuso de la época, Violetas Imperiales, junto al cantante español residente en Francia desde hace muchos años, llamado Luis Mariano, que por cierto, siempre tiene flores frescas, a ser posible rosas, en su tumba de aquel cementerio de París.

Véndame usted esas violetas…- decía el cantante con su traje de flamenco, cuajado de lentejuelas, que parece que lo estoy viendo ahora mismo.

Carmen Sevilla hizo mucho cine -era una buena actriz, le echaran lo que le echaran- y grabó discos y firmó autógrafos como nadie, llegando a ser incluso en México una actriz de “fama mundial”. Se casó dos veces, una de ellas con el maestro Augusto Algueró, excepcional músico que la hizo más famosa, desde su boda hasta su separación, y después con un buen hombre, grande y serio, Vicente, que además la volvió a hacer rica.

carmen-sevilla-1--a

Pero no quiero entrar en pequeñas historias -aunque los pequeños hechos configuran las grandes leyendas- lo que sí les diré es que cuando murió Vicente, todavía Carmen hizo lo que mejor sabía hacer aunque a veces, parece ser a caso hecho cuando daba los números del juego de suerte de la ONCE cada día a primera hora de la noche, se equivocaba.

Historias que no faltan. Hizo sus memorias Carlos Herrera, y fueron muy buenas, como corresponde a sus dos protagonistas, al que las cuenta y al que las escribe. Servidor la entrevistó digamos que más de cien veces, como poco, a lo largo de toda una vida. La última, en su casa de Rosales, donde me llevó a su alcoba, por primera vez, hace poco, donde tenía en una mesilla de noche, un altarcillo con fotos de Vicente, y velas encendidas a lo largo de un día, todavía para ella de dolorosos recuerdos.

Pronto fue, según la voz de la calle, una sombra blanca que levantaba el visillo de una de sus ventanas, frente al museo egipcio, y veía pasar más que a la gente, al tiempo que camina por nuestras vidas, como sin importancia.

carmen_sevilla20

Ahora se ha sabido que su hijo, Augusto, que es por otro lado, un gran músico, el único habido del matrimonio con su primer esposo, ha creído oportuno llevarla a una residencia de ancianos que hay cerca de Madrid, en un lugar que creo que conozco, de privilegio. Cierto. El crepúsculo de los dioses, el Susant Boulevard de aquella película con la Gloria Swason, que yo conocí, en un estudio de Televisión Española hace muchos años.

Carmen, sin memoria, sin recuerdos, que sólo vuelve al sitio inicia, cuando le cantan al oído alguna de aquellas canciones inolvidables de su vida, de actriz. Menos mal. Viento en los cipreses del jardín y los últimos zorzales del corazón de aceite en los viejos olivos que crecen junto a las tapias de la casa grande donde ya nadie volverá a pedirle un autógrafo. Pero ella no sabe, o lo sabe a veces, muy pocas, que fue una de las estrellas más lindas, más resplandecientes que lucieron en el cielo de España. Una mujer, que aunque tenga ochenta y algunos años, dicen el diccionario de la gloria, continuará siempre  teniendo los casi siempre 18, que además lo escribo con numero que se ve más con los que la conocimos, y la amamos…

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer