Aquel chaleco que me regaló Enrique Iglesias en San Francisco

Fue hace muchos años, que muchos de ustedes, como siempre digo, “no habían nacido siquiera”, cuando Enrique Iglesias me regaló un chaleco largo, blanco, lleno de bolsillos, de los de cremalleras, en San Francisco.

Fue, ya digo, no sé cuántas primaveras atrás, y la noticia me la actualiza el bello Clooney, que acaba de ser descubierto, aunque yo creo que la foto está hecha sobre todo porque él se puso el chaleco para no pasar desapercibido, en la que ha sido encontrado caminando por no sé qué calle en no sé qué país, llevando un chaleco de los de reportero, vestido de reportero.

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Por cierto, que busco sin encontrar el dibujo aquel que me hizo un día Forges en el que se veía a un reportero con un chaleco lleno de bolsillos, y en cada uno, la especificación de para qué era necesario, cosa que ya el mío, regalo de Enrique, llevaba, desde el almacén de origen y que indicaba claramente que era útil, muy útil, sobre todo para llevar todo encima, ya que el corresponsal así debe hacerlo, porque es su destino, la huída con lo puesto pero practicando el noble oficio del fugitivo.

Verán ustedes, ahora que estoy haciendo florecer mi memoria. Servidor había ido al otro lado del mundo, o sea, a San Francisco, para entrevistar a Enrique Iglesias. Había sido avisado, el periodista, de que el hijo de Julio estaba grabando un disco, el primero de su vida. Hasta entonces se sabía que Enrique, como él mismo dijo más de una vez en público, era considerado, en casa, como “el patito feo de la familia”, cosa que demostró después que no era.

Total, que me fui hasta San Francisco, de los tranvías y el puente de oro, entre otras muchas espléndidas cosas, ya que es una de las ciudades más bellas de la tierra, y Enrique y el viejo llegado de Europa, hablaron largamente.

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Convivimos unos días, hicimos, para ¡HOLA! una espléndida serie de fotos y nos ayudó muchísimo Fernán, que hasta poco antes había sido el asistente personal de Julio padre. Después, trabajó mucho y bien, aparte de que escribe estupendamente, tanto que fue llamado en su tiempo “el heredero de Gabriel García Márquez”. Ahora creo que está ayudando a un futbolista del Madrid. Creo.

Terminamos de hacer lo nuestro, y Enrique me llevó hasta el avión, hasta casi la escalerilla. Debo decir con urgencia que también lo hacía su padre en Miami. Ya mis huesos se resentían. Eso sí, en el aeropuerto, Enrique, alto, ya tímido siempre, al menos entonces, al que yo había visto crecer sin darle demasiada importancia, las cosas como son, me hizo entrega de un paquete grande. De un gran almacén, de los Estados Unidos. Lo abrí allí mismo, con mano temblorosa, incluso ya entonces: ¡Un chaleco de reportero!

Eso sí, grande, para un jugador de baloncesto americano. Pero era un chaleco perfecto, para mi gusto. Eso sí, se mancharía, aunque fuera de mi sangre, rápidamente. Es como el traje de cruces de un enviado especial. Las cremalleras, además, son como las cicatrices del combate. Del combate de la vida incluso que a veces es más duro que el de la vida misma.

Tengo que buscarlo. Debo comentar que yo le llamo el chaleco de la traición. Porque lo es. En la sala de espera del aeropuerto de San Francisco recibí una llamada.

-Soy julio, sé que estas ahí con mi hijo Enrique. Aunque no me has dicho nada. Como sé que haces una escala en Miami, donde estoy, me gustaría que me contaras más cosas. Te espero. El coche te estará esperando en el aeropuerto. Comemos juntos y después sigues el viaje a Madrid.

Lo hice. Julio cuando manda, manda. Estaba él mismo al volante del Rolls, detrás, el chófer de la casa. Comimos lentejas, plato oficial de la casa, y tortilla de patata, una delicia. Bebimos esos vinos franceses que el tenía de su extraordinaria bodega y que siempre decía “que yo me bebía como si fuera gaseosa”. Todo para preguntarme en el comedor pequeño, sobre la piscina interior, cerca de donde dormían los invitados especiales.

– Solo quiero que me digas: ¿Canta bien?

No me tuvo que decir el nombre de su hijo, no hacía falta. La pregunta era directa, como cuando Julio, más que responder, pregunta. Y yo le dije.

– Canta muy pero que muy bien. Y además no canta como tú, canta de otra manera.

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Podía haber añadido “como tú imposible, Julio. Tu eres único”. Tampoco me habría costado trabajo. Pero no lo hice. Eso sí, debo decir ahora mismo, en esto que son como mis memorias, lo que casi nunca dije, que pude haber puesto encima de la mesa, el magnetofón que llevaba la cinta del próximo y primer disco de su hijo, que fue un suceso mundial. No lo hice, quizá debí haberlo hecho, pero no. Me callé como Judas y volví a Madrid deseando ir al confesionario.

Incluso, Julio, lo hacía con frecuencia, me regaló un Romanée-con acento en la “e” primera- Conti, que luego me enteré que podía valer más de veinte mil duros, como poco, de los de entonces. Me callé, como un gusano, y me traje el documento que aun está por ahí en su funda.

Son algunas de las historias de una carpeta que tengo, y en a que dice simplemente “chaleco”. Y ahí está todo, solo me falta una, de la Reina Letizia con un chaleco de cremalleras, cuando fue enviada especial de la tele, a una misión urgente y casi desconocida, me cuentan, a Oriente Medio, a bordo de un barco de guerra español. Aun no era novia de don Felipe. Pero esa es otra historia.

Lo que sí sé es que he pedido a los míos, en casa, que me busquen el chaleco grande de Enrique Iglesias. Pero no ha sido por lo de Clooney, no. Digo yo si será por irme corriendo, como sea, para ayudar a los supervivientes, si es que los hay de lo ocurrido en el Mediterráneo hace unos días. Aunque ahí más bien debía pedir otro chaleco que guardo, no un antibalas, sino un antibalsas. Neumático, para ayudar con los de Salvamento Marítimo, a tantos como buscando una vida mejor, encuentran la peor de las desgracias.

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