Tatuajes

Una noticia, que viene de Oriente, cuenta que la moda última en lo que trata de tatuajes certifica, con material gráfico adjunto, que lo más reciente es tatuarse la mirada. O sea, lisa y llanamente tatuarse directo en la pupila, en el ojo.

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Yo, que soy individuo tatuado, he sentido un escalofrío porque recordé en el acto aquel día, de hace más de cincuenta años, cuando el profesor King en el barrio difícil de Ciudad Juárez, me preguntó:

– ¿Y usted, joven (porque yo he sido joven), qué quiere que le grabe?

Un barco de vela, como ese – y señalé uno de los dibujos que tenía colgados en la pared junto a todo tipo de ilustraciones – como ese exactamente.

– ¿Lo quiere a toda vela y sobre un mar revuelto?

– Con pocas olas maestro King. Y a ser posible con las velas justas.

– ¿Dónde lo desea? En los brazos, en el vientre, en la espalda… usted dirá.

– En el brazo derecho y sin que sea excesivo. Le diré, maestro, que sólo quiero que me lo haga para después contarlo. Soy reportero.

Acababa de ilustrar una virgen de Guadalupe, casi de tamaño natural, en la espalda de un chico que acababa de escapar de un desplome trágico en una mina de Frontera, en Chihuahua, en la que habían muerto muchos compañeros espaldas mojadas como él. Estaba allí el superviviente con su espalda inmensa en carne viva llena de sangre. En los ojos de la imagen se podía ver incluso al indio Juan Diego tal y como cuenta la leyenda.

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El profesor King, un viejo que tenía la piel como la de una salamandra tatuada de la cabeza a los pies, en los ratos libres, como el arponero de ballenas de Moby Dick, uno de mis libros de cabecera, el Quijote de la mar, según una formidable definición, y más aún, solo le faltaba la lengua en la que ya trabajaba.

Sufrí mucho, muchísimo, y cuando después del “trepanador” (les hablo de hace medio siglo que aún no estaba la máquina perfeccionada como ahora), me limpió con un papel de periódico impregnado en tequila y salí a la calle con el brazo inflamado. Al largo arañazo del barco a toda vela no pude ponerle nombre siquiera, ni el oleaje de la galerna que yo deseaba. Se me cayeron unas lágrimas pero salí con una historia más que contar. Tuve fiebre, pero hoy, y sobre todo entonces, pude mostrar orgulloso mi tesoro azul, que aún permanece inalterable en mi brazo derecho.

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Después podría contarles la historia de muchos otros tatuajes encontrados a lo largo de toda una vida como la mía. Pero ya es bastante con que pueda asegurarles que de todos los que he visto, a veces retratado y contado, ninguno como los que tenía en los dos brazos, de sus tiempos como oficial de la marina inglesa por los mares del mundo, dragones, sirenas, barcos, el padre del Rey padre, don Juan, conde de Barcelona. Y aquel que más me estremeció, cuando descubrí que en la espalda de un afroamericano como un armario de grande, eso sí, cubierto de cruces de oro, y medallas, llevaba escrito en perfecto español: “Ni mi madre me quiere”.

Jamás se puede contar una historia de amor porque el desamor es una forma de amor con menos palabras, cinco exactamente. Porque el tatuaje es un graffiti de sangre en el muro de la vida de un ser humano.

Tico Medina.

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