La caja negra es naranja

Hace tiempo, cuando yo era enviado especial de lo diario, tuve oportunidad, siempre con el rostro triste, de ver más de una caja negra. Cuando un avión se descolgaba del cielo, siempre estábamos allí los cronistas de la vida y, por lo tanto, también los cronistas de la muerte. Y siempre, o casi siempre, cuando se encontraba el corazón del avión caído, la primera frase que escribía el reportero en su crónica era entre la sorpresa y el titular: La caja negra, es naranja.

Porque es verdad. El pequeño bargueño metálico, irrompible de la última verdad del drama, lleva luto por fuera, pero por dentro es casi del color de la sangre, como la vida misma.

Es por eso que ayer en la tarde, después de publicar lo de Angelina Jolie -que ha sido noticia hoy en todos los medios del mundo- como se dice ahora, aguante sobre el bloc, a mano, antes de pasar al blog, a internet, lo que hoy sacude, duele y espanta a todo el mundo, sobre todo a la gente nuestra, que es bien cierta esa verdad en lo periodístico, que afirma que un drama de nuestro barrio, por pequeño que sea, es mayor que mil en el otro lado del planeta. Cierto.

Por eso, cuando ya se sabe casi todo, nunca todo, de lo de ayer en los Alpes franceses, me asomo esta misma mañana, con el pulso de la urgencia, a las notas sueltas de lo que fui apuntando, a mano, que es de donde viene la sangre, lo que hoy ya no tengo ni que corregir siquiera.

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Siempre que volé sobre los Alpes, hacia el norte de Europa, por ejemplo, siempre escuchábamos la voz en nuestra vieja lengua, que decía: “Estamos pasando por los alpes franceses. A la derecha, El Mont Blanc”.

Un monte con nombre de estilográfica, bellísimo, azul coronado de blanco, un sello, una postal, un monumento de la naturaleza. Abajo, siempre o casi siempre, un lecho de nubes. El cielo. La nieve más blanca, inmaculada, del mundo. ¡Cuántas veces habré escrito que no hay nada más hermoso que la nieve blanca, pero que nada hay más sucio, ni más feo, que la nieve sucia, la nieve negra!

En mis notas, este debe ser un post distinto de lo que es una crónica a pie de drama. Notas sueltas, que son como suspiros al viento de la información. Recuerdos. Tal vez memoria.

Aquella vez que por vez primera fui hasta Dusseldorf, “debajo de las maquinas, hay una gota de sangre de gaviota, debajo de los rascacielos, una gota de sangre de marinero”. Ya lo decía Federico cuando vio por primera vez Nueva York. Yo copié al paisano granadino descaradamente. Iba buscando a los andaluces que habían dejado atrás vida y hacienda, escasa hacienda por cierto, para ir tan lejos, allí donde se hacían las fuertes maquinas alemanas de la gran posguerra. Los que hicieron, levantaron España, desde fuera, con su trabajo. Por eso, hoy Dusseldorf nos sigue sonando tan cerca. Hay apellidos de los dos lados juntos.

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Mi cuaderno de ayer tarde está escrito a golpes de escalofrío, de dolor. Horror. Amor. Incluso el avión tenía nombre y apellido: Airbus, vuelo a320. Barcelona – Dusserdorf. Número de máquina: el 4UP525.

Empezaban a contarse algunas historias, aunque había, eso sí, un número único, desde casi la primera hora: 150 pasajeros a bordo. Aún quedan todavía muchas historias que contar. Los nombres, las primeras fotografías, los comunicados, un bosque de gobiernos de crisis. A ver qué dice el próximo bloc, del que pasó al blog.

Mapas blancos. Shock. Aeropuertos. Aparecen en los primeros comunicados las corbatas negras. Es el luto, primero el de cada corazón, luego el oficial. El lazo del dolor en la solapa ya de los partes meteorológicos. Los primeros apellidos. Muchos españoles. Después se sabe, cuando se afilan las historias, que hay también muchos hermanos, de la otra España, de América. Médicos. Expertos, gendarmes franceses, la foto de los Reyes de España camino del Eliseo, ya a pie, donde está el presidente Holland con la guardia de honor presentando sables.

Esta vez no ocurrirá como la otra, la anterior, que la reina doña Letizia se quedó un escalón más abajo. Esta vez no, hay como un intento de Holland de besar a la Reina, a la española, en las dos mejillas, a la francesa, claro. La reina, que siempre está donde debe estar, y nunca, generalmente donde no debe estar, elegante, sencilla, le alarga la mano, sin joyas. Banderas, músicas de protocolo. El rey improvisa y lo hace, de manera enérgica y triste. Solemne. De pronto su barba se ha hecho más blanca. Las palabras necesarias, ni una más ni una menos. Tres países europeos están de luto, de pronto. Se suspenden los actos oficiales de la primera visita de Estado de los Reyes de España a Francia.

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María Radner, contralto que formaba parte del elenco de ‘Siegfried’ junto al barítono kazajo Oleg Bryjak

 Médicos, psicólogos, familiares, sin las listas todavía, los que saben que los suyos estaban en el avión Airbus, en el que uno por otro lado, ha viajado más de una vez, quizá, quién sabe…

Ocho minutos desprendiéndose del cielo como una cometa rota. Ocho por sesenta, son casi 500 segundos de pánico, a bordo, 150 historias, rotas, de pronto, hay algún bebe a bordo, se van sabiendo más cosas. Alguien que dice a pie de pueblo, la Alta Provenza francesa, casas de piedra, balcones de madera, perros de agua… “lo raro de aquel avión es que volaba sin hacer ruido, muy bajo, camino del barranco negro…”

Negro sobre blanco. Los primeros helicópteros que vuelan al pie del pico de los Tres Obispos, toc toc toc, un sonido único que siempre recordaré. Sobre mi cabeza en la guerra de Irak, en Bagdad…

Primeros mensajes. “Es un paisaje desolador, solo se ven pequeñas manchas blancas sobre un largo agujero desolado…”. “Como confetis blancos”, en una herida abierta en la montaña. Esa era la nieve de ayer, a lo lejos, la verdadera.

El día se va llenando de cifras, atardece ya con algunos, muy pocos nombres. Llora Europa. Shock. Un ejército de psicólogos. Uno especifica en un aeropuerto de los tres que lloran: “Nosotros estamos aquí por si nos necesitan”. En Barcelona, en Castedellfels, en El Prat -donde uno esperó tantas y tantas veces- en París, en Alemania, en Dusseldorf.

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Los mandatarios ya se han cambiado de corbata. Llevan siempre una de repuesto, por si acaso. Capellanes, montañeros, enfermeros, ambulancias. Las primeras fotos, siempre con rostros sonrientes, de los que se fueron. Palabras inciertas, diagnósticos.

Aparece lo primero, que se puede ver con fuerza entre tanto despojo. Un trozo rojo del avión, formaba parte de su fuselaje. Aun no se ha podido llegar. Los corresponsales, con la ojera puesta, la de la desgracia múltiple. La memoria reaparece. ¡Cuántos relatos de ese primer amor en España, del colegio que se fue a pasar solo unos días a Barcelona. Empezaban a querer, aparecerán algunas fotos, los selfies del dolor, en las mochila desperdigadas… un minuto de silencio, las banderas a media asta, carreras en los aeropuertos, el ADN de urgencia para contrastar en su momento, ya están ahí, como siempre, los primeros reporteros de todo el mundo. El Twitter, helado, envía fuego en las palabras para todos. Palabras de fuego, en el cierzo frío: “Mañana, por hoy, el tiempo se hará más difícil para el recuento“.

No podía escribir otra historia que esta, que reúne en un titular tantas historias. Para muchos, en las dos orillas, no habrá este año primavera. Dicen que ya ha aparecido, una caja negra. En efecto, es naranja. Esta ha sido una página sin nombres. Pero a partir de ahora, se irán contando las 150 historias que nos faltan.

Tico Medina.

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