Jerusalén, apasionadamente

Hasta ahora siempre he vuelto de Jerusalén, aunque de alguna manera, mi corazón se quedaba dentro. Y ha sido ya por tres veces.

Ayer domingo, Jerusalén volvió a ser noticia, aunque siempre lo sea para los cristianos. Ayer hubo otra vez palmas y olivas en la ciudad dorada, donde tal día como ayer, hace cerca de 2.000 años entró Cristo camino de la gran prueba.

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Siempre, siempre, recordaré esta ciudad, aunque como vagabundo de la noticia, reportero de la historia de nuestro tiempo, haya tenido necesidad urgente de ir y volver. Volver para contar tantas veces. ¿Saben ustedes que aun en los momentos más difíciles, el enviado especial, piensa, que pase lo que pase, debe volver, aunque solo sea para contarlo?

Tendría ahora que recordar que es por eso que el ilustre académico y brillantes escritor Arturo Pérez Reverte guarda entre los libros de su extraordinaria biblioteca en la Sierra de Madrid -que yo conozco y no todo el mundo puede decir lo mismo- ese fusil kalashnikov, sellado, muerto, dramático, y bello, pisapapeles de alguna de las guerras de las que fue corresponsal.

Por tres veces a Jerusalén, a lo largo de toda una vida– bolero, y bueno por cierto, ahora que ha vuelto el tiempo del bolero- a saber.

En enero del 64, hace 40 años, cuando el papa Pablo VI viajó hasta palestina por primera vez. El pontífice peregrino, escribí entonces. Yo estuve allí y en un momento sentí su mano, pequeña y cálida, en mi mano, cuando le ayudé a bajar desde la piedra al lago de Tiberíades aquel día inolvidable para mí, porque no todos los días se da la mano a un Papa, y menos de esta forma. Hasta París Match dio la noticia en una doble página.

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El papa Pablo VI

En junio del 67 entré en Jerusalén acompañando como corresponsal de combate a las tropas del general Dayán, con los primeros tanques que entraban en la ciudad inmortal. Me tocó hacerlo. Delante de mí murió un enviado especial, enorme de físico, finlandés de barba rojiza, al ser fundido por un bazoka árabe sobre el blindado que nos precedía. Solo quedó de él su máquina Leica, intacta, aquella cámara legendaria que siempre llevaban consigo los mejores.

Cuando llegué hasta el Muro de las Lamentaciones, inolvidable también entre el humo de la guerra, y en cuanto pude fui uno más ante él. No soy judío, pero había que hacerlo. Y lo hice. Apoyé mi cabeza en la vieja piedra y escribí, en una página de mi bloc, entonces, una sola palabra. No hacía falta ninguna más. Y la guardé, como manda la tradición, en su hendidura.

Decía “PAZ”. Aunque estábamos en la mitad de una guerra fulminante, feroz, de seis días.

También en su tiempo entrevisté en una jornada histórica para mí también, a las nueve de la mañana, en su despacho azul y las murallas inmortales al fondo, a Golda Meir, primera ministra israelí, que no dejó de fumar en toda la entrevista. “Parece una campesina andaluza”, escribí entonces en ABC. Es una de las mujeres más apasionantes que he conocido en toda mi vida.

A las once, Ben Gurion, padre de la patria judía, me recibió en su casa de Tel Aviv, un chalecito humilde en la que el hombre de la cabeza de Einstein me recibió en zapatillas de estar por casa. “No le dé usted la mano si él no se la ofrece, debemos cuidarla para que termine de escribir la historia de nuestro pueblo”, me casi ordenaron los de la Mosad. Pero él, sabiendo de dónde venía, me la dio, me abrazó y hasta el final que me bendijo, diciéndome en sefardí: “Que tenga usted en su vida caminos de leche y miel y que esta visita tenga hermana”.

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El Muro de las Lamentaciones

Aquella misma tarde a primera hora, en su campamento, entrevisté a Moisés Dayán, el general del cinematográfico parche negro en el ojo, en su tienda de campaña, al pie del Sinaí. Después conocí a su hija, bellísima, en Granada, donde practicaba la arqueología como hacia su padre. También entonces, como en las otras dos veces anteriores, escribí la palabra mágica de las dos veces anteriores, y la guardé en el muro para siempre: “PAZ”.

Pero los dátiles siguen sabiendo a sangre en la tierra de Jesús. Otra vez en la Semana Santa española, sobre todo, y en la del mundo de los cristianos, en general, Jerusalén sigue siendo la cara y cruz de la misma moneda. El amor y el dolor, que continua, a pesar de los tiempos, a pesar de los años…

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