Gloria Camila: la niña del limonero

Ayer mismo la ví en Sálvame de la tarde de Telecinco, que veo con toda la frecuencia que puedo, y me he encontrado, de pronto, con Gloria Camila; no huyendo como casi siempre, porque pertenece a esa gran familia de estrellas fugaces que solo son noticia cuando se las ve escapar del cielo en el que habitan, en las noches de luna, sino hablando, respondiendo, sonriendo incluso, en el regazo casi de su tío, bajo su sombrero panameño, etc, etc.

Y he sentido, yo que soy un detector de metales, dos sensaciones al mismo tiempo. Alegría y una cierta tristeza. Vamos a ver si sé contarlo.

A esa niña, yo la he visto, si no nacer, crecer. Como el limonero que sube, despacio pero sube, en la ventana de mi cuarto de trabajo y que un día me traje, en forma de limón tan solo, de Granada, mi raíz, mi origen.

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Y la he visto subir, sin trepar, a ver si me explico, sin otra cosa que el silencio y la brisa, sin tormentas, como quien se salva de una catástrofe natural y cotidiana. Desde que era una niña así de alta, o sea, una niña que aún no había hecho la comunión, siempre que el reportero, servidor, iba por su casa de Hierbabuena para hablar con su padre, con mucha frecuencia, para ¡HOLA!, o con su padre y su madre, en el tiempo aquel en el que subíamos todos hasta la ermita de la multitud de vírgenes, de la colina de los olivos, cantando o a caballo, siempre, la niña Gloria Camila subía al olivo, frente al ventanal de la alcoba de sus padres, que le había traído Paloma Sanbasilio para que lo plantaran en el jardín íntimo al que no llegaban los paparazzis, los intrépidos fotógrafos españoles de la fama y de ese limonero.

Gloria Camila me descolgaba limones pequeños, casi verdes, amarillos a punto, hasta llenar una canasta que traerme a mi casa madrileña. En el tren, incluso perfumaban el aire del vagón. Y así la sentí, la vi, hacerse cada vez más alta, sin perder nunca aquella piel canela, del sur de América, de Cali, tal vez donde crece el aguacate, inolvidable. A la limonada en casa de Gloria Camila se le ponía un pellizco de hierbabuena, como dicen que hacia Federico García Lorca con los amigos que iban a visitarle a la huerta de San Vicente en Granada.

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Y así la he visto bailar ballet, montar a caballo, cantar incluso, que lo hace y muy bien, aprender inglés, incluso pasar por la cocina antes de posar en la pasarela, hacerse muchacha, como decimos por ahí abajo, ‘de niña a mujer’ como dice la inolvidable canción de Julio Iglesias, que les contaré en su día, si Dios no lo remedia. Sé la de cosas que ha querido ser, sé lo que ha reído en aquellos verdes campos del Edén, y lo que ha llorado después cuando se fue Rocío, su madre, a la que sin serlo, quiso más que a una madre. Porque los niños que nacen sin saber quién es su madre, quieren el doble a las han querido serlo.

Hasta ayer, que la vi, y la descubrí linda, creciendo en el huerto peligroso, con muchas trampas escondidas, lobos y jaguares, boas y osos, aunque encima en los altos árboles cantan las oropéndolas, y me he sentido alarmado, preocupado, aunque yo sea lo que en el fondo soy, un contador de safaris, más que un astrólogo -astrónomo-, astronauta, descubridor de galaxias y de estrellas. Porque el limonero lunar, andaluz, tiene el sabor amargo.

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Gloria Camila, niña, haz feliz a tu padre, que más grande ahora que nunca. Le tengo que escribir una carta un día de estos, quizá mañana. Que sigue torero, porque está toreando el toro más bravo de su vida. Que tu recuerdo, niña mía, no sea de la hierbamala, aquella que nunca crecía, aquella que nunca creció, al pie del limonero aquel en aquella hierbabuena.

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