Cenicienta vuelve a perder su zapato en las escaleras de palacio

Pero la vida sigue. Continúa. Y además, no mueren las leyendas. Menos mal, por eso aquí hoy les vengo a traer una estampa inolvidable. Eso es, inolvidable.

Diana de Gales, también llamada Diana “de males”, la pobre, porque su vida no fue más que una historia de desamor, bajaba aquel día las escaleras del palacio en el que estaba hospedada, en lo que era una visita oficial. Tal vez dormía o cazaba mariposas su marido el Príncipe don Carlos, que por cierto pintaba acuarelas divinamente, como las que tenía en su casa de la Patagonia su suegra, a la que yo hice sus recuerdos para ¡HOLA!. Bueno, pues bajaba las escaleras doña Diana, en Madrid, con la mano derecha deslizada por la baranda de mármol. Abajo, cien compañeros del oficio y de todos los ramos, un bosque de micrófonos, una tormenta de flashes.

Parece que la estoy viendo. Cuando le faltaban tres escalones para llegar a la alfombra que nosotros los de a pie mancillábamos, abrió la boca, con un punto rosa, y preguntó con una voz de niña rota: “¿Ha venido ¡HOLA!?”

1-buena

Claro que estaba allí, y el periodista, ya caneando, o sea con el pelo más o menos como la barba casi blanca del rey Felipe VI, apuntando en su bloc de mano. Yo, que ni pena tengo por eso, no hablo inglés, todavía, aunque lo voy entendiendo, no pude aunque quise, preguntarle en su vieja lengua. Aunque se sabe que Cervantes, ahora de gran actualidad, y Shakespeare, don Guilllermo, nacieron el mismo día y en el mismo mes y el mismo año, le hubiera querido preguntar: “¿Dónde ha perdido su alteza el zapato, me permite si lo ha dejado detrás que en nombre de ¡HOLA!, se lo recoja?”.

Pero no lo hice, y mi culpa tengo todavía después de tantos años. Me recordó, mucho, muchísimo, a aquella escena de la leyenda inmortal de la Cenicienta, la niña que perdió un zapato de cristal, huyendo de la hora, en la escalera real del palacio del príncipe azul, cuando aún no se había demostrado que no hay príncipes azules, al menos para mí, porque una alta autoridad en la materia, el rey emérito Juan Carlos me dijo un día de confidencias, algunas no multiplicadas: “Pero hombre, Tico, que la sangre azul no existe, que todas las sangres son rojas, del mismo color”.

Pero la estampa se mantiene. Luego tuve la ocasión de darle la mano a Diana en Londres, creo que hay foto. Aquel día la familia ¡HOLA! le visitó bajo aquella carpa instalada cerca del castillo.

Hoy la actualizo. Casi todo igual, cuando la Cenicienta vuelve a tener la inmensa actualidad de una nueva película, y no de dibujos animados, que no hay más hermosos dibujos animados que los que proporciona la vida misma, solo que ahora el zapato no sería de cristal, sino un Manolo de nuestro paisano canario, con un tacón de aguja de quince centímetros.

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Hay que beber de la fuente de la magia de toda la vida, porque además la historia se repite. Está cercana. Las calabazas se siguen convirtiendo en carrozas, y sino no hay más que ver que la última de la reina Isabel regalada por sus enamorados súbditos. Y los príncipes se enamoran de las plebeyas, y cuando son reinas, lo hacen tan bien como las reinas antiguas que nacieron para ser reinas. La historia actual está llena de casos coronados en el día que vivimos.

Y la Cenicienta permanece, es posible, ocurre, se hace real, nunca mejor dicho. Cosa que nos alegra, a mí particularmente porque durante años defendí que su padre creador, Walt Disney, no era americano, sino nacido en España, o como lejos hijo de españoles, de Almería, que yo conocí esa historia de la emigración, y la conté en su momento hasta hoy, y hasta el punto de que el bellísimo pueblo de Mojácar, uno de los más mágicos del sur, le puso mi nombre a una calle.

Historia que aún sigue viva pero que yo, algún día, les contaré más detalladamente, espero tener tiempo para hacerlo. Porque las leyendas están vivas, como los sueños, porque los sueños menos mal que permanecen, y sobre todo te permiten sonreír en esta primavera, que más bien parece un invierno, y de película de miedo.

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