Carta a Ortega Cano en el día de su Santo y además en el Día del Padre

Maestro,

No me atrevo a llamar tarjeta de felicitación a estas notas sueltas que le envio hasta la cárcel de Zuheros en Áragon donde cumple condena desde hace tiempo, tal vez demasiado tiempo. Pero es un esportón de palabras sentidas, que no tengo más remedio que enviarle en este correo del aire desde el que le escribo.

Usted sabe mejor que nadie quizá, que hemos intentado llorando y escribiendo, ahogar nuestras penas sabiendo como sabíamos lo que un día me dijo Mary Hemingway en la Feria de Abril de Sevilla: “Ahogar las penas es imposible, porque las penas saben nadar”.

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Pero lo intentamos, maestro. Y en vez de felicitarle, que no se puede, lo que hago es decirle que España le tiene en la memoria. Le recuerda, y como sabe de su arrepentimiento, su público le entiende y le perdona. Le echo mucho de menos maestro José, y espero que en este día reciba a los suyos, que no está tardío (si es que llego a tiempo) el día en que los dos, cuerpo a cuerpo, mano a mano, podamos desventrar el baúl de los recuerdos.

Don José, no quiero cargar mi mano, que ya lo hice en su día, en ese libro que escribimos juntos, y que sin embargo “Traje de luces, traje de cruces”- no llegamos a disfrutar, aunque si a compartir. Veo a sus hijos, los más grandes, en  la lucha no fácil de la vida. A José atravesando el largo y difícil camino de la tristeza, y a la niña a la que el otro día le escribí una de estas páginas desde lo mejor de mi memoria, “La niña del limonero” ¿recuerda?. Del pequeño sólo se, que es hijo suyo, y de una madre muy hermosa, y que alguna vez al pie de los recuerdos, mientras agonizaba Rocío, me quiso decir, sin decírmelo:

-¡Me gustaría tanto tener otro hijo!

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Maestro, le queda mucha tela que cortar todavía. Le ví el otro día como si hubiese bebido del agua de la esperanza, incluso más fuerte, incluso más  joven, más sabio desde luego. Sé que escribe, que usted sí que sabe quien es usted. Que nadie le corrija, pero nadie, sus apuntes. Sé que aprende otras lenguas, se que aconseja y sobre todo que está atento a lo que ocurre fuera, a lo que respiran los suyos al otro lado de los altos muros de la cárcel.

Usted vale mucho maestro, y lo sabe. Y cuando vuelva ahora a la casa donde vivió su madre tanto tiempo y donde guardaba en largos armarios sellados todos sus trajes de luces, volverá a darle lances al viento frente al espejo de la vida en libertad. Maestro, yo he contado sus éxitos y sus cicatrices. Y quiero que sepa, que a su  vuelta, ya mismo, llamaré a la puerta de su casa para decirle: “Bienvenido, maestro”.

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Mi viejo amigo. Y se que volverá a echar, como aquel día en La Mancha escapando de la dura vida de los campos de Cartagena su padre hizo, lo que tantas veces he contado. Al pie del tren con la maleta de cartón y la cuerda atada: “No sabemos dónde ir, dónde estará el pan que necesitamos, pero a ver dónde nos lleva el viento de la tarde”. Y eché un puñado de surco hacia arriba.

El “Amargacenas”, que ese era el nombre de la aldea de aquel aire frío y desgarrador, indicó el camino a seguir hacia la capital donde estaban los triunfos y los fracasos. Y a Madrid se vino con los suyos, maestro. Ahora, cuando vuelva, no tendrá que esperar lo que le dice el viento del futuro. Le esperan su mujer, sus hijos, su familia y esta vieja y dura tribu que se llama España. Y la próxima niña que venga que se llame Rocío, como la nuestra.

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