Un respiro en Nueva York

De vez en cuando todos necesitamos tomarnos un respiro. Es necesario para recargar pilas y poder seguir adelante. En mi caso, me cuesta. Lo confieso, soy ¿un poco? adicta al trabajo. No obstante, a estas alturas de mi vida, ¡por fin!, empiezo a poner en orden mis prioridades y se que la obligación no puede pasar siempre por delante de la devoción. Por tanto, cuando salió la oportunidad de viajar a Nueva York, dije sí.

 

No se vosotros, pero yo, lo que peor llevo de viajar, es hacer la maleta. Dios, qué horror. Es algo que siempre retraso hasta el último momento. Me tiro tres horas para hacerla. Y venga a meter cosas. Que si esto, que si lo otro. En fin, que me llevo de todo, por si acaso, una expresión fundamental para mi cuando se trata de hacer maletas.

Y ya una vez en el aeropuerto, vuelta a la dichosa maleta: que si me habré olvidado de meter algo importante que seguro necesitaré, que si tendré que pagar exceso de equipaje. En fin, que cuando facturo y tengo la tarjeta de embarque en mi poder, me dan ganas de cantar el ¡Aleluya! y dar saltos de alegría.`En cuanto paso el control, telefoneo a mi hija, y, nada más embarcar en el avión y ocupar mi asiento, lo primero que hago es rezar. Volar me da un poco de miedo pero lo controlo. Cuando ya estamos en el aire, lo que hago es dejarme llevar. Si viajo sola, suelo leer o bien duermo. En el caso de que vaya acompañada, a las dos opciones anteriores, se une la conversación. Y según la duración del trayecto, también otra posibilidad es ver una película o escuchar música. Por cierto, que nada más estar en el control de pasaportes del JFK, me encontré con Agatha Ruiz de la Prada. Una mujer encantadora y con un gran talento. Es admirable el esfuerzo y la ilusión que pone en todo lo que hace. Lo que se dice una auténtica luchadora.

 Si vais a Nueva York, lo más importante es el calzado. Se trata de una ciudad donde hay mucho para ver. En mi caso, me pasé todo el viaje con calzado hipercómodo. Por tanto, los tacones que puse en la maleta, por si acaso, no salieron de la habitación del hotel.

 

Para conocer el centro de Manhattan, opino que la mejor opción es el autobús turístico que recorre toda esa zona. Pasamos por Greenwich Village, Soho, Little Italy, Grant’s tomb, Harlem, Brooklyn, Broadway… Aunque lo que más me impactó del recorrido fue el World Trade Center. Ya han pasado diez años desde el atentado y todavía no han terminado de reconstruir la zona.

 

 

 

Si algo me apetecía era pasar un día entero en Central Park, y lo hice. Es una maravilla. Y no sólo en cuanto a la belleza natural, sino también por la cantidad de gente que te encuentras en esos 10 kilómetros: mimos, grupos musicales, gente que hace jogging, monta en bici o simplemente pasea. Si pasáis por allí y es domingo, disfrutar del brunch que sirven en el Boathouse. Un restaurante donde se come de fábula. Es cierto que hay que hacer cola, pero vale la pena. La vista desde allí es impresionante. Una panorámica espectacular.

 

 

 

Nueva York es una tentación para los amantes del shopping. Incluso aunque vayas con la idea de no comprar nada, acabas cayendo. Como siempre que voy a Estados Unidos, mi tarjeta de crédito se quedó tiritando. Al final, tuve que comprar otra maleta para guardar todas las cosas que compré: algunas para mí y otras para mi gente más querida. Algo que me sorprendió fue ver las colas que se forman, dos horas antes de que abran, ante las puertas de Abercrombie. Desde nuestra perspectiva, puede parecernos una locura. Sin embargo, cuando estás en Nueva York y ves los escaparates de las tiendas, lo entiendes. Es muy difícil resistirse a entrar. Todo está pensado para atraer y seducir al cliente, y doy fe que lo consiguen.

Pegado a Central Park se encuentra Columbus Mall, un impresionante centro comercial. En esta ocasión, me dediqué a visitar la planta donde se encuentran las tiendas de alimentación. Cualquier cosa que busques, está allí, y si no está, es porque no existe. Me entró hambre y, claro, qué podía hacer, pues dejarme seducir por la oferta gastronómica y degustar una deliciosa comida en una de las zonas habilitadas para esto.

 

Si pasas por Nueva York, no puedes dejar de ir a Broadway. Es una cita obligada. La oferta teatral es muy amplia, aunque yo tenía claro que quería ver Evita. La verdad es que Ricky Martin está soberbio en esta obra. No me extraña que reciba tan buenas críticas.

Y hablando de clásicos, qué lo es más que visitar La Estatua de la Libertad. Son miles las personas que cada día van al puerto para tomar el barco que les llevará a descubrir uno de los monumentos que mejor simbolizan el sueño americano.

 

Son varias las veces que he recorrido el MOMA. Sin embargo, cada vez que voy a Nueva York, vuelvo a visitarlo. Sigue llamando poderosamente mi atención la imaginación y creatividad de los artistas que exponen su obra en este museo. Aunque, también es verdad, que reconozco que a algunos me cuesta entenderlos. Como a Marcel Duchamp y su famosa Rueda de bicicleta.

Como broche final a un viaje a Nueva York, os recomiendo que vayáis a cenar a Cipriani. Se trata de uno de los restaurantes más veteranos de la ciudad pero que nunca pasa de moda. Su especialidad: la cocina italiana.

Bueno, amig@s, como habéis podido ver, he aprovechado al máximo estos cinco días. Sin embargo, tratándose de Nueva York, siempre te quedan cosas por ver. Por tanto, tengo claro que no tardaré en volver. Hasta el próximo post.

Ah, por cierto, aquí os presento a mi compañero de respiro en Nueva York

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