¿Has estado alguna vez en una fábrica de joyas? ¿Quieres entrar en una?… Bien, pues viajemos a Milán.

Me encuentro en una antigua fábrica de chocolate de los años cincuenta. 8.000 m2 distribuidos en cuatro plantas, que se asoman a un jardín interior. Son las instalaciones de Pomellato y Dodo, de Milán, donde se reúnen todas las actividades de la casa: creativas, productivas y comerciales. Admiro el gran jardín acuático repleto de bambúes. Fresa, negro, verde, agua: colores perfectos para crear una atmósfera de paz y creatividad.

 

Todas las personas que trabajan en Pomellato visten de negro y no es casualidad. La carpintería del show room está lacada en negro emulando la decoración de los años 30; y las tapicerías de los muebles en moiré de seda color crema. ¡Un agradable contraste!

Veo el vídeo de la nueva colección  -la protagonista es la actriz y modelo británica Tilda Swinton- y ya estoy impaciente por tenerla entre mis manos.

Y de la sala de vídeo… al show room. Lista  para disfrutar con la presentación de las nuevas piezas: Capri, Glory, Victoria, Five O’clock y Tango. ¡Dios mío!, pienso… Cuánta información maravillosa para mi post. (Os lo contaré todo pronto).

 

Con Julia Herranz y Enrico Peruffo de Pomellato. Un equipo muy profesional y maravillosas personas.

Tras la presentación de  Pomellato,  entro en otro mundo lleno de magia y color. El del show room Dodo. Una galería tropical donde todo es luminoso. Las flores y el césped que crece del techo recuerdan a la nueva imagen de las tiendas de la marca.

 

Las persianas lacadas en blanco, el parquet de roble natural, el rojo de las butacas Jacobsen y el blanco óptico de la mesa Saarinen transmiten un aire refrescante.

 

Silvatos, trenes, lobos, ovejas… Nuevos mensajes Dodo en forma de joyas cubren las bandejas donde reposan las piezas.

Nada de esto sería posible sin el meticuloso trabajo de los engastadores, modelistas, pulidores, fundidores y pedreros que hacen del boceto de cada una de las joyas una realidad hecha en oro.

Unos joyeros que trabajan a la sombra y sin ningún protagonismo, pero que miman cada una de las piezas que pasa por sus manos. Me maravilla verlos.

Salgo de esta maravillosa tierra de joyas y entro en una zona industrial donde todo es gris. Ya no hay jardines de bambú, ni paredes color fresa, ni césped en el techo, ni piedras preciosas, ni mensajes en forma de joyas… Esta realidad pone fin al sueño que he vivido, pero me siento muy afortunada. No todos los días se visita el mundo encantado de una fábrica de joyas.

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