Mi perrita Bambi

“Ella tiene su propia personalidad”, siempre lo decías, y tenías razón, la tiene. Bambi es, posiblemente, el ser más especial que conozco. Y yo no lo entendía, no podía entender ese “amor incondicional” del que hablaba la gente para referirse a sus mascotas, pero luego, llegó Bambi, y todo tuvo más sentido.

Tardé un tiempo, no puedo negarlo. Tarde unos meses en derribar esa barrera que creamos novatos entre humanos y animales, ese “que no entre en la habitación”, “que no se suba al sofá”. Ese “que no pida comida”, “que se quede fuera”,”que no me chupe, que me da asco”. Pero, cuando te liberas de eso, cuando entiendes hasta qué punto un perrillo tiene una capacidad de entrega y amor que muy pocos humanos tienen, cuando conectas con su esencia y su generosidad, su identidad y su personalidad, entonces descubres una sensación tan maravillosa como indescriptible. Porque Bambi podría elegir cualquier cuarto de la casa o cualquier esquina de la habitación, pero elige aquella en la que estás tú, elige echarse a tu lado y sentir tu piel junto a la suya. Bambi ladra a otros perritos porque es arisca (así siempre lo dices tú), le cuesta “hacer amigos”. Es muy asustadiza y, cuando alguien que no conoce le acaricia el lomo por la espalda, siempre salta con las dos patas de atrás y mira a ver de dónde ha venido el contacto. No le gustan las duchas, pero cada vez le gusta más el mar. Le gusta la comida casera y que le dejen dormir encima de la cama. Pide “premios” todo el rato mientras salta sobre sí misma y gira en círculos sin parar. Y claro, cómo se los vamos a negar. Bambi no te despierta. Espera paciente en la cama, con los ojos abiertos, a que los abras tú, y que con una sutil señal, le dejes que se acerque a ti. Y ahí viene. Y se alegra de verte y te da los buenos días como si no recordara que lleva toda la noche durmiendo a tus pies.
Porque lo perros tienen eso que se alegran de tu mera existencia. No tienes que hacer nada para contentarlos, no tienes que haberles dado una sorpresa, no tienes que haber sido especialmente cariñoso, ni siquiera haber pasado demasiado tiempo lejos. No hace falta. Ellos se ponen tan alegres de verte ,veinte minutos después de haber salido por la puerta de casa, como si llevaras media vida exiliado en otro país. Eso es algo que me fascina. Ojalá yo me pusiera tan contento de ver a alguien. Y, lo mejor de todo, es que este sentimiento va a más para ellos. A medida que pasa el tiempo, en vez de acostumbrarnos, como nos pasa a los humanos, lo valoran aún más. Cuanto más te conocen, más se alegran de verte cada vez que vuelves a casa o cada vez que abres el ojo por la mañana.
Y claro, ante estas muestras de incondicional admiración y amor, a nosotros nos sale devolverles todo eso que percibimos que nos dan, por eso no nos importa levantarnos a las 6 de la mañana para pasearlos un rato antes de ir a currar, o volvemos a casa a mediodía para poder darles un achuchón y darles algún premio, o incluso sacrificamos algún viaje de amigos para que no se queden solos demasiado tiempo.

Gracias a Bambi tengo ahora una sensibilidad especial hacia los animales. Y, aunque no es “mía”, así la he sentido durante todo este tiempo. Hace dos días cumplió los 8 años, así que , si todo va bien, aún le quedan unos cuantos al lado de su familia regalando eso que se le da tan bien y de lo que nunca se queda corta: amor leal, incondicional e infinito.

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