En la intimidad de la ducha

Uno de los momentos más íntimos que tenemos es el de la ducha. En la ducha, por norma, entramos en esa especie de oasis de vapor y gotas que no nos gusta compartir y que ansiamos -y pocas veces perdonamos- cada día.

Cierto es que alguna vez puedes querer compartir ese ratito con un hijo pequeño (siempre es bonito para un padre estar piel con piel con su hijo en el momento del baño), o con algún amante grande (compartir agua caliente con tu pareja no solo puede suponer un importante ahorro de agua, sino que puede darte alguna satisfacción extra que ni el agua, ni las sales ni el jabón, pueden proporcionarte). Pero bueno, como digo eso no es lo normal; por lo general nos gusta tener esos diez minutos para dedicárnoslos a nosotros mismos: a nuestros pensamientos, a nuestra vanidad y a nuestro propio cuerpo. En la ducha nadie nos juzga, nadie se mete con el tamaño de nuestra tripa cervecera o de nuestras cartucheras de vaquero del salvaje oeste; nadie mira raro si tenemos una erupción de acné, y nadie nos pregunta por qué tenemos una cicatriz de doce centímetros en la pelvis.

Ahora bien. Dicho todo esto hay algo que no entenderé de las duchas de ciertas personas: ¿por qué demonios hay gente que cuando cierra la puerta y abre el grifo empieza a expulsar por su nariz y su boca sustancias que bien podrían haber pasado el casting de “Chernobyl” como los agentes radioactivos causantes del desastre? ¿Qué tienen algunas personas en sus gargantas que son capaces de emitir sonidos que parecen sacados de los graznidos del velocirraptor de Jurassic Park? Me intriga mucho saber qué hacen estas personas con esos gargajos todo el tiempo que no se están duchando. Porque si nada más entrar en la ducha son capaces de expulsarlos, significa que estaban ahí -en la garganta y la nariz- justo antes de hacerlo. Y la pregunta que me sale, por tanto, es: ¿por qué no se sonaron antes? Que a ver, está bien que esperen a ese momento íntimo y a estar con ellos mismo para soltar todo tipo de sólidos y líquidos imaginables por la nariz -faltaría más que lo tuvieran que hacer mientras esperan al metro en el andén-, pero, ¿no sería más fácil llevar un pañuelito –hijos de mi vida– y que se sonaran de vez en cuando a lo largo del día?

No sé, quizá esté exagerando, pero es que siempre he tenido mucha manía a los ruidos estos de gente sonándose muy fuerte, que parece que se les va a salir el alma por la nariz. Quizá si lo hicieran más suave… O quizá si no lo hicieran en absoluto…

Y todo esto me recuerda irremediablemente a la gente que en los conciertos de música clásica, empieza a toser en los descansos como si les fuera la vida en ello. Ya sabéis: durante los conciertos en un auditorio o en un teatro o en la ópera, hay que guardar un escrupuloso silencio durante una hora o una hora y media (hasta el descanso), y está regularmente visto -tirando a mal- que alguien tosa , se suene o carraspee durante la intervención de los músicos. Así que nada, llegado el parón del descanso, la gente por fin se resarce y puede empezar a desahogarse y a echar por la garganta lo que lleva acumulando durante esa hora. Pero, ¿en serio? ¿En serio necesitáis toser por haber estado un rato en silencio? ¿Tanto esfuerzo de continencia estabais haciendo que ahora, todos a la vez, tenéis que poneros a carraspear?.

Reconozco que quizá esto no es para tanto y que quizá haya un punto de manía personal, pero ahí dejo este pensamiento. Es un poco como cuando en una excursión del colegio de niños pequeños ninguno dice nada hasta que el profesor pregunta: ¿alguno quiere ir al baño? Y entonces todos se acuerdan de que sí, que necesitan ir al baño y que tienen pis: culo veo, culo quiero, de toda la vida.

Y bueno, hasta aquí el post de hoy. El próximo día os voy a contar mi viaje a Perú, que está transcurriendo al tiempo que escribo estas líneas (ahora lo hago desde Cuzco).

Un besote

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