La historia de las flores y el cementerio

Esto que os voy a contar hoy no es una historia inventada ni algo basado en una historia personal. Esto lo contó hace unas semanas un usuario de Twitter (@sixthformpoet) a través de un hilo (una sucesión de tweets) y se hizo muy viral porque, la verdad, tiene miga.

Dice así:

Mi padre murió. Clásico comienzo de una historia graciosa. Lo enterramos en un pueblo pequeño de Sussex (Reino Unido). Mi padre y yo estábamos muy unidos, así que iba mucho a visitarlo al cementerio. Y todavía lo hago. (TRANQUILOS, LA COSA SE VUELVE MÁS GRACIOSA).

Siempre le llevaba flores y mi madre, que también iba mucho a visitar la tumba. Y mis abuelos, que en ese entonces aún estaban vivos, no fallaban con un buen ramo en cada visita. La tumba de mi padre parecía un tercer puesto en el concurso de Flores de Chelsea.

Todo eso estaba bien, pero yo me sentía un poco mal por el tipo enterrado al lado de mi padre. Nunca tuvo flores. NUNCA. Murió el día de Navidad a los 37 años. Jamás le dejaron flores (y eso que hay una floristería nada más entrar al cementerio). Así que bueno, decidí empezar a comprárselas yo. Empecé a comprar flores a un HOMBRE MUERTO AL QUE NUNCA HABÍA NI SIQUIERA CONOCIDO.

Lo hice durante un tiempo, pero jamás se lo mencioné a nadie. Era como una pequeña broma conmigo mismo; estaba haciendo del mundo, y en secreto, un lugar mejor con un puñado de flores. Y sé que va a sonar  raro, pero llegué a verlo como un amigo.

Y un buen día me pregunté si habría algún tipo de conexión que nos uniera, un lazo invisible que me hubiera “atraído” hacia él. Quizá fuimos al mismo colegio o alguna vez jugamos juntos al fútbol en el patio de casa. Así que decidí buscar su nombre en Google. Diez segundos después, lo había encontrado.

Resulta que su mujer nunca le había dejado flores porque la había asesinado. El día de Navidad. Y después de matarla a ella mató a sus padres (de ella).  Y terminó la noche saltando por un puente por el que pasaba un tren, que terminó el trabajo que el propio golpe había empezado. Y por eso nunca nadie le había dejado flores. Era un asesino. Nadie… excepto yo, claro. Le había estado dejando flores en su tumba cada dos o tres semanas. Cada dos semanas durante dos años y medio.

Y entonces me sentí fatal por su mujer y por sus padres (de ella). Y claro, no iba a ponerme a dejar flores cada dos semanas en sus respectivas tumbas, pero sí sentía que en cierto modo les debía algo. Una especie de disculpa o algo. Me enteré de dónde estaban enterrados, compré un ramo, y cogí el coche para presentarles mis respetos. Mientras estaba en sus tumbas murmullando una pequeña oración, una mujer se puso a mi lado y se interesó por saber quién era yo y por qué dejaba flores en la tumba de sus abuelos y de su tía. Situación rara. Se lo expliqué y dijo que era raro pero tierno, en cierto modo. Y yo que sé, algo me pasó que decidí invitarla a tomar una copa. Sorprendentemente dijo que sí. Dos años después, volvió a decir que sí cuando la pedí matrimonio, porque así es como conocí a mi mujer.

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