Cuando te olvidas hasta de tu propio nombre

Perdón, perdón, que llevo unos días de retraso!!  Los que me seguís por Instagram habréis visto que estoy de viaje en África (vuelvo prontito) y he estado con el tiempo justo para poder hacer las actividades que me tenían preparadas, además de comer, dormir, respirar y darme una ducha  de vez en cuando (tampoco demasiado, que me gasto y sería una pena). El próximo post, si no surge un imprevisto -como que me toque el Euromillon y tenga que irme a celebrarlo otra vez a África-, os contaré un poco más qué he venido a hacer a Ciudad del Cabo, primero, y a las Cataratas Victoria (Zimbabue), después. (Por cierto, la escala de vuelta la hago en Kenya. Toma ya: ¡tres países africanos en menos de 6 días!).

Quería comentaros que odio estar buscando una calle o un lugar, preguntar a alguien por indicaciones  y que cuatro segundos después de que me las haya dado se me hayan olvidado por completo. Hay veces que tengo la sensación de que se me olvidan en tiempo real, casi de manera simultánea a cuando me lo van contando. 

(Baja la ventanilla)

— Perdona, ¿te suena un Mercadona por aquí? 

— Sí, mira, te lo acabas de pasar. Vuelve por esta calle, y en la rotonda que te encuentras coges la tercera salida. Luego verás un estanco y esa misma calle a la derecha.

— Venga, perfecto, gracias— sube la ventanilla y avanza con el coche sin tener idea de dónde ir, ni qué hacer… Aguanta unos segundos hasta que no ve por el retrovisor al señor al que acaba de preguntar, y vuelve a parar para repetir la operación, esta vez con la intención de concentrarse mucho para atender las explicaciones.

Esto lo cuento porque, precisamente, hace tres días nos pasó algo parecido en Ciudad del Cabo. Es verdad que no conducía yo (lo cual todos sabemos que te exime automáticamente de tener que estar atento a las indicaciones del buen samaritano de turno), pero fue tal cual. Uno de los chicos que venía conmigo al viaje tuvo la brillante idea de que nos alquiláramos una moto una tarde que tuvimos libre (también es verdad que yo tuve la brillante idea de decir que sí  y poner la pasta sobre la mesa). Y estando los dos sin internet en el móvil, nos pasó lo que nos tenía que pasar: nos perdimos. 

Y de verdad que no lo hago a propósito, de hecho estoy seguro de que a muchos de los que estáis leyendo esto os ha pasado también, pero no sé qué tipo de resorte cerebral nos juega malas pasadas en estas ocasiones. Debe ser el mismo que nos hace olvidarnos del nombre de una persona nada más haberse presentado. ¡Un nombre! Porque que nos olvidemos de unas direcciones y nos liemos con izquierda, derecha, rotonda o recta, pase, pero que nos olvidamos de cinco o seis letras nada más nos las han dicho. ¿Cómo es posible? ¿Tan concentrados tenemos que estar en pensar nuestro propio nombre al presentarnos que no podemos prestar atención y retener la única palabra que nos dice nuestro interlocutor? Porque para recordar los sesenta nombres élficos del Señor de los Anillos y los veintisiete conjuros mágicos que puede lanzar Harry Potter, parece que no teníamos tanto problema. Ahora bien, un “Juan Carlos, Elena, Mariana o Esteban” parece que son demasiada cosa. 

Y si de olvidos va la cosa, también me pasa mucho con los libros que leo. Las películas algo menos -estas las puedo retener algún año que otro-, pero los libros… Dos semanas después de haberme terminado uno, los nombres de los protagonistas me empiezan a bailar; tres meses después, el final de la trama del libro no la tengo tan clara; seis meses después , apenas me acuerdo del argumento y un años después de haberlo terminado, es como si no lo hubiera leído nunca. Las series las retengo un poco más, sobre todo los personajes que de un modo u otro me marcan (si bien es verdad que estas suelen durar varias temporadas, lo que hace que al final te pases años -literalmente- escuchando esos nombres).

Y dicho esto, me voy a la cama, que son las 2 de la mañana y en seis horas nos recogen para llevarnos a conocer una reserva de buitres, contado así como que no suena muy allá, pero estoy seguro de que en directo tiene que impresionar. Ya os contaré.

 

  • Bueno, veo que lo de preguntar no es tan pecado como yo pensaba para los hombres. Creí que antes ardía el ártico que un hombre preguntaba una dirección…pero veo que me equivoco, no es que no os guste preguntar, es que no “retenéis”, jajajajajaja, muy bueno el post, muy divertido como todos Javier.

Responder a Mónica Cancelar respuesta

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer