Cuando no sabes el nombre de una canción

Pocas cosas dan tanto gustito como descubrir, por fin, el nombre de una canción cuyo título llevabas horas buscando y no conseguías sacar. Ya sabéis, tenéis algún fragmento de la melodía en la cabeza, o conocéis alguna palabra suelta del estribillo pero no conseguís dar con el nombre; no tenéis cómo chivárselo a Shazam (la app que cuando suena una canción os dice el nombre de la misma), y el que está a vuestro lado, por mucho que intentáis tarareárselo (en vuestra cabeza identificáis claramente esos sonidos peculiares y el tono de la melodía, pero cuando abrís la boca solo suena a desatascador eléctrico) tampoco os consigue entender. Pero por fin, después de llevar un día en el que casi no habéis podido ni relacionaros con gente porque esa melodía es la que ocupa el 80% de vuestra actividad cerebral, dais con el nombre. Y ese momento… ese momento es lo máximo.

Esto lo digo porque hace unos días, haciendo una de mis actividades favoritas del mundo mundial (a saber: saltar de vídeo en vídeo por Youtube como si fueran lianas en la selva y yo fuera el mismísimo Tarzan de la red), di con un vídeo que se llamaba Canciones famosas de las que no sabes el nombre. Y nada, me puse a escuchar y… ¡BAM! ¡efectivamente!! un montón de canciones (muchas noventeras), que mi cabeza rápidamente reconocía pero cuyo título desconocía. Os dejo aquí el vídeo para alegraros un rato la mañana.

Otra cosa de la que me acordé ayer mismo –a veces me preocupan las cosas que me rondan la cabeza– es ese momento en el que el profesor, nada más terminar la exposición oral del trabajo del grupo anterior al tuyo, decía:

—El grupo que sigue lo hará la semana que viene, que hoy no hay más tiempo.

¿¿Cómo era ese momento?? Os acordáis? Eso sí que era felicidad. Eso sí que era un verdadero subidón. Y eso que, en realidad, solo servía para volver a prolongar el momento de angustia sabiendo que te tocaba exponer próximamente. Porque muy bien, ese día ya no salías a la tarima, y a lo mejor incluso tenías un par de días más para estar relajado, pero tarde o temprano iba a llegar el día que había otra vez Conocimiento del Medio y te iba a tocar salir a hablar de la Mesosfera, y ahí ya sí que ni un milagro te iba a librar… Pero así somos de niños, cualquier cosa con tal de no enfrentarnos nunca a nuestras verdaderas obligaciones. Porque, por supuesto, ese tiempo extra caído por gracia divina no lo usábamos para mejorar el trabajo o la exposición, no. Ese era un tiempo extra  bien empleado en… ¡no hacer nada! ¡bravo, niños! Igual que cuando faltaba un profesor el día del examen (buah, ese momento también era top). Había un día -quizá incluso dos- más para poder estudiar o repasar pero, ¿qué hacía el estudiante aplicado? Efectivamente: NADA. Como mucho le dedicabas una horita ese día a pegar un repaso porque ‘ya me lo sé todo’ o porque ‘total, de no saber nada a saber casi nada no hay mucha diferencia’.

En fin, nada más por hoy. Me encantaría felicitaros el año, más que nada porque es lo que se hace estos días, pero eso sería contrario a lo que, en este mismo blog, manifesté hace unos años: estoy en contra de lo establecido y de las cosas impostadas. Y, amigos, felicitar el año es un topicazo que se dice más como coletilla que porque realmente se sienta y salga de dentro. ‘Hola, buenos días, feliz año…’. Yo os deseo no un feliz año, sino un feliz cada minuto de vuestras vidas, que es un poco el mismo  cliché pero más intenso y más duradero 🙂

Besos!!

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