Esperar, esperar, esperar.

Odio esperar. 

Esperar la cola en la caja del supermercado, esperar con el ticket de la carnicería en la mano, esperar mientras el chico de delante paga esos pantalones pitillo y la camiseta chunga que se acaba de comprar. Esperar los resultados de una prueba médica, esperar a que se duerman los niños para poder tener tu tiempo, esperar un semáforo (y otro, y otro), esperar al bus, al metro y al embarque del avión.

Esperar a que te traigan el café con leche (“que ya va, que sí, ¿que no ves que hay cinco mesas delante  y estoy yo solo para atenderlas todas?”), esperar a recoger el coche de alquiler, esperar a que se calienten los pimientos rellenos de carne picada en el horno, y esperar a las 22.30 a que empiece tu serie favorita… Esperar, esperar, esperar.

Esperar la llamada de un cliente que ha decidido que yo soy su mejor opción.

Esperar a que salgan los resultados del examen de Selectividad, esperar a que convoquen nuevas oposiciones (“que ya llevo dos años y medio estudiando y aún no hay ni rumores). Esperar a que me llamen después de la entrevista de trabajo de la que salí tan ilusionado (“nos pondremos en contacto con usted apenas hayamos decidido algo”). Esperar los 7 minutos que me dice la APP del Ayuntamiento que tardará el bus 54 en llegar.

Esperar hora y media en el casting para que vean primero a esos catorce maromos y tíos buenos que van delante de mí y que cuando sea mi turno piensen: “mira este no está mal, pero el tercer chaval ha dejado el listón muy alto…”. Esperar hasta las 20.00 del domingo para que salga el recuento final de las últimas elecciones autonómicas. Esperar a que renderice el vídeo, a que se carguen todas las fotos en el LightRoom y a que el ordenador procese toda la información del retoque.

Esperar a que el móvil cargue del 3 al 40% para poder salir de casa (ay, los problemas del primer mundo). Esperar a que me sienten en ese restaurante tan de guiris del centro de Roma que promete “la mejor pizza de la ciudad” por menos de 12€. Esperar  a que me toque el Euromillones (que claro, si sigo sin jugarlo ya puedo esperar sentado…)

Odio esperar.

Esperar a que te decidas, esperar a que me concedas un café, una charla, un paseo y un beso. Esperar a que tu corazón decida darme una oportunidad; esperar a que me digas que sí.

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