Las sombrillas de playa

Qué sería de las costas españolas sin la manta multicolor que forman las sombrillas desplegadas cerquita de las orillas. Porque las sombrillas son, sin duda, unas de las protagonistas del verano en general y de la playa en particular. Y creo que todos -o al menos yo- vivimos diferentes etapas en nuestra relación con ellas:

Hasta los 13 años, las sombrillas, simplemente no existen. O sea, están, pero tú no las ves; solo te metes debajo bajo mandato de tu madre y  lo extrictamente necesario: los sesenta y cuatro segundos que tarda en darte crema. Salvo ese rato, un niño no la quiere ver ni en pintura, todo lo que ocurre debajo es aburrido o implica no moverse, o sea, ¡¡mal!!

A partir de los 13 años y hasta los treinta y tantos, la sombrilla representa la caspa, lo viejuno, lo hortera y lo dominguero. O sea, todo en lo que un adolescente o un univeritario no quire convertirse. “A la playa -piensan no con poca razón-, solo llevan sombrilla los padres y los abuelos”. La sombrilla de los veinteañeros se llama cama balinesa, está en un club de playa y cuesta unos 300€ el día. Todo lo que no sea eso, se descarta.

Y por fin entramos en el tramo de mediados de los treinta en adelante. Ese grupo mayoritario de la población ya empieza a saber de la vida y entiende que pagar 5€ por dejar el coche en un parking en vez de estar 35 minutos dando vueltas, compensa. Ese grupo que sabe que pasar frío no merece la pena y que más vale ponerse una chaqueta en las noches de verano cuando refresca que desafiar las leyes de la lógica para ir enseñando musculitos o ir luciendo piernas…

A partir de cierta edad empiezas a concienciarte de que estar 5 horas bajo el sol directo en Barbate tiene que ser malo para todo. Empezando por el cáncer de piel que puedes desarrollar y siguiendo por la mala leche que se te pone por estar con el sol to´el día encima . Además, leer o intentar hacer crucigramas a plena luz del sol es muy incómodo, y si te pones las gafas de sol ves regular. Así que, sin saber muy bien cómo ni cuándo ni por qué has llegado a esa situación, un buen día te descubres parando en un supermercado a pie de carrretera en un remoto pueblo de la isla de Ibiza, para comprar una sombrilla para protegerte.

Y vas en el coche orgulloso y feliz porque sabes que has hecho una buena compra: esos ocho euros van a ser amortizados en  las dos primeras horitas de playa. La has comprado de color azul marino, así, algo discreta (que estás contento de tenerla pero tampoco tan orgulloso como para comprar una de rayas de colores que se identifique desde toda la costa). Y llegas por fin a primera línea de playa (porque eso es algo que las sombrillas y tumbonas del chiringuito no van a poder tener), y sacas la sombrilla de su funda dispuesto a incrustarla en la arena como si fueses un caballero medieval  clavando la espada en la cota de malla de su enemigo, y aquí llega algo que no habías previsto: clavar una sombrilla en la arena requiere técnica. Es más, tiene mucha técnica y mucho manual de este que aún no se ha escrito pero que tiene que saberse porque es una de esas cosas que la vida te enseña. Yo en realidad no lo había pensado, pero sí que tengo la imagen de mi juventud de señores de cincuenta en adelante (porque siempre eran señores, nunca señoras), clavando con ganas el palo y luego dándole una especie de vueltas de molinillo a lo aspas de ventilador (de izquierda a derecha y luego a la inversa), como taladrando el suelo. Hacían unos agujeros que ya los quisieran muchas constructoras para los cimientos de edificios de cinco plantas. ¡Mamma mía, qué tesón y qué ganas!

Y claro, yo  hoy me he visto con el palo blanco en una mano, con más ganas que aptitudes, y he hecho lo que he podido: un discreto agujero en el suelo, que no llegaba a los 10cm de profundidad y que, sinceramente, menos mal que estábamos en el mediterráneo y hay poco viento porque si no me habría quedado sin mi sombrillita antes de la segunda hora de sol. Y a ver cómo pasaba yo un día entero a la intemperie y sin una triste sombra, que uno ya tiene una edad y no está para tostarse demasiado…

En fin, debajo de la sombrilla o en una cama balinesa, cuidadito con el sol!

  • Clavar una sombrilla en Tarifa y que no vuele es para ponerlo en el CV, eso sí las de aluminio de cierta tienda de deportes salen volando cual paraguas de Mary Poppins.

  • Soy de las que odia la sombrilla!!! No me gusta nada ir cargada a la playa, ni nevera ni sombrilla ni nada de nada. Solo llevo toalla y cremas jajaaaja

    Besiiss

  • Javiiii!!!
    Ay,la sombrilla…qué manía me daba de pequeña y qué necesaria hora,cuánta razón!!!
    Yo,todos los años,hago lo mismo…Compro una en mi lugar de vacaciones y después la abandono en el hotel en el que me he hospedado,ya que me parece un zarrio estorboso,jajajaja!!
    Un besazo,bombón!!

    • Exacto, así es! Yo también estoy empezando a hacer eso. La cantidad de sombrillas abandonadas que tiene que haber… 🙁

  • pues la nuestra voló en un plis cuando estábamos en Cala Salada hace unos 3 días…Una vergüenza 🙂 que al final, la volvi a cerrar y no la he vuelto a abrir en toda la tarde.
    El truco? Coger siempre las del hotel y asi no la tienes ni que dejar, ni que cargar en el avión 🙂

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