Adiós a las gafas

“Vacíen sus bolsillos y dejen los objetos sensibles de caerse en las bandejas de su derecha”. Bien podría ser la frase de turno que cualquier miembro de seguridad suelta de carrerilla debajo del detector de metales de un aeropuerto o una delegación de Hacienda, pero no. En este caso la frase la dijo ayer, también de carrerilla, un mocetón cuya función principal consistía en asegurarse de que los sistemas de seguridad de la atracción (una montaña rusa) no fallaran. Y advirtió no una, sino dos veces. Como si pudiera intuir que la primera vez no solo no le estábamos prestando atención, sino que mis dos amigos y yo estábamos despachándonos a gusto con la peculiar forma de vestir de los dos púberes (es que no llegaban ni a adolescentes) que habían compartido fila con nosotros durante más de cincuenta minutos.

Y yo, que soy muy dado a cenar con Coca Cola light pero no a hacer caso de los consejos e instrucciones que se me dan en los parques de atracciones, ignoré al pobre chico. Y más chulo que un ocho, en vez de dejar las gafas de sol en la bandeja junto al trenecito (solo tenía que alargar la mano, qué me hubiera costado…) decidí dejármelas puestas aún sabiendo que esta montaña rusa tenía una particularidad: dejaba el coche invertido. ¡Boca abajo! 

Y el cochecito (o trenecito o vagón, cómo demonios se llame a los cacharros que van por las montañas rusas) salió de su zona de confort (la de recogida de pasajeros) y con relativa lentitud pero con todas las ganas del mundo, comenzó a subir en vertical (sí, en vertical) para hacernos pasar un buen puñado de nervios y mucha sensación de arrepentimiento. A medio camino, a unos quince metros de altura, con la cara apuntando al cielo (por favor, dedicad un segundo a imaginar la postura) recuerdo que me toqué las gafas de sol como para asegurar; como quien se toca el bolsillo trasero del pantalón antes de cerrar la puerta de casa para asegurarse de que tiene la cartera o el estudiante que echa un último vistazo a los apuntes justo antes de sacar la hoja de examen. Total, que fui a tocar las gafas, que obviamente estaban ahí porque mi cuerpo estaba mirando arriba, como acostado (para que os aclaréis: sentado como un astronauta mientras sube al espacio).

El problema llegó en el giro. Amigos, el giro; cuando el trenecito volvió a torsionar 90% primero (y sobre sí mismo después) y, de estar mirando al cielo, nos quedamos mirando suelo. Y lo de mirar al suelo duró poco, porque entre los gritos, el pánico que no te dejaba realmente ver más que tu propio miedo, y que de la nada aparecieron unas gafas en caída libre, nadie se pudo concentrar en disfrutar de la atracción. Todo esto duró muy poco, ya os digo, no más de tres segundos, pero fue lo suficiente para que los veinte que íbamos subidos en ese cacharro las viéramos caer. Como si además de caerse ( y por si hubiera sido poco), las gafas hubieran tenido tiempo de lanzar algún tipo de señal imperceptible para que todos dirigiéramos la vista hacia ellas. Para cuando quise fijarme en dónde caían (para ir después en su busca) la cabeza (y el cuerpo entero, por fortuna, sino hubiera supuesto un disgusto) me pegó un meneo que casi me deja en el sitio: el trenecito había decidido seguir su curso y eso empezó a bajar tan vertical como había subido pero cien veces más rápido.

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El resto es historia. La atracción terminó, nosotros nos fuimos a casa y nunca más supe de las gafas. Esas gafas que un día fueron mías pero que habían previsto su futuro lejos de mí. En algún sitio cayeron, de eso no hay duda, así que ojalá alguien pueda disfrutarlas tanto como lo hice yo… snif, snif… Adiós, amigas, adiós.

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