Relato de verano, parte II: un beso con sabor a sal

(Continuación Parte I. La historia entre la protagonista y Jean, sube de nivel: “Lo entendía todo sin que dijera nada. Y en ese momento, sin pensar más, cerré los ojos y me dio un beso. Un beso cargado de impaciencia, de deseo y de ganas”).

…Jean era cariñoso y muy detallista. Pasamos horas y horas hablando durante ese viaje; hacía mucho que no tenía esa complicidad con alguien y no pudimos separarnos hasta que nos fuimos de la isla. Hablábamos en una mezcla de inglés, español, italiano, gaditano y lengua de signos.

Claro, esto provocaba muchas risas y lo hacía aún más divertido. La misma noche del día que nos conocimos, fuimos todos a tomarnos unas cervezas en la playa, nos habíamos enterado de que un grupo de batucada hacía concierto, y nos pareció un plan de los que no puedes decir que no porque sólo pueden terminar siendo un éxito. No cabía ni una estrella más en el cielo, y los tambores sonaban mientras las sombras de las antorchas de fuego bailaban sobre nuestros cuerpos (perdonad la cursilada, pero es que fue tal cual). Y risas, sólo escuchaba risas. Sofía abrió la veda y empezó a bailar, a proyectar la pelvis al frente (un poco como Shakira pero salvando las distancias: ¡mi amiga lo hace mucho mejor!) y a lanzar los brazos arriba con ritmo espásmico; estaba radiante, su piel bronceada destacaba con el vestido blanco que se había puesto y la flor en el pelo para recoger melenón ondulado le daba un punto tan sofisticado como hippie. Enseguida me sacó a bailar y sin pensarlo me uní a ella. Qué noche más bonita pasamos. Y Jean… Jean estaba ahí. Sentado en la arena. Porque los chicos como él, los chicos que desprenden carisma, los chicos que conjugan esa seguridad en sí mismos y ese punto de humildad que les hace comerse el mundo, no se sientan en una silla pudiendo hacerlo sobre la arena.

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Y recuerdo que Sofía me dijo algo de la guitarra que tocaba uno de los músicos, y que me señaló por no sé qué razón un punto lejano del horizonte, pero a partir de ahí, ya sólo recuerdo a Jean; lo primero que noté fue su antebrazo sobre mi cintura para, apenas medio segundo más tarde, sentir el resto de su cuerpo pegándose a mi espalda. Todo se ralentizó. Como los días en los que hace frío y te cierras la chaqueta, Jean cerró su brazo y me apretó contra su cuerpo con tal intensidad que me hizo lanzar un suspiro. Yo, que sentí esos segundos como si fueran horas, cerré los ojos y no pude más que recibir un escalofrío cuando apartó parte de mi melena para liberar el cuello. Recuerdo que sentí casi de manera simultánea un soplo de aire y el contacto de sus labios con mi cuello, pero ya no sé si el aire fue por el viento o fue él susurrándole algo a mi piel… La batucada seguía tocando con ritmo duro, así como yo me imagino que suenan los tambores en los carnavales de Río, pero nuestro tempo, nuestro ritmo, iba por otro lado. Nuestros cuerpos, en realidad, no bailaban: se seducían. Después de unos movimientos que duraron dos o tres minutos, no aguanté más y me di la vuelta: quería verle la cara.

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Mirándole directamente a los ojos, Jean me intimidaba. Parecía querer decirme tantas cosas con su mirada… quería gritarme. Quería que supiera que para él, ese momento, estaba siendo tan especial y mágico como para mí. Y yo, a la vez, con la mía quería decirle que lo estaba entendiendo, que entendía cada parpadeo y cada gesto de sus ojos. Cada amago de sonrisa y cada pliegue de piel de su cara. Lo entendía todo sin que dijera nada. Y en ese momento, sin pensar más, cerré los ojos y me dio un beso. Un beso cargado de impaciencia, de deseo y de ganas. Un beso con sabor a sal.

Lo malo de conocer a alguien en vacaciones, y que encima no es de la misma ciudad que tú es que sientes que vas a contrarreloj. El romance durará, la mayoría de las veces, lo que duren las vacaciones. Eso sentía con él. Nos quedaban cuatro días por delante para disfrutar el uno del otro. Cuatro días que en según que casos podían ser una eternidad; como por ejemplo, cuando en mis veranos de adolescente me tocaba pasar unos días en Guindalera, en casa de mis tías Maruca y Alberto. Ese pueblecito, todo lo que tenía de mono lo tenía de aburrido. Mis amigas veraneando todas en el sur de la isla, y yo esos días condenada al ostracismo de un pueblo de la Mancha de cuatro casas de piedra, una mercería, un puestecito de Loterías y un bar con señores que jugaban al dominó. Ahí, cuatro días eran una verdadera eternidad, pero me daba la impresión de que ahora, con el Mediterráneo enfrente, un bote de crema y las gafas de sol a un lado, Jean al otro, y la toalla debajo, iba a ser diferente y los cuatro días no iban a durar más que un suspiro (aish…).

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Yo, los romances de verano siempre los había visto en las películas, pero nunca hasta ahora me había pasado. Y no sé si es la mezcla del sol, playa, amigos, diversión lo que lo hace al romance de verano más especial que cualquier otro en otra época del año, pero el caso es que lo es. Esa noche, al llegar al apartamento, estuve hablando con Sofía y Lola. No podíamos creer lo que nos estaba ocurriendo. A Lola también le encantaba Marco (esa complicidad especial saltaba a la vista) pero aún no había pasado nada entre ellos. Sofía tenía novio desde hacía dos años, y justo tres meses antes de este viaje se habían mudado juntos. Estaba muy enamorada (aún lo está, claro) y su relación estaba en velocidad de crucero, es más, tenía sospechas de que en cuanto volvieran de este viaje, él le pediría matrimonio: unos días después de nuestro viaje, ella y su chico tenían planeados una semana en La Toscana. Lola y yo lo veíamos claro y le decíamos que ojo porque su chico iba a hincar rodilla. Y parece que sí, que la hincó. La rodilla. Y , por supuesto, Sofía le dijo (estaba cantado) que claro, que sí, que ya era hora y que “iban a faltar meses en el mundo para preparar la mejor boda de la historia”. Todo esto para contaros que Sofía, a pesar de tener su vida muy encarrilada, es muy independiente, y que no es la típica amiga que cuando se echa novio desparece del mapa. Ella no. Los viajes, las escapadas, las cenas y los planes con amigas nunca se los pierde. Y, por supuesto, también disfrutó como una enana con los nuevos amigos que habíamos hecho.

Al día siguiente, Jean me propuso un plan para nosotros dos solos. Yo, sin ninguna duda, acepté. Él había alquilado una moto de estas pequeñas tipo Vespa (la verdad, no entiendo nada de coches y motos, así que no sabría decir la marca, sólo sé que era roja y que tenía una pegatina con la silueta de una sirena justo en el asiento. Me recogió a eso de las once y media y me llevo a una cala perdida. A una cala que sólo estábamos él y yo. Parecía que la había reservado para nosotros.

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Trajo una bolsa llena de fruta cortada y bebidas (os dije que era detallista) y allí, y así, pasamos el día. Fue un día inolvidable. Nos dio tiempo de conocernos más, de jugar en el agua y hasta de dormir la siesta debajo de la sombrilla. Durante todo el día, sólo una pareja de chicos con su perrita se asomaron por la cala. A Jean, por cierto, le faltó tiempo para ponerse a jugar con el Cocker, y eso me encantó. Luego me contó que casi toda la vida había tenido mascota pero que ahora, por falta de tiempo y espacio, no podía y lo echaba muchísimo de menos. Poco a poco sentía que mi unión con Jean crecía; me sentía tan a gusto con él… Esa sensación cuando alguien te besa y desaparece todo lo que tienes alrededor y lo único que existe eres tú y esa persona. Eso lo sentía yo continuamente. Con cada beso, con cada palabra y con cada mirada suya.

Esa misma noche era noche de chicas. Las tres nos arreglamos y nos fuimos a cenar a un italiano en el puerto marítimo. Fue una cena agradable en la que pasamos la mitad del tiempo hablando de los italianos y el resto se dividió entre anécdotas de hace años y las típicas críticas a alguna de las que no había venido al viaje; en principio íbamos a ser siete, pero entre que siempre hay alguna que anda mal de dinero, otra que no puede coger vacaciones, alguna que prefiere gastarlas con su pareja, y la típica que pone una excusa tras otra por vergüenza a decir que no le apetece, nos habíamos quedado en una lista exclusiva (así quiero pensar yo) respecto al plan original. Pero oye, casi mejor, quizá siendo siete las cosas no habrían salido como están saliendo, así que tampoco merecía la pena seguir ahondando en ello.

(Continuará…)

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