Relato

Si no fuera ladrón, probablemente habría sido administrativo como lo fueron mis padres. O taxista. De pequeño recuerdo que quería ser taxista porque pensaba que, al estar tantas horas con gente, tenían que escuchar un montón de historias sorprendentes. Pero una vez hablé con uno y me dijo que no, que en realidad la mayoría de las veces el cliente no quería hablar y que, cuando lo hacía, era para quejarse de todo. A partir de ahí, ser taxista me pareció solitario, triste y creo que hasta doloroso.

A veces me pregunto cómo serían las cosas si hubiera ejercido una profesión normal. Una de esas de levantarse a las 8:00, desayunar un par de galletas (y rápido, que hoy te has vuelto pasar con la ducha), meterse en el metro, empujar y que te empujen, llegar a la oficina, hacer tus cosas —o hacer que las haces—, quejarte a tu compañero Martín del poco tiempo que tienes para ir al súper, jugar al pádel y terminar la maqueta de trenes escala 1:22 que lleva años empezada. Volver a coger el metro, leer un par de capítulos más de Contra viento y marea en el Kindle que te regalaron los Reyes el año pasado, mientras haces equilibrios apoyando el hombro con la barra de metal del centro del vagón. Llegar a casa, cenar y acostarte, no sin antes planchar muy por encima la camisa de rayas que vas a ponerte mañana para ir a currar.

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Pero está claro que cuando llevas toda la vida robando carteras del fondo de bolsos con tamaño de balsas, picando relojes, y hurtando pequeñas joyas de habitaciones de hoteles (esto lo descubrí hace poco y sin duda ha sido de lo más lucrativo de mi carrera), no hay mucho sitio para ti en el mercado laboral ordinario. Ni tampoco lo quiero. Estoy bien así.

Mi padre no fue el mejor padre del mundo, él me enseñó cómo elegir a la víctima (siempre tiene que ser mayor de 60 años porque pierden reflejos y, si te pillan, les costará correr), me enseñó a tropezar torpemente con alguien por la calle para, una vez en el suelo, mientras disparo tonterías por la boca y le ayudo a levantarse, deslizar la mano al bolsillo interior de su americana y sacar lo que lleve ahí dentro, y me enseñó que en los combinados el hielo dura más cuanto más grande sea el bloque.

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Mi padre, que lo único que hizo bien en su vida fue robar y enseñar a robar, fue de esa gente que pasa por la vida como por obligación. Que pasa sus cincuenta y tres años de vida como quien espera en el dentista para que le empasten una muela: sin ganas y con prisa por terminar. Siempre con el gesto marchito, con esa aura taciturna, ese semblante lúgubre y funesto. No sabía preparar unas torrijas, hacer un baño maría o cocinar unos vulgares carbonara. ¡Pero si no sabía ni freír un miserable par de huevos fritos! Menudo inútil. Eso sí, robaba como los ángeles. Tenía labia, destreza, técnica y muy poca vergüenza. Y carecía por completo de escrúpulos. Si no robaba a los chavalines de 12 años que bajaban con 15 ptas. a comprar el pan, era porque las consecuencias penales si te pillaban sumaban el agravante de asalto a un menor, no era por compasión del niño.

Pero en realidad, aquí empieza y termina el vínculo de mi padre con esta historia. Él me enseñó todo lo que sé sobre mangar, birlar, sisar o como queráis llamarlo. Punto.

Lo que os quería contar hoy poco tiene que ver con esto. Más bien tiene que ver con el golpe más complejo, más elaborado, más audaz… y más desastroso que he dado nunca: el robo del arcón de oro de la Condesa de Valdivia. Pero para hacerlo, para contaros cuándo, cómo y el por qué lo hice (esta última es fácil: lo hice porque quise) tendréis que esperar un segundo, porque ha entrado su Señoría en la sala y va a cantar el veredicto:

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— Declaro al señor Domingo Puncel culpable de los cargos de robo con intimidación y violencia, así como de homicidio involuntario y tentativa de secuestro. Declaro, asimismo, que es más feo que un frigorífico por detrás.

—Protesto, Señoría.

—Denegada. Prosigo: por todo esto, y mucho más, después de la publicidad. Ja,ja, soy un cachondo. En fin, que a chirona.

—¿Perdón?

— ¡A la cárcel, al talego, a la trena, a prisión! Se levanta la sesión.

Pues nada, amigos, ya lo habéis oído. Creo que a partir de ahora tendré más tiempo para escribir la historia con calma y sin la presión de tener a la poli en los talones… Sed buenos, que ya seré yo malo por vosotros.

  • ¡Hola Javi! Buenos días desde la libertad jajaja… Me has dejado boquiabierta y alucinando por momentos. ¡Menuda imaginación tienes! ¿Para cuándo vas a escribir el libro? Yo te lo compraré seguro y, supongo que, algunas cuantas más también lo harán.
    Te sigo leyendo.

  • Eres sorprendente! Genial ese relato!
    Tienes un algo para escribir sin duda.
    No quería estar en otro blog escribiendo pero te haces de querer eh!
    Que tengas una feliz semana santa o más bien Joyeuses Pâques estando en París!
    Yo te saludo desde mi querida Francia en Grenoble!
    Pasátelo genial.
    Besos super crack!

  • Javi..tu lo que eres es ladrón de suspiros!!!. jajajaja. Relato interesante, bien escrito, con suspense, divertido…Ahora nos vas a tener que seguir actualizando desde la trena ;).
    Feliz Semana Santa..y ..espero que seas malo malísimo…
    Te sigo leyendo…
    Besos
    María

  • Buenas noches Javi 🙂

    Muy bueno el relato, me dejas con ganas de leer otro. Nunca dejas de sorprendernos.

    Hasta mañana y a seguir disfrutando, besitossss

  • Si de ladrón te va bien… ¿para qué cambiar? jajajajajaja Me ha gustado!!!! La foto de Tom Cruise también, buena elección 😉
    Que tengas buen fin de semana, yo ya estoy de vacaciones 😀
    Besos!!!

  • Increíble Javi, increíble… El próximo uno de los bonitos, de esos que los lees y se te saltan las lágrimas (si, aunque no lo pusiste en aquel post, también nos gusta llorar mientras leemos cosas bonitas)

    Yo siempre he querido robar un banco (mi tía trabaja en uno y una vez se lo dije con los de prosegur al lado y no les hizo mucha gracia) y, visto que eres tan buen ladrón, un día quedamos y cortamos los flecos que tiene mi plan, si quieres, claro (las ganancias 50-50).

    Besazos Javi.
    Que tengas una feliz semana

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