El viaje emocional

Vista del casco antiguo de Cehegín desde el Paseo de la Ermita de la Purísima Concepción. Muy cerca fueron a la escuela mi madre y sus hermanxs.

 

Deseo que encuentres todo lo que buscas, me dijo el dueño del colmado al que había ido a comprar, cuando le expliqué que esta Semana Santa no iba a realizar un viaje geográfico sino sentimental.

Porque estos días volví al pueblo donde pasé muchos veranos de infancia y en el que compartí tantas historias con mi abuelo, ese abuelo que no era sólo mío, sino del mundo, y al que tanto echo de menos.

Seguro que tú también tienes un destino así, al que llegas siguiendo un mapa emocional.

Con mi tía Isabel, excelente guía, durante uno de nuestros paseos al atardecer.

 

Buscaba reencontrarme con un olor: el de fruta almacenada, lumbre y naranjos. Aire seco de pino. Bajé el cristal de la ventanilla nada más pasar la primera rotonda tras la autovía y estaba ahí.

Buscaba reencontrarme con el calor de mis tíxs, que saben abrazar intensa y libremente, dejándote claro su amor sin oprimirte; o el de las amistades que hace años que no ves pero con las que retomas la conversación como si te hubieras visto ayer. Y celebré con todxs ellxs bebiendo vino de Jumilla y saboreé esos platos de arroz que surgieron de la estrechez pero que no pueden ser más ricos (caldero del Mar Menor en la costa, arroz con caracoles serranos y conejo en el monte).

Junto a lxs mejores embajadorxs de Cartagena: Esther (aka “Maestra Rosa Palo”) y Luis (o “El Sabio Señor de Cuenca”), que saben celebrar la vida y aman la cultura.

Caldero con allioli.

Café “asiático”, fórmula insuperable para disfrutar del café en Cartagena. Origen de esta imagen y de la anterior: Google.

 

Buscaba reencontrarme con las huellas de infancia de mi abuelo: la escuela nocturna republicana; la plaza donde vio por primera vez un espectáculo de títeres y supo que el mundo podía ser distinto; la antigua almazara; el lugar junto a la ermita donde su padre murió frente a todxs por la falta de una atención médica y la escasez… Pude ir, pude reconocerlos y pude sentir que mi abuelo estaba ahí, porque en todas partes está.

En la antigua almazara de El Escobar, hoy reconvertida en un excelente restaurante.

Una de las últimas casas del casco antiguo de Cehegín y un gato curioso.

 

Buscaba volver a nutrirme con la sabiduría de las expresiones que habitan sus calles y habitaciones, porque sí, hay comidas que “abrigan el estómago”, gente “más lista que un reloj despertador” y, efectivamente, “la felicidad no tiene disfraz”.

Posando con absoluta naturalidad desde las ruinas de la Ermita de San Sebastián.

Fachada de la Basílica de la Vera Cruz, en el Castillo de Caravaca de la Cruz, a pocos kilómetros de Cehegín.

 

Buscaba revivir esa belleza en la arquitectura: en las casicas blancas, los palacios coloridos y las torres iluminadas. Y una tarde, en uno de los acostumbrados paseos al atardecer, mi tía me dijo: Tú, que has conocido tantos lugares y hablas de tantos sitios, habla también de nosotrxs. Cómo no hacerlo, si es uno de los pueblos más hermosos que he caminado nunca.

Plaza del Santo Cristo. Desde ahí, si tomas la cuesta Moreno hasta la Plaza del Mesoncico, alcanzarás la Calle Mayor y disfrutarás de un recorrido que nada tiene que envidiar al de los pueblos italianos.

Paparajotes. Imagen vía Google.

 

Todo eso buscaba y todo eso encontré. Sólo me quedó comer paparajotes (hojas de limonero rebozadas), pero hasta del granizado de cebada de mi niñez pude disfrutar. Así que no me puedo quejar y sí tengo excusa para volver.

Deseo que tú también hayas hecho este viaje emocional, y que si lo tienes pendiente pronto lo puedas realizar.

 

Vista nocturna del casco antiguo de Cehegín desde las ruinas de la Ermita de San Sebastián.

 

Gracias a toda la familia y a las amistades que nos han acompañado estos días. Ha sido un regalo maravilloso.

A lo La La Land (o UPA Dance) en el casco antiguo de Caravaca. Porque lo rural no quita el postureo.

 

Un abrazo enorme.

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