El padre de Fernando y los tesoros

En esta foto antigua hay esfuerzo, belleza y dignidad

 

El padre de mi compañero de clase era basurero. Teníamos 8 años y en aquellos tiempos ocho años significaba mucha ingenuidad, no como ahora. Fernando se llamaba el chico, y un día se presentó en clase con una marioneta de Pinocho. No cualquiera, el de Disney. Le faltaba el trozo de una mano, como si la ballena se lo hubiera comido,  traía las ropas y el rostro magullados. Y a mí me pareció un tesoro mayor que si estuviera intacta.

En otra ocasión vino con un coche deportivo rojo, pequeño, cabía en la palma de la mano, de esos que se convertían en robots. Cuando lo transformabas le faltaba un pie (¿o era una rueda?), pero aquello no le restaba mérito ni ingenio.

¿Cómo consigues estas cosas? Fernando dudó antes de responder. Va, venga, dínoslo. Finalmente cedió, con un suspirito: es que mi padre es basurero.

El padre de Fernando trabajaba de noche, en la parte trasera del camión de la basura. Subía contenedores y bolsas, y todos los desperdicios sueltos. A veces una bolsa se abría tímidamente o del cubo surgía una de aquellas sorpresas infantiles y las apartaba. De madrugada, al terminar su jornada, antes de meterse a la ducha y acostarse, limpiaba como podía los tesoros y los dejaba sobre un papel absorbente en la mesa de la cocina. Un Espinete al que se le había borrado un ojo, un perro de peluche mecanizado que andaba pero no ladraba, hasta una planta carnívora con el tiesto roto.

A Fernando le despertaba antes el sonido de la lavadora centrifugando el uniforme de su padre que la llamada de levantarse de la madre. ¿Habría sorpresa sobre la mesa? Qué felicidad cuando así era.

En aquellos tiempos el padre de Fernando, y su oficio, eran los ganadores. Sin embargo, al cabo de unos cursos, al mismo ritmo que perdíamos la ingenuidad, nos envolvía la malicia y conocíamos el estigma del clasismo, los tesoros empezaron a aparecer sucios y malolientes frente a nuestros ojos y narices. Grotescos en sus amputaciones. ¿Cómo podía competir la marioneta manca de Pinocho con el viaje a Disneylandia que le regaló a Pilar su padre, dueño de un videoclub? Y Fernando, atemorizado ante la posibilidad de que empezaran a decirle que él también olía, se avergonzó de su progenitor basurero, quien dejó de traer nada y casi de mirar hacia arriba.

Tuvieron que pasar muchos años para que pudiéramos liberarnos de algunos prejuicios y recordar con ternura, magia y fascinación aquella marioneta manca o el Espinete tuerto. Para que viéramos la dignidad y el amor puestos en la jornada laboral del padre.

Y aún más para reconocer la sabiduría de la gente capaz de encontrar tesoros en lo que para otros son desperdicios. Así sean personas, plantas u objetos.

Sepamos valorarlo, sepamos valorarlxs.

Dedicado a todas las personas que velan porque nuestros hogares, espacios de trabajo, calles, hoteles, ropas… estén limpios. Ojalá nuestra mirada también se vuelva.

Mi idea de felicidad

 

Este pequeño relato, basado en una experiencia real de infancia, lo escribí en Semana Santa. Como algunxs sabréis por las redes, tuvimos el privilegio de pasarlas en Cadaqués, en el mismo piso donde se alojaron muchxs artistas. Han sido días preciosos y productivos. Deseo que vosotrxs también hayáis disfrutado, y que si no ha podido ser, pronto sea posible.  

 

Un abrazo enorme.

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