Las recetas son cartas de amor

 

Las recetas de cocina son unas de las cartas de amor más poderosas. Porque derriban muros y sus efectos terminan entrando, literalmente, dentro de nosotrxs.

En cuerpo y alma.

Las recetas son puentes que unen personas y culturas.

Sé que no descubro nada pero hace poco, escribiendo mi última novela, fui consciente de ello. Y de cómo la cocina había conseguido tender lazos entre mi abuela materna, mi madre y yo. Porque yo nunca tuve conexión con mi abuela. Al menos no en lo aparente. Su mundo y el mío eran opuestos. Creo que no me equivoco si os digo que fuimos una decepción continua como abuela – nieto, pero llegaba el momento de cocinar y todo cambiaba. Estar cerca de ella mientras preparaba el glorioso arroz, o unas patatas a lo pobre (en realidad todo lo que ella preparaba era sabio y sencillo) transformaba nuestro pequeño universo en un espacio apacible. Deseable.

Los mejores recuerdos que tengo junto a mi abuela son en la cocina de leña (también tenían una de butano), junto a la lumbre, cocinando primero,  dándome recetas después. Anécdotas de posguerra mientras se asaban patatas o pimientos hicieron que nuestra red no se deshiciera. Y lo mismo con mi madre.

Lady Laca y yo podemos no estar de acuerdo en infinidad de aspectos, pero es una excelente cocinera. Sus salsas (en las que intuyes la mostaza Louit) hacen saltar las lágrimas de emoción. No le pidáis postres, pero a cambio os sorprenderá con una empanada decorada, o con un guiso cuya elaboración requiere de dos días.

Todas nuestras discusiones desaparecen si hablamos de cómo prepara ella un plato o lo hago yo, de un sofrito o de sus croquetas al horno con leche vegetal -que no empachan-.

Hay quienes demuestran mejor el afecto y el cuidado con un fogón que con una palabra, quizá porque no escucharon ciertas frases pero sí aprendieron a cocinar y a cuidar con un guiso.

El truco es saber verlo y encontrar el amor en el calor de un plato. Yo tardé en aprender a no buscarlo donde no estaba, pero conseguí escuchar el amor en el sonido de una cafetera al fuego y no en la voz.

Si yo fuera presidente no tendría un salón oval, sino una cocina oval. Si yo fuera religioso quitaría los confesionarios y pondría fogones. Y pondría más cocinas en las escuelas, e invitaría a lxs abuelxs a cocinar con sus nietxs y con lxs nietxs de lxs otrxs.

Porque una cocina también es una unidad de cuidados intensivos. Una máquina del tiempo, un soporte para la memoria. Un mapamundi, un vehículo y un pasaporte.

En estos tiempos pandémicos disfrutar de cocinar, de la respuesta de quien recibe nuestros platos (o los ajenos) se ha convertido, de nuevo, en un valioso placer.

Cuidemos de quienes cocinan, de quienes nos cocinan. Gracias abuela por recordármelo.

Mucha fuerza para todos los negocios de restauración que luchan por sobrevivir y seguir ofreciéndonos su saber hacer.

 

Un abrazo enorme.

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