I ❤ Benidorm

¿Me gusta Benidorm? Evidentemente.

 

Siempre quise conocer Benidorm. Todos en mi familia lo saben. De hecho uno de los últimos regalos de mi abuelo fue una fotografía que él mismo realizó de la ciudad desde el autobús del IMSERSO.

Calle de los Gatos, en el casco antiguo de Benidorm.

 

Mareá, qué hermosura de edificios, Agustín. Y probablemente también hubiera podido añadir: ¡y qué mujeres! Porque Benidorm es un lugar desacomplejado y libre de edadismo donde puedes expresarte, reencontrarte o enamorarte, incluso en tu invierno. Allí soleado.

Aquí, interpretando un “Maluma” de proximidad.

 

Hay personas que se avergüenzan de Benidorm a la vez que desean conocer Miami o Las Vegas y se olvidan que la ciudad alicantina es capaz de acoger al visitante educado y al maleducado con la misma luz y musicalidad, venga de donde venga, hable lo que hable, tenga el presupuesto que maneje. Y esa virtud no la tiene cualquier lugar.

Vista nocturna desde La Cruz de Benidorm.

 

Conducir por Benidorm, camino de una cruz plantada en 1961 con el objetivo frustrado de evitar el biquini y el pecado (se dice que hubo un obispo que quiso poner el cartel de “Infierno” a la entrada de la población, aunque desafortunadamente la idea no prosperó), es una experiencia similar a hacerlo por determinados barrios de Hong Kong. No os engaño: he estado suficientes días en la ciudad asiática como para opinar.

Iglesia Ortodoxa Rusa de Altea. Para viajar sin salir del país.

 

En un año que nos ha obligado a aprender a mirar de cerca en vez de lejos, la experiencia de moverse entre rascacielos justo antes de disfrutar de una paella es todo un viaje astral.

Disfrutando de la cerveza local (Althaia) en el Mamarosa.

Uno de los mejores steark tartar que he probado nunca, en el Nou Valentino, de Altea la Vella.

 

Aunque si no queréis tomarla en sus avenidas interestelares (ya habréis sospechado que me gustaría proponer a Benidorm como Capital del Universo) siempre existe la opción de moverse unos pocos kilómetros y acercarse a La Vila Joiosa o Altea, dos poblaciones que han podido y sabido preservar su belleza y que son como dos estados de ánimo complementarios. Si Benidorm es nuestro momento hipomaníaco, Altea es el sosegado y luminoso, mientras la Vila es nuestra faceta más colorida y optimista.

PITICLI dibujando las seductoras casitas de colores de la Vila.

Arroz en el restaurante La Marina, en los bajos de las Casitas.

 

Por cierto, no os hablo de la luz de esa zona para no caer en el cliché, pero ya sabréis de su potencia reparadora. Ni de su mar, color Sorolla. Ni de sus sombras, ni de su feísmo resiliente, ni de su escasa soledad.

Calle del casco antiguo de Altea

 

Ahora que lo pienso quizá Benidorm no sea una ciudad, sino un espejo. Valoremos Benidorm del mismo modo que debemos valorarnos a nosotrxs mismxs, soñando… ¡qué digo soñando! ¡Intentando tocar el cielo!

 

Crossfit romántico y nocturno en Altea.

 

Un abrazo virtual enorme.

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